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::: Un barco llamado Bienvenida

Autor: Margarita González Martín Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

Un barco llamado Bienvenida

(A las mujeres de Santa Marta)

Las tejas árabes y las ripias de madera no preservaban del polvo a los baúles y otros enseres que habitaban el desván. Buscando algún disfraz de carnaval descubrí una caja cubierta por una sarga de algodón de aspecto misterioso. Con cierto recelo, comencé a curiosear su interior; entre otros objetos, apareció un diario, el diario de tita Luz.

Cuando era pequeña, me decían que tita Luz había muerto en un hospital enferma del corazón. Era la única hermana que tenía mi abuela materna a la que conocí pero que no recuerdo; tan solo tenía seis años cuando ella murió. El diario confirma que siempre vivió en el pueblo y nunca salió de él, lo que era muy común en aquella época.

Su padre fue un comerciante muy conocido y respetado en la zona, enviudó joven y nunca volvió a casarse. Del cuidado de las niñas se ocupaba su suegra, pero él procuró darles educación y fueron dos señoritas distinguidas en el pueblo. Influenciadas por la religión y una cultura machista, su vida social giraba en torno a la iglesia.

Tita Luz era rubia, delgada y tímida, y mi abuela morena, gordita y extrovertida; cuando cumplió los veintidós tomó la decisión de cambiar sus hábitos monótonos. No tardó en casarse responsabilizándose de la casa familiar en la que vivieron todos.

Pasado un tiempo, tita Luz se enamoró desesperadamente de un arrogante forastero llamado Ernesto. Sin un trabajo y procedencia reconocidos, la cautivó seduciéndola con sus habilidades y atractivo físico. Mi abuela no aprobaba esa relación pero tita Luz hizo oídos sordos a sus consejos.

Ernesto, sin motivo justificado, desaparecía cada cierto tiempo y ella, sin importarle, le esperaba más enamorada que nunca. Cuando volvía al pueblo, la sorprendía obsequiándola con algún perfume y flores. Vivía un mundo irreal y todo giraba alrededor de Ernesto. El asombro y la tristeza hicieron presencia en el rostro de tita Luz cuando le comunicó que en breves días marcharía a Caracas, para hacer fortuna, y a su regreso se casaría con ella.

No había transcurrido un mes y ese hombre impoluto se despidió dejándola herida de amor. En esa despedida hubo intercambio de regalos; tita Luz puso en el cuello de Ernesto una cadena y medalla con su nombre grabado en el reverso.

Él hizo entrega de un anillo de compromiso…

Pasaron días, meses y años, pero ella, fiel a su sentimiento de enamorada, cada mes le escribía una extensa carta y, paciente, bordando el ajuar que algún día aportaría al matrimonio esperaba contestación de su amado. Por el contrario, él, solamente al principio, respondió a esas cartas reduciéndolo a una escueta felicitación por navidad.

Mi abuela hizo lo posible para que su querida hermana pequeña olvidara lo prometido por Ernesto y viviera la realidad del presente, pues sus salidas se reducían a la iglesia y al paseo los domingos por la Calle Mayor. Sin desearlo se aislaba del mundo que la rodeaba para vivir uno imaginario que estaba arruinando su vida.

Transcurrieron veinte años. Cada mañana, tras los visillos esperaba con esperanza al cartero; un día éste voceó: «señorita Luz…» y dejó caer una carta en el zaguán de la casa. Excitada y entusiasmada bajó las escaleras –el sobre era de correo aéreo evidentemente venía de Caracas, era de Ernesto. ¡Dios bendito! Exclamó con voz entrecortada. La emoción secó su boca y humedeció sus ojos. Apretó la carta contra su pecho. Buscaba un lugar tranquilo donde leerla e iba de un lado a otro. Bebió agua, se miró al espejo y retocó su pelo. Por fin llegó a la alcoba. Sentada en la cama, su agitado corazón latía con intensidad. Una vez más la besaba y besaba cerrando los ojos, dejándose transportar por sus pensamientos hacia ese mundo que sólo ella conocía. Más sosegada, decidió abrirla y comenzó la lectura: Querida Luz, ¿cómo estás?, hace años que no te escribo pero te recuerdo y te quiero. Esta carta es para anunciarte mi visita, regreso al pueblo con dos meses de vacaciones, en esos días hablaremos y pasearemos juntos, tengo deseos de verte y mucho que contar. Embarcaré a primeros de octubre en un barco llamado Bienvenida y llegaremos a España a final de mes.

Para tita Luz esa espera fue lo más romántico y hermoso de su vida. Comunicó a su familia, vecinos y amistades la gran noticia. Los espejos fueron testigos del cambio físico que se produjo en ella. Colocó minuciosamente sus baúles con el ajuar y adornó la casa con hermosos centros florales. Para ella, todo el sacrificio había merecido la pena. Sus vecinos y paisanos la felicitaban a su paso por la calle; el cura le preguntó: ¿cuándo os casaréis? No sé, padre, la carta no dice nada sobre la boda.

A mediados de mes, en pleno océano, Ernesto sufrió un violento y mortal ataque cardíaco. De inmediato se les comunicó a su esposa e hijos en Caracas; ésta reclamó el cadáver, que fue trasladado para darle sepultura con los suyos.

Ernesto nunca llegó a España. La noticia fue comentada en el pueblo con risas y burlas hacia la novia. Fue una situación traumática y enfermó. Jamás volvió a salir.
Recordé que de niña me decían: tita Luz murió enferma del corazón en un hospital. Cierto fue. Murió en un hospital con el corazón herido de muerte.

Herido de amor su corazón no aguantó ni siquiera con los cuidados de aquel hospital para enfermos mentales.