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::: Salvar

Autor: Pedro Alegre Ver autor

Inédito (2006)

 

Salvar

Lo que en un principio consideraba como cirugía rutinaria, la extirpación de la vesícula biliar o colecistectomía abierta, no le estaba saliendo del todo bien. Para comenzar, no le convenció la incisión practicada con el escalpelo porque, aparte de no ser demasiado recta (lo cual es causa de mala cicatrización), quedó dos centímetros por encima del lugar adecuado para abordar el hígado, y ahora le dificultaba las maniobras operatorias por la proximidad de la costilla inferior derecha, lo que podía derivar en posteriores complicaciones respiratorias. Tras dudar en la localización del conducto cístico, solicitó ayuda con la mirada a sus colegas situados alrededor de la mesa de acero. Una equivocación y la lesión sería difícil de reparar; un leve asentimiento con la cabeza de su compañero de enfrente le indicó que la estructura que agarraba con las pinzas era la correcta y procedió a su corte. Más trabajo le costó encontrar la arteria correspondiente, y cuando se decidió por clampar una, se le cayó la grapa sobre el paquete intestinal, con tan mala fortuna que al ir a cogerla se hundió más entre las vísceras y tuvo que hurgar con los dedos para localizarla: las posibilidades de infección postoperatoria eran muy altas. Las gotas de sudor en su frente se hicieron más patentes, amplificadas por la deslumbrante lámpara cenital.

-¿Te encuentras bien? –interrumpió un miembro del equipo–. ¿Deseas continuar?

–Sí –contestó a las dos preguntas con el mismo monosílabo, arrojado a través de la tela verde que le tapaba la boca.

Al separar el saco biliar de su lecho, ya era claramente perceptible el temblor de sus manos, así que fueron varios los cortes que el bisturí produjo en el tejido hepático: el riesgo de colección biliar y hemorragias aumentaba, agravado además porque la presión ejercida con las pinzas que sostenían la bolsa había sido demasiado fuerte y la había perforado. Y este fue un motivo, además de que el temblor de sus manos ahora había alcanzado el grado de convulsión, de que la bolsa se desprendiera de la pinza al ser extraída, cayendo y vertiendo su contenido sobre las tripas, que rápidamente se tiñeron de amarillo verdoso.
Y entonces explotó.

Mecagüendiez y en la puta visícula de este tío! –gritó. Y totalmente trastornado empezó a clavar y sajar con el bisturí el hígado, los intestinos, el estómago, atravesó el diafragma y perforó los pulmones, ante el estupor de algunos de los presentes y las sonoras carcajadas de otros.

-¡Martínez, ya está bien, déjelo y márchese! ¡Está usted suspenso, y ya puede buscarse otra facultad donde matricularse! –bramó colérico el catedrático arrancándose el cubre bocas.

Antes de devolver el cadáver de prácticas a la piscina de formol, sus compañeros remataron la faena con un impresentable costurón y rápido marcharon al bar a solidarizarse con Martínez.