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::: Virginidad perdida

Autor: Marciano Serradilla Arjona Ver autor

Publicado: Del tálamo al cálamo (2007) Ver obra

 

Virginidad perdida

 

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

De La desesperación de D. José de Espronceda

 

En Junio de 1962, la Academia de Jaraíz efectuó un viaje de final de curso con sus estudiantes de bachillerato por las ciudades de Salamanca, Ávila, Segovia y Madrid con una duración de tres días. En Salamanca se alojaron en el Gran Hotel y después de cenar, tres de aquellos estudiantes, se escaparon al Barrio Chino. El más joven tenía 15 años y perdió la virginidad esa noche, vamos que conoció mujer. De regreso al pueblo me lo contó, con pelos y señales, y yo que tenía 16 añitos y también era virgen y mártir, decidí hacer un viaje a Salamanca, a su Barrio Chino.

Convencí a tres amigos de Jaraíz, uno de ellos mayor y con carnet de conducir y después de estar ahorrando tres meses, ya estábamos los cuatro metidos en un Seat-600 de alquiler sin conductor dispuestos a comprobar las excelencias del sexo. ¿Sería verdad que por 10 duros y la cama, podías acostarte con una señorita? Está-bamos como desesperados de ilusión y con la zozobra de lo desconocido. Llegamos a Salamanca y enseguida nos indicaron donde estaba el célebre Barrio Chino.

Había 4 ó 5 bares y en cada uno chicas de más de 30 años ofreciendo sus servicios a la clientela. En uno de ellos me dijo mi amigo Ángel:

–Para mí la morena.

Yo me acerqué a preguntar a una rubia de buen ver.

–Quince duros y dos de la cama –fue la respuesta.

Me fui con ella; salimos del bar y dos portales más adelante subimos unas escaleras y entramos en una habitación presidida por una gran cama. Estaba realmente nervioso y como alelado.

Me dijo la rubia:

–Págame.

Rebusqué los 17 duros y se los di. Comenzó a desnudarse y me dijo:

–Vamos, desnúdate.

Me vino un sofocón y me ruboricé por completo, ella debió notarlo y me comentó:
–¿La primera vez?.

Tartamudeé.

–Pues casi.

–Anda, ven que te lave.

Enjabonó, aclaró y secó mis atributos y cuando me quise dar cuenta estaba con ella en la cama, los dos completamente desnudos y yo, sin saber como ponerme, ni qué hacer. Toqué ligeramente sus pechos que eran mágnificos, pero los tocaba como con miedo. Me acogió entre sus piernas y la penetré. Estaba bien lubricada y era una gozada hundir mi verga en aquella delicia, mientras mis manos –ya sin miedo– acariciaban sus rotundos pechos. Espoleado por la pasión, pegué cuatro o cinco achuchones más y noté como me derramaba en su interior. Pero fue todo tan rápido, tan fugaz, tan corto. Intenté continuar con el juego pues mi pene estaba eufórico; no me dejó.

–Ya te has corrido –me dijo–. Lávate y a la calle.

En el viaje de regreso a Jaraíz, en el 600, veníamos todos como desilusionados, pensativos, cabizbajos; alguien comentó:

–Bueno, ya somos hombres.

Y yo contesté:

–Vaya tontería.