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::: Por lebrato

Autor: Asunción Pérez Berrocal Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

Por lebrato

Hacia el mediodía, llegamos a la mayor de las poblaciones de aquella comarca. Fue un gran descanso. Nuestro viejo auto Gordini, préstamo de mi padre para la ocasión, había ascendido aquella última carretera, de excesiva pendiente, con verdadero ahogo; y nosotros, temerosos y abrumados, por las últimas palabras que pronunció al despedirnos:

–Gonzalo, aunque conozco tu prudencia al volante, me preocupa la zona que vais a visitar, repleta de curvas y continuas cuestas. A ello se une su poca estabilidad –refiriéndose al coche– y ni qué decir el consabido peligro de “encabritarse”. Por otra parte, vuestro equipaje resulta demasiado exiguo, seguía diciendo. Al menos esto, bien lo podíais haber previsto. Necesita más peso en el maletero.

En fin, después de la perorata, todo había salido a las mil maravillas.

Nuestra primera parada fue en una gasolinera, situada en una pequeña y triangular placita, muy concurrida. Nos indicaron, para hospedarnos, el único hostal que había apenas a cien metros de allí. El sitio era sencillo, pero muy limpio y acogedor. Su nombre, que ahora no recuerdo, me traía reminiscencias italianas. Decididamente, aquel sería nuestro cuartel general por unos días.

Pedimos información sobre los actos populares y lugares a visitar durante aquellos días de Semana Santa.

Marcia, no pudo reprimir su sorpresa cuando nos comunicaron que aquella misma tarde, y en un pueblecito muy cercano, tendría lugar el Jubileo de todos los Miércoles Santos. Nos contaron que, según la tradición, fue el Cardenal Pedro de Carvajal quién consiguió esta gracia, allá por el S. XVI, para la pequeña localidad, llamada Collado de la Vera.

–¡Indulgencia plenaria concedida por el Papa! –exclamó Marcia–, ya te decía yo que había una gran similitud entre esta verde comarca norteña y mi Galicia.

Dando saltitos de alegría, pasó al dormitorio que nos habían asignado. Mientras nos aseábamos, antes de pasar al comedor; el sol entraba por el balcón abierto a raudales, llegando a la vez una brisa con aromas de jara, cantueso y romero. Salí al balcón y musité cerrando los ojos:

–Este es mi océano, mi gran océano.

Cuando de nuevo entré en la habitación, la figura de Marcia se reflejaba en un vetusto espejo, colgado encima de una noble cómoda.

Sus ojos violetas, su amplia sonrisa y su cabello cobrizo brillaban más que otras veces. Una contenida emoción me embargó. Acercándome con sigilo la abracé por la cintura fuertemente; nuestras miradas confluyeron en el espejo. Besé su ondulado cabello mientras le decía:

–¡Cuánta dicha siento a tu lado! ¡Qué feliz idea, la tuya, haber elegido esta tierra para pasar nuestra luna de miel!

Marcia se sonrojó por un momento y volviéndose, mientras se agitaba toda, se colgó de mi cuello susurrando, como tantas otras veces:

–¡Te amo, te amo! ¡Siempre te amaré!

La comida fue frugal. Estábamos cansados y deseábamos reposar cuanto antes.
Eran las cuatro y cuarto cuando sonó el viejo despertador. Media hora más tarde, nos dirigíamos por una estrechísima y tortuosa carreterilla hasta el citado pueblo.

Multitud de peregrinos –hombres, mujeres y niños– caminaban hacia el lugar, perdiéndose en cierto momento por lo que parecía una trocha.

En una de las últimas y pronunciadas curvas, que daba vista a las primeras casas, nos adelantó un destartalado Citroën que parecía volar sobre sus dos ruedas de la derecha.

–¡Jesús! –exclamé–. ¡Pero si va el clero al completo! ¡Sólo se ven sotanas…!

Marcia reía a carcajadas, sin poderse contener. Aparcamos en la Plaza Mayor junto a la Iglesia Parroquial, de sencilla construcción. Allí se encontraban otros dos autos más el objeto volador, antes citado.

Cuando entramos en el pequeño templo ya estaba abarrotado. Con paciencia y habilidad, conseguimos adentrarnos hasta quedar situados junto al púlpito. Queríamos presenciar la ceremonia en su totalidad y ése nos parecía el lugar adecuado.

Las sencillas gentes de nuestro alrededor nos miraban y remiraban con cierta curiosidad, pero exenta de descaro o malicia alguna. Una niña de unos diez años, pecosilla, de nariz respingona y largas trenzas, rozábase deliberadamente con el brazo vestido de Marcia. Aleteaba y fruncía su nariz como queriendo inhalar, de una sola vez, el perfume que mi mujercita emanaba.

A las cinco en punto comenzó el Acto Penitencial y a continuación los Santos Oficios. Dos presbíteros, uno bajito y orondo y el otro flaco y con el pelo hirsuto, oficiaban el acto. Les acompañaba un diácono y tres avispados monaguillos que, en sus idas y venidas por el altar, no dejaban, disimuladamente, de ponerse zancadillas. El más pequeño de los tres, de pelo anaranjado, no cesaba de mirar a nuestra pequeña pecosilla, sonriéndole y haciéndole, de vez en cuando, un guiño. Ésta le devolvía la sonrisa con gracia para, a continuación, dirigirnos una mirada cómplice.

Acabada la ceremonia, uno de los ediles comunicó, desde el atril, que como era costumbre se servirían, en la plaza del pueblo, perrunillas y aguardiente para agasajar a todos los peregrinos que allí se habían reunido.

Fuimos los últimos en abandonar el templo, sintiéndonos complacidos por los constantes saludos y familiaridad de aquella amable gente.

Marcia me comentaba que el orujo y las perrunillas eran un excelente tentempié –tantas horas después del nimio almuerzo– cuando se acercó a saludarnos un señor llamado Guillermo. El hombre era corpulento y de voz ampulosa. Seguidamente apareció el Clero, el Alcalde y demás autoridades, uniéndose a nuestro grupo mientras se hacían los consabidos saludos y presentaciones. Alguien nos comunicó que éramos los únicos forasteros que habíamos asistido al Jubileo y por ello estábamos invitados al ágape que se celebraría en la casa de la mayordoma.

Los ojos de Marcia se abrieron desmesuradamente, sus oídos no daban crédito a lo que acababan de manifestarnos. Su boca, ocupada por un dulce, no pudo articular palabra alguna y una tos explosiva salió de ella. Me disculpé por la situación a la vez que agradecía, en nombre de ambos, aquella deferencia que hacia nosotros habían tenido.
Sin saber cómo, apareció la cabecita de nuestra pecosilla que, asiendo fuertemente la mano de Marcia la condujo de forma resuelta al pilón situado en el centro de la plaza.

–¡Eres genial! ¡Me has salvado la vida! –le dijo Marcia.

–¿Genial? ¡No! Yo soy Queca, la nieta de la mayordoma –apostilló la niña.

–Quiero decir que eres muy simpática y atenta al traerme hasta aquí para beber agua y poder ingerir la perrunilla.

–¿Inge qué? ¡Y no se dice perrunilla! Mi abuela dice que son “perronillas”.
Por encima del hombro del Alcalde yo las miraba extasiado. Conversaban como amigas de toda la vida; cierto es que Marcia, como hija única, siempre sintió deseos de compartir con los más pequeños.

Estaba hermosísima con sus cabellos revueltos por el vientecillo en aquella cálida tarde abrileña, sus mejillas arreboladas, su sonrisa perenne y su desenvoltura. Por otra parte su graciosa gorra, su chaqueta marinera y los pantalones pirata que lucía, le hacían parecer una adolescente. Todo menos una mujer recién casada y menos aún en estas tierras.

Nos dirigíamos a la casa de la mayordoma, Francisca, según nos dijeron. Marcia continuaba asida por su inseparable amiga, mientras los monaguillos a su lado danzaban, daban trompicones y hacían cabriolas.

El señor Guillermo, junto a mí, elogiaba el encanto y sencillez de mi esposa. Apenas recorridos cincuenta metros y después de cruzar un estrecho callejón, la comitiva se paró ante una gran puerta de madera muy antigua, sin pintura alguna. Trajo a mi memoria la casa de mis padres, exactamente las escaleras de madera que suben al “doblado” y que Micaela friega con agua y lejía al menos una vez a la semana. En el interior, un amplio zaguán con el suelo encementado, blanquísimas paredes encaladas y aspidistras en los rincones.

Nos esperaban, como ya es de suponer, la mayordoma, su marido Serapio, los padres de la niña pecosa y una adusta mujer que vestía un negro mandil y faltriquera. Se sintieron muy halagados con nuestra presencia y nos desearon una feliz estancia y larga dicha para nuestro recién estrenado matrimonio.

En el mismo zaguán, antes de pasar al comedor, sirvieron vino y tapas variadas para los hombres. Marcia se unió a nuestro grupo. Nos llamó poderosamente la atención unos platos de cortezas de cerdo adobadas con pimentón, así como las tapas de queso untadas con aceite de oliva y la roja especia. Mostramos interés en la elaboración de éste e igualmente por las diferentes variedades. La señora de la faltriquera se sintió complacida ante nuestros elogios y sin reserva alguna se ofreció a informarnos.

–En esta tierra –nos dijo– el pimentón se usa de una manera habitual. Es raro el plato que no lo lleva. Precisamente esta noche he cocinado para todos ustedes un guiso especial, transmitido de generación en generación. Es el llamado “Lebrato al Pimentón”.

Como por arte de magia, la mujer desapareció por lo que parecía la oscura puerta de una bodega. Poco después reapareció con dos escudillas de barro colmadas del rojo polvo.

Con la naturalidad que siempre la caracterizaba, Marcia introdujo el dedo índice en una de las escudillas, llevándolo a su boca y saboreando aquella especia que la tenía fascinada. De nuevo introdujo su dedo índice, ya húmedo, en la otra para hacer la segunda cata. Una vez impregnado lo acercó a sus narinas para inhalar su aroma y después chuparlo con deleite. De pronto comenzó a estornudar, a dar saltos, a vociferar pidiendo a gritos:

–¡La bota! ¡La botaaaaaa!

Serapio, el amo de la casa, que en ese momento se la estaba ofreciendo al cura del pelo hirsuto para que opinase sobre su última cosecha, se la lanzó por los aires mientras decía:

–Tranquila, muchacha. Este caldo de dioses te apagará el fuego.

Nunca había visto beber vino de aquella forma; ni siquiera cuando, presenciando la elaboración de un churrasco de cerdo en la finca del Procurador donbenitense, saboreaba un trocito de la carne recién salida de las brasas, a la que estaba adherido un diminuto rescoldo. ¡Mi entrañable Marcia! ¡Qué mal lo pasó! Más tranquila ya, aunque roja como una amapola, sonrió a todos como pidiendo disculpas por su desasosiego mientras se acercaba a la pecosilla y a los muchachos para dar un paseo por el huerto.
Cuando, sentados en un rincón, le pidieron les contara dónde nació, exclamó:

–“Redondo coma unha cazola, ten alas e non voa”.

–Eres de Portugal. Así hablaba el hombre que traía los sacos de café al comercio de la tía Engracia –repuso el monaguillo de ojo bizco.

–No, pero tienes cierta idea. Nací en Argentina, de donde es mi mamá. Con doce años me trajeron a Galicia para vivir con mis abuelos –aclaró Marcia.

Todos estaban boquiabiertos y si desde el primer instante sintieron fascinación por ella, ahora, al saberla de un lejano país, su entusiasmo no tenía límites. Le hicieron repetir el anterior acertijo y por supuesto conocer la solución.

–El sombreiro –contestó ella. Ahora sí que la entendían.

–Os toca el turno a vosotros –les pidió Marcia.

–¿Qué cosa es? ¿Qué cosa es? Que a veces queremos ponerle tres pies –preguntó el pelirrojo.

–No se dice qué cosa, se dice qué animal –precisó la pecosilla.

–Anda tú, así lo acierta cualquiera –contestó enfadado el pelirrojo.

Marcia cortó la discusión y les pidió que cantaran algo popular. Fue aquí cuando se desataron y, desafinando como locos, gritaban:

En casa del Señor Rufo
ya no comen en el plato
que comen en el corral
para hacer feliz al gato
.

Se empujaban unos a otros, todos queriendo llevar la voz cantante.
–Ahora la de la tele –decía el bizco.

Congratuleichon,
que mala pata,
esta mañana me encontré con una gata
uhhh
le pegué un tiro y la maté
y al día siguiente me encontré con un ciempiés
uhhh

–¡Basta ya de matar! –se enfadó Marcia– ¡Oídme! “Unha señora, moi enseñorada, con moitos remendos e ningunha puntada”.

En ese preciso momento, el diácono se acercó a ellos comunicándoles que el ágape estaba servido. El atardecer había llegado inesperadamente. Habían improvisado una larga mesa con un impoluto mantel de lino en el acogedor patio cubierto por una parra. Los olores del jazmín y del azahar del limonero situado a mi espalda hacían una velada especial. Marcia se acercó a la señora de la faltriquera y le pidió lavarse las manos. En un segundo improvisó una jofaina encima de un poyo de granito situado junto al pozo, a la vez que le ofrecía para secarse la mejor de la toallas que tal vez tuviera su ama.

La abundante y suculenta cena transcurrió tranquila, contrastando con la algazara de los muchachos sentados alrededor de la rueda de molino. Las mujeres servían con prontitud y destreza. Eran las diez de la noche cuando comenzaron a servir los postres: repápalos, leche frita y licor de cereza, todos típicos de la localidad. Estábamos en el brindis cuando el señor Serapio se puso en pie para dar a todos las gracias por la asistencia a tan importante evento e igualmente lo hacía en nombre de su esposa. Fue en este preciso instante cuando hizo pomposamente su entrada dicha señora portando en las manos una bandeja cubierta por un paño de cuadritos rojos y blancos con remate de ganchillo. Nos dijo que, como despedida, nos traía el mejor de los presentes.

Los monaguillos se tocaban las henchidas barrigas mientras se relamían entre chanzas y risotadas llenas de complicidad. Marcia sintió un escalofrío y se arrebujó junto a mí. De sopetón la mayordoma descubrió lo que durante unos minutos habría de ser para la mayor parte de los asistentes una pesadilla. La lustrosa piel de un gato negro apareció, junto con su cabeza, bajo el paño provocando en los comensales una indisposición generalizada en forma de náuseas, flatulencia y eructos incontenibles.

Mientras, los más jóvenes seguían con su jolgorio llamando a gritos a Queca. Esta apareció junto a su madre portando un tablero ocupado por seis pieles de lebratos; a la vez que aparecía su padre, cazador donde los hubiera, con su escopeta al hombro.

Ni qué decir tiene que, aunque fue mucho el alivio sentido, una gran desazón quedaba dentro de mi Marcia, que seguía sin comprender tan macabra broma y menos aún el jolgorio de los asistentes.

De pronto pareció que se crecía, respiró profundo y gritó:

–¡Boludos todos! ¡Más que boludos!