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Autor: Esperanza Núñez Ver autor

Sin publicar (200..)

 

Vidas

Cada día, cuando salgo a trabajar a las nueve de la mañana, espero oír nuevas historias, vidas antiguas que a los viejos  gusta de recordar o no recordar tanto, pero de las que necesitan hablar, y yo estoy ahí para escucharlas cada mañana.

Vidas de una guerra que nunca debió ocurrir y que todos deberíamos conocer para evitarla siempre.  Pero sobre todo cada día voy a hablar con Dolores, una señora, con una vida que riete de los culebrones sudamericanos. Una madre muerta cuando ella tenía tres meses, y que recuerda con los recuerdos prestados de otros, un padre en la cárcel por estar en el bando contrario en el momento inadecuado. Un bando que ni siquiera él busco, sino que le adjudicaron.

Un matrimonio más o menos feliz y tranquilo de más de cincuenta años, con más costumbre y cariño que pasión, pues esta se acabó demasiado pronto entre las diversas estancias en el hospital de uno y de otra y aparatos ajenos a su cuerpo de la otra y del uno.

Dolores tiene el pelo blanco, esta encorvada y las manos y los pies hinchados por la artrosis y las múltiples operaciones de cabeza y de espalda. Tiene dos hijas, una en Madrid, la otra en el extranjero y dos hijos en el pueblo que no la miran. Hijos a los que ella dio un capital que habían atesorado poco a poco, comprando un trozo de tierra este año y otro al siguiente y que ellos dilapidaron en un abrir y cerrar de ojos.

Cada día, cuando entro por la puerta pregunto, ¿Qué tal andamos hoy? Y ella como en un ritual responde,”jodía, hija, jodía”

Yo se que ha llorado como cada día del año, porque sus lagrimas no han caído del todo, se han quedado entre las arrugas marcadas por el sufrimiento, por el dolor de ver a sus nietos y no poderlos hablar y achuchar. Nietos que ella crió cuando eran pequeños y que les daba la leche de la mejor vaca para  que se criaran robustos.

A Dolores no le duele la artrosis, ni las cicatrices, le duele el alma, se le rompe cada dia, y al menos cuando habla saca los demonios que lleva dentro.

Cada día cuando la veo noto un surco más en su cara, una arruga que ayer no estaba. Cuando me voy no se si me siento aliviada o triste por dejarla en la más oscura soledad hasta el día siguiente, en el cual seguiremos nuestro ritual:
-¿Qué tal Dolores?
-Jodía, hija, jodía.