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::: Penetrante aroma

Autor: Manuel Simón VicenteVer autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2005) Ver obra y Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

Penetrante aroma

Cada mañana del jueves, miraba por la ventana en dirección al sur, en la dirección por la que se acercaba, a esa hora temprana, el autocar que traía a los pasajeros de su pueblo.

Cada jueves, con una taza de café entre las manos, veía desde su ventana, descender a los viajeros, y cuando alguno parecía un paisano, enseguida se enfundaba en su bata, y rápidamente se dirigía al autobús para abrazarle y reclamarle noticias de su pueblo. Si alguno era conocido o familiar próximo, entonces se emocionaba y las lágrimas saltaban vertiginosamente en su rostro, y reclamaba, entre sollozos, sin apenas solución de continuidad, noticias de sus parientes y amigos, pero, sobre todo, de sus padres y de su queridísima abuela. Casi siempre, estos la respondían de la misma manera: ¡Tranquila, Herminia, que tus padres me envían este paquetito para ti, y dentro, me han dicho, viene una “esquela”! Abrazaba el pequeño envoltorio y se dirigía a su casa y con la misma emoción de siempre desembalaba el paquetito que contenía los productos de temporada: un par de morcillas, un trozo de cecina, algún chorizo, un litro de aceite, o algún dulce, y, siempre, un par de latitas de pimentón que venían envueltas en un sobre que contenía unas letras que garabateaba su madre.

Con emoción, abría cuidadosamente el sobre y leía muy despacito las noticias que le relataba en la misiva. Primero le hablaba de la salud de su padre, que cada día empeoraba, y de la de su abuela, que con el paso del tiempo se la veía más joven, luego le explicaba las ganas que tenía de verla y de que volviera pronto al pueblo, para concluir como siempre, que el “bandido” seguía, como siempre, paseando con su arrogancia cada mañana al lado de su casa, pero que a ella no debería importarle y que a pesar de todo, tendría que volver al pueblo antes de que fuera demasiado tarde. Luego lloraba sin lágrimas, y, a continuación, se disponía a hacer la comida que aderezaba con el bote de pimentón que le gustaba estrenar para disfrutar con el aroma que tanto le recordaba a su tierra, a los molinos que en otoño inundaban de aroma todo el pueblo.

Mientras se arreglaba para ir al trabajo vespertino en la fábrica de chocolate, recordaba una y otra vez, el motivo por el que tuvo que huir precipitadamente de su tierra, recordaba lo feliz que fue junto a sus padres, las emociones tan intensas que sentía cuando paseaba con su perro por los alrededores del pueblo, por las orillas de las angostas gargantas; pero recordaba, sobre todo, a su “Pedro”, a su amado Pedro, al único hombre que había querido en su vida, y recordaba con amargura como se había cebado con ella la mala fortuna.

Pedro era un pequeño ganadero, por el verano trabajaba en el campo y completaba su sueldo con el trabajo que había conseguido de molinero en el antiguo molino de pimientos. Pensaban casarse para la próxima primavera después de la venta de los terneros. A Herminia le encantaba ir a esperar a Pedro a la salida del molino, cuando salía con los compañeros envueltos en sus monos anacarados y rojos, le gustaba abrazarlo y penetrarse de su intenso olor picante o dulzón. Pedro se disgustaba y decía que no quería que le viera con esas pintas, la rechazaba tiernamente para que no se acercara a él, para que no se manchara con el polvo del pimiento adherido a su ropa, no comprendía Pedro el placer que le procuraba este aroma a Herminia.

Aquella tarde, Pedro no salió de la fábrica con sus compañeros, el hijo del dueño del molino le dijo que no había venido a trabajar, que nada sabían de él. Herminia entró en la fábrica donde trabajaba Pedro, abrió su taquilla rebuscó entre sus cosas, nada parecía extraño, llamaron por teléfono a su casa, luego a su madre, nadie sabía nada de él. Cuando Herminia se disponía a irse, el hombre se dirigió a ella, al principio de manera amable, luego insistente, y a continuación, después de dar un fuerte portazo, se abalanzó sobre Herminia y se hizo la noche.

Sin decir palabra se dirigió a su casa, sin decir palabra recogió sus pocas pertenencias y se dirigió a la estación de autobús, pidió un billete para el destino más lejos y sin decir una sola palabra en todo el camino llegó a esta remota tierra de lengua extraña. Solo después de dos meses escribió a su madre para dar conocimiento de su paradero. Nadie supo nunca más que fue de Pedro, se rumoreaba que se había ido muy lejos quizás a América, otros fabularon que le había tocado la lotería y que no quiso compartirla con nadie. Herminia se martiriza pensando que podría haberle dicho el hijo del dueño del molino para que desapareciera sin dejar ni rastro, mientras se le clavaba en las entrañas la sonrisa burlona del bandido que había robado su felicidad y su honra.

Herminia se despierta cada mañana soñando con la llegada a su puerta de un hombre enjuto y moreno con el inconfundible aroma a pimiento picante.