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::: "V" de victoria

Autor: Una Duquesa Ver autor

Publicado: Del tálamo al cálamo (2007) Ver obra

 

A la sombra de un árbol

Eduardo y yo fuimos a tomar las aguas a un balneario alemán. Teníamos habitaciones en uno de los grandes hoteles que hay cerca del casino. Durante las mañanas paseábamos por los jardines. Por la tarde tomábamos el té en la terraza. Nuestro matrimonio también necesitaba tomar aguas para no hacer aguas. Oíamos cómo los huéspedes conversaban en voz baja. Teníamos la convicción de que los criados, los huéspedes y los pájaros habían sido así desde el comienzo de los tiempos.

Una de las noches en el comedor conocimos al barón Alberto y a su esposa, la baronesa Eloísa. Habían venido a Honnover para tomar los baños. Entablamos conversación y parecían encantados de estar con nosotros y poder hablar. En el curso de los días siguientes nos hicimos muy amigos. Paseábamos juntos por los jardines. Eloísa y yo hablábamos de flores y vestidos, mientras que los dos hombres caminaban un poco más atrás fumando puros. No tomábamos los baños juntos, pero de noche solíamos cenar en la misma mesa. El barón era muy cordial. Parecía impresionado por mi belleza, lo que me complacía. Pasábamos mucho tiempo hablando. Nos dijeron que llevaban muchos años tomando las aguas en aquel balneario y siempre volvían a casa sintiéndose totalmente rejuvenecidos y sanos.

Cuando volvimos a nuestra habitación, mi marido me dijo que la compañía del barón y la baronesa le resultaba muy agradable. (Sobre todo la baronesa, pensé).

–Son gente de lo más distinguido ¿Verdad?

–Al barón lo encuentro atractivo, pero demasiado rígido... serio...

–¡Oh! Sí. Es terriblemente rígido. Y la baronesa exquisita... Una espléndida pareja ¿Verdad?

A medida que pasaban los días parecía que todos nos encontrábamos a gusto. Como si nos conociéramos de toda la vida. Pasábamos tantas horas juntos. Hablábamos, cenábamos juntos y jugábamos a las cartas casi cada noche hasta que llegaba la hora de acostarse.

Una mañana estábamos paseando por los jardines y Eloísa empezó a hablarme de su vida con el barón. Me habló de su matrimonio y de las dificultades que había tenido con la familia de él. Los hombres estaban muy atrás y no podían oírnos. Las confidencias de Eloísa se fueron haciendo cada vez más y más íntimas. Acabó revelándome que llevaba años teniendo un amante tras otro.

–Te acuestas con ellos y ahí se acaba todo –dijo– Los mejores son los mozos de establo. Al parecer algo se les pega de ellos.

–¿Qué?

–Bueno, tienen las partes más grandes que los otros hombres.

Vio que me turbaba y se rió. Era una mujer opulenta y cuando se reía le temblaban los pechos.

–Sí –continuó– es verdad, tienen las partes más grandes y saben usarlas mejor. Mozos robustos y tienen que ser sanos y estar bien dotados. Cojones grandes y una vara bien gruesa ¿No? ¡Oh! Sí ¿Estás de acuerdo, verdad?

No tenía ni idea de cómo responder.

–Sí, supongo que sí –dije al fin.

Por suerte, después volvimos a hablar de flores. No quería pensar en los mozos de establo. Llegué a la conclusión de que Eloísa me había estado tomando el pelo. No podía imaginármela con uno de sus mozos de establo, por eso pensé que se lo había inventado para burlarse de mí.

En cuanto, por la noche, nos quedamos a solas, mi marido, Eduardo, me dijo que el barón se había encaprichado de mí

–¡Vamos! ¡Qué gracia...!

–No lo dijo así, no dijo exactamente esa palabra pero... la insinuó.

–¡Va! ¡Y me lo creo! Eso es ridículo...

Estaba confusa. Jamás había estado en un sitio como aquel. Gente ilustre de toda Europa acudía para tomar las aguas. Algunas de las mujeres eran hermosas en extremo. Todos los hombres parecían fabulosamente ricos. Todos los huéspedes parecían encontrarse a sus anchas, seguros de sí mismos, tan elegantes y respetables... y educados. Me imaginaba en brazos del barón. Me sentía halagada al ver que un hombre tan importante como Albert, el barón, sentía interés por mí. Claro, ya está –pensé– ¡Cómo no lo había descubierto antes...! Mi querido marido. Lo está preparando todo... Desea poseer a Eloísa. Según él es una mera distracción y resulta de lo más corriente en estos lugares. Como esa idea, por descabellada que pueda parecer, no me desagradaba, me hice la tonta y deje que transcurrieran los acontecimientos y esperé.

Y no tardó. Al día siguiente, aprovechando un momento en que estábamos a solas, el barón me preguntó si podía enseñarme un pequeño museo de guerra que había en un pueblecito cercano.

–¡Por favor! Insisto: debe aceptar. Mi mujer piensa que todos los museos son terriblemente aburridos y prefiere quedarse.

A la mañana siguiente, el barón y yo subimos a un coche con chófer. El coche era enorme y muy lujoso. Me dediqué a ver pasar el paisaje mientras Albert me hablaba sobre los viñedos del distrito. Pasado un rato tomó mi mano y la besó. –Es usted absolutamente encantadora. Me ha conquistado. Le ofrezco mi más completa devoción.

Se inclinó sobre mí y me besó la mejilla. La boca del barón no tardó en posarse sobre mis labios. Me besó apasionadamente. Sus labios sabían a tabaco. Estaba prisionera dentro de un coche inmenso, junto a un hombre que me parecía arrebatador como Robert Redfort en sus mejores películas. Siguió besándome y no tardó en ponerme una mano sobre mis pechos. Me acarició, murmurando mientras me besaba los labios. Después bajó la mano y me acarició los muslos. Quiso subirme el vestido. Me negué. En el coche no. Le rogué que no se aprovechara de mí en el asiento del coche. El chófer podía darse cuenta... Albert sonrió divertido.

–Finja que no existe.

–Eso es imposible.

Pero volvió a besarme y no le puse resistencia. Volvió a tirarme del vestido. Lo levantó para dejar al descubierto mis rodillas. Me acarició. Dijo que la piel de mis muslos era como el más fino marfil. Sus besos me trastornaron.

La mano de Albert fue hacia la parte delantera de sus pantalones. Vi cómo se desabrochaba los botones y me estremecí. Su talló emergió de la tela y quedé paralizada. El nudo de su herramienta quedaba al descubierto. Me murmuró al oído que debería chupárselo. Lo miré fijamente. No sabía qué hacer. Vi cómo sus dedos tiraban de la capucha para revelar toda la punta y emergió larga y gruesa. Mi vacilación pareció divertirle. Volvió a hablarme en susurros mientras se acariciaba la herramienta con los dedos. Hice lo que deseaba. Acerqué mi cabeza a su regazo y me incliné para tomar su nudo entre mis labios. Emitió una exclamación de placer. En esta posición no podía ver nada salvo las copas de los árboles junto a los que pasábamos. Su nudo era como una fruta cálida en mi boca. Todo aquello parecía imposibles. Me acarició el rostro y sus dedos fueron siguiendo el borde de mi boca sobre su verga.

–Igual que una diosa –dijo.

Finalmente llegamos al museo. Recompusimos nuestra ropa. El chófer nos abrió la puerta del coche. El barón salió primero. Me tomó del brazo al bajar y sonrió. Fuimos hacia la puerta del museo. Aún recordaba la sensación de haber tenido su nudo en mi boca, el sabor de su carne palpitante, su olor...

Pasamos una hora viendo las reliquias de las guerras alemanas. Medallas de guerra. Un surtido de pistolas antiguas. Explicó que una vez lo hirieron y su dedo señaló una pequeña cicatriz bajo el pómulo izquierdo.

–¡Qué sitio tan pequeño! ¡Es asfixiante!

–Debe perdonarme. Es usted demasiado bonita para estar en este sitio.

Las salas del museo estaban desiertas y seguía hablando de sus correrías y aventuras. Yo no comprendía nada. Al salir y volver a ver la luz del sol, lancé un suspiro de alivio.

Comimos en un albergue cercano. Sirvientas con delantales blancos nos atendieron. Albert se esforzó al máximo por ser encantador. Bebimos vino y sonreíamos por encima de los platos llenos de marisco y pescados. Bebí cantidad de vino. Hacía un día tan bonito... Después de comer tomamos el café en un jardincito. El cielo estaba azul y despejado. Pensé en el rato de intimidad en el coche. La gente que estaba a nuestro alrededor nos lanzaba miradas de admiración ¡Me sentí la mujer más envidiada de la tierra...! ¡Acompañada de un barón...!!! Las sirvientas murmuraban en los rincones.

La comida llegó a su fin y Albert me escoltó al interior del albergue. Me indicó una habitación de arriba. Le acompañé en silencio. Me pregunté cuáles serían las apetencias del barón. Me vino a la memoria una escena de una película en que la protagonista agobiada por las deudas aceptó acostarse con un aristócrata. Cuál sería su sorpresa cuando le hizo vestir un chubasquero amarilla con sombrero y todo. La hizo sentar en medio de un gran salón. El aristócrata le tiraba huevos. Cada vez que acertaba, se la meneaba y así hasta el final...

El ruido al abrir el balcón me sacó de mis pensamientos.

–Ven a echar un vistazo, querida –señaló hacia la montaña que se alzaba en la lejanía.

Me pasó el brazo alrededor de la cintura. Cerré los ojos y me dejé llevar.

Después de unos instantes me pregunté qué estaría haciendo Eduardo, mi marido. Estaría con Eloísa. Recordé el brillo de sus ojos cuando le dije que iba al museo... no dijo ni pío. Lo que no podía saber era cuánto tiempo le había costado conseguir que Eloísa cayera en sus brazos.

El barón hizo que trajeran una botella de champagne a la habitación y esta vez brindamos por nosotros, por la salud, por el dinero, por el sexo, por todo el mundo y por todos los santos y por... ¡Ya no me acuerdo!

Estábamos medio piripis... pero sólo medio. Empezó a desnudarme y no me resistí. La puerta estaba cerrada, con el pestillo corrido. La ventana... no sé... la ventana. Las cortinas corridas... que casi no se veía nada. En penumbra... el barón y su dama. Me iba quitando ropa y su rostro se desencajaba ante cada nueva revelación. Mis ropas cayeron al suelo y Albert parecía volverse loco de excitación. Su respiración acelerada... Acariciaba mi cuerpo... Acariciaba mi cuerpo... Sus dedos jugaban con mi cabello; y de entre ellos aparece una cajita. Con la mirada me pide que la abra. Era un collar. Sus granos juguetean con mis pezones. Estaban fríos, mojados con champagne... Me aprieta el trasero y me hace cosquillas en el nido.

Derramó una copa de champagne sobre mi cara y mi cuello y lo recogía con besos y chupaditas mientras me ponía el collar. Me cubrió un pecho con cada mano y apretó los pezones entre sus dedos. Yo temblaba... Sus caricias...

–¡Oh, sí! ¡Oh, sí! ¡Qué hermosa y delicada eres! Como un ángel. Eres perfecta... ¡Un trasero perfecto!

–¡Albert, tienes que controlarte!

–Un momentito, querida... Sólo un momento para desnudarme.

Volví a sentirle sobre mí: sus manos acariciaban mi trasero. Me lo besó; primero cada nalga y luego entre ellas.

Empezó a lamerme y consiguió hacerme temblar. Pasó su lengua sobre la pequeña rosa. Sus labios hicieron cosquillas en los labios de mi sexo. Me estremecí. Podía sentir el húmedo chupar de su lengua. De su garganta brotaban exclamaciones de pasión.

–Queridita mía ¡Qué hermosa eres! ¡Dios mío del cielo! Por fin la rosa ha sido conquistada.

Sentí su vientre pegado a mi trasero. Su herramienta era demasiado grande. Estaba segura de que no sobreviviría a aquello. Siguió embistiendo... Emitía sonidos guturales. Sus manos me agarraban la carne.

–Eres mía. Sí. Sí ssssssssssssiiiiiiiiiiiiiiiii.... Siiiiiiiiiiii... Síiiiiiiiiii.

–Ay... Ay... Ay...

–Siguió embistiendo. Intentaba calmarme con palabras y caricias... sentía placer en cada embestida.

–Ay... síii... Ay...síii...ay...aaaaaay...sisisiiiiii...

Se corrió enseguida sujetándome ferozmente el trasero mientras se vaciaba. –Querida... querida... oh, oh, oh...

Nos apartamos y nos dejamos caer en la cama. Los cuerpos llenos de sudor, como si vinieran de una guerra sin cuartel.

En el jardín y debajo del balcón, huéspedes y criados celebraban con brindis y aplausos el logro de la gran VICTORIA.

El Barón, con flema inglesa, haciendo honor a su estirpe, salió al balcón con toda la documentación y lo que de bolas le quedaba al descubierto. Alzó los brazos y con los dedos haciendo la V de la VICTORIA cantó el saludo a la Reina.

–Entra a la habitación... Querido... que te vas a enfriar.