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::: Una corrida sonada

Autor: Valentín Flores Escalera Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

  Una corrida sonada

Eran las nueve de la tarde y los rayos del sol ya no incidían directamente sobre la pequeña plaza de toros portátil que, como cada año, se utilizaba para celebrar los festejos taurinos en la tradicional fiesta del tabaco y el pimentón: de esta forma eran agasajados como si de Santos Patrones se tratase. Y no era para menos, porque San Pimentón y Santa Virginia habían hecho el milagro de que en esta comarca se viviera bien, al menos mejor que en otras que carecían de estas influencias terrenales aunque gozasen de otras influencias celestiales.

Eran las nueve de la tarde de un caluroso catorce de agosto. A las peñas se les había terminado el ponche, la cerveza, el jamón, y las ganas de cantar y gritar. La charanga contratada para alegrar el festejo parecía estar afiliada al más estricto de los sindicatos y también dejó de hacer ruido en cuanto el reloj de la villa dio por primera vez las nueve campanadas. En el palco presidencial, al lado del presidente y escoltado por dos guardias municipales y cuatro miembros del Benemérito Cuerpo, se encontraba como asesor taurino Mariano Duarte, alias “El Triste”. Su función como asesor carecía de importancia pero a él le gustaba que sus paisanos le reconocieran sus conocimientos taurinos adquiridos por esas plazas del diablo: Garrovillas, Coria, Torrejoncillo, Brozas y un largo etc. en las que más que torear toros lidió penurias y sinsabores, y sobre todo agradecía el detalle de poder sentarse al lado del alcalde, a la sombra y sin pagar la entrada.

Abajo, vestido de azul celeste y oro, se encontraba “Galocha”, la figura de la tarde, frente a un toro de seis años seguramente recuperado de alguna plaza de primera categoría del año anterior, donde posiblemente fuera rechazado por ser cornivuelto y bizco del cuerno derecho. Ese pequeño defecto debió ser sólo una excusa para que algún famoso apoderado de un torero de renombre se quitara de encima a aquel morlaco astifino. Galocha ni tenía apoderado ni era famoso más allá de esta comarca o como mucho las limítrofes. Sólo tenía a su favor haber aguantado un poco más que “El Triste” las embestidas de la vida y consiguió que le dieran la alternativa en Plasencia en el año 1990. Su debut como matador de toros y su caída fueron casi simultáneos, y desde entonces se limitaba a actuar como sobresaliente en los festejos taurinos de los pueblos, como peón de brega en alguna cuadrilla en los toros de Plasencia y como figura en algún festejo donde la lidia al estilo “tradicional” se alternaba con una lidia “seria”. Con ello mataba el gusanillo y... ¡y nada más!; porque lo poco que le pagaban se lo gastaba en alquilar el traje de luces y en la juerga que se corría el día anterior y noche siguiente al festejo. El viejo refrán de “a las putas y a los toreros a la vejez los espero” no se había hecho para él, que había demostrado que no hacía falta llegar a viejo para vivir sin un duro.

Allá abajo, en la realidad del albero, a las nueve de la tarde, seguía Galocha tratando de poner en suerte a aquel bicho cuyo peso multiplicaba por 100 a sus años, frente aquel toro toro (verdaderamente parecían dos toros en uno) que anunciaba el cartel. De la ganadería del Conde de la Corte, colorado chorreado en verdugo, salpicado, bragado y meano. Junto a la barrera, a la vera de la presidencia, muy cerca de su antiguo compañero de fatigas trataba como podía de poner en suerte a aquella fiera, hasta que consiguió colocarla como mandan los cánones: aplomada de las cuatro extremidades, en la suerte contraria, como hacen los toreros ventajistas.

En aquel pozo de silencio, como si de la Real Maestranza de Sevilla se tratase, se dispuso a efectuar la suerte suprema. Se aupó todo lo que pudo sobre las falanges distales de sus pies, enfiló el estoque a la altura de su barbilla y en ese justo y trascendental momento sonó una monótona musiquilla de un teléfono móvil en la presidencia. El torero se distrajo y el toro se cabreó. Un grito unísono ensordeció la musiquilla, el toro de nombre Vareto arremetía con cuanto encontraba a su alcance con el estoque atravesado en sus costillas como si de una aceituna se tratase mientras que a Galocha se lo llevaron a la ambulancia con su traje azul celeste y oro teñido de rojo como un pimiento morrón.

“El Triste” abandonó el palco presidencial sin cambiar un ápice su semblante; su natural y triste semblante.