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::: Paco, el de la chabola del Pocito

Autor: Pedro Alegre Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2005) Ver obra y Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

Pedro Alegre

Desde hace más o menos un mes, Paco, el de la Chabola del Pocito, ha aumentado sus escasas pertenencias con dos nuevos objetos: un reloj de sobremesa, grande y redondo, y una pequeña televisión que lo sostiene. Al mismo tiempo, ha añadido a su jornada diaria dos nuevas tareas. Por la mañana, al levantarse, antes de desatrancar el cerrojo y apartar la lona de colores de la puerta, antes de salir al emparrado y echar un vistazo al cielo mientras coloca en los labios el primer cigarrillo del día, lo primero que hace Paco es dar cuerda al reloj. Y al mediodía, contempla atento el telediario de la primera cadena.

Paco malvive en una pequeña parcela, visible desde cualquier ángulo de la amplia curva de la carretera que baja desde el pueblo al río. Algunos frutales mal cuidados y un pequeño huerto rodean su morada, levantada aprovechando dos viejas paredes de piedra y cerrado el resto con tablones y planchas metálicas. El tejado, formado por un puzzle de uralitas y más chapas oxidadas, otorga definitivamente a la construcción su calificativo de chabola. La miseria que se percibe contemplando desde lejos el conjunto, se acentúa aún más por el contraste de una placa de energía solar, instalada hace poco tiempo por unas compasivas autoridades públicas. Y, desde hace más o menos un mes, una alta antena de televisión ha aparecido al lado de la brillante placa fotovoltaica.

Nadie sabe de donde vino Paco, ni cuanto tiempo lleva viviendo en ese sitio, ni su edad. En el pelo ya le blanquean algunas heladas de las que no ha conseguido guarecerle el exiguo techo de su refugio. Algunos cuentan que llegó a la zona a trabajar en la recogida del pimiento para pimentón. Dicen que era uno de los jornaleros más solicitado, el más rápido en terminar su surco, único en el dominio de la lumbre y el secreto de su humo en los secaderos, que volteaba sabiamente, consiguiendo siempre el punto justo de secado. Y a buen seguro que debió secar mucho pimiento, pues todavía es a humo de leña de encina a lo que recuerda el olor que deja a su paso. Pero de eso hace ya mucho tiempo, y los únicos pimientos que ahora maneja son los de su huertecillo.

De vez en cuando, Paco se enfunda su mugrienta chaqueta de pana y se acerca al pueblo. Se le ve paseando su altura, su tupido bigote todavía negro, con una o dos bolsas en la mano, siempre bien cerradas. Cuando Paco deambula, y le gusta hacerlo sobre todo por la acera de la avenida principal, es raro que alguien le dirija la palabra, como si fuera invisible, como si de un elemento más del mobiliario urbano se tratara. A lo más que llegan algunos, siempre sonriendo, es a saludarle con un indiferente “Paco…”, al que contesta con un leve gruñido, girando levemente la cabeza, sin levantar la mirada del suelo, mientras sigue andando con la tranquilidad y la calma que confiere el no tener nada que hacer, o el tenerlo ya todo hecho. Algunas veces, los recién estrenados jóvenes, envalentonados por la mezcla de testosterona y alcohol que revuelve su sangre, se atreven a importunarle. Así, de paso, ahuyentan definitivamente a uno de sus temores infantiles, al más terrible “hombre del saco”, tantas veces utilizado por sus madres como arma infalible contra sus indisciplinas domésticas: “¡A que llamo a Paco el de la chabola…!”. Pero cesan el acoso rápidamente, hastiados ante la indiferencia de Paco; luchar contra derrotados no les reporta gloria.

Paco vive solo. Bueno, con un perro, a veces una cabra, y apenas media docena de gallinas, a las que abronca a voces y a puntapiés cada vez que, obstinadamente, se empeñan en invadir su estancia, que abandonan protestando con alboroto.

Pero si alguien lo intentara, recordaría que hubo un tiempo, hace ya muchos años, en que Paco se asomaba por el pueblo acompañado de una mujer. No se sabe cómo apareció, ni de que manera pudo hacerse con la compañía de Paco. Era muy baja, algo regordeta, con el pelo muy corto y liso, de tez blanca, con los ojos de color miel y muy extraviados. Aunque seguramente no fuera su nombre, todos la llamaban Chiquina.

La pareja que hacían era como el día y la noche: Chiquina se paraba a hablar con cualquier persona que se cruzara; iba por la calle cantando, o riéndose no se sabe de qué, o se paraba a bailar… Y, sobre todo, la gustaba mucho el vino. Demasiado, pensaban algunos en el pueblo. Sin embargo, fue la primera persona que le hizo sentir a Paco alguien como los demás. Y la única que recuerda Paco que le tocara, que le abrazara, que le besara y, sobre todo, que le mirara, que le mirara durante largos ratos con sus ojos bizcos, y sin reirse.

Cada vez que Chiquina subía al pueblo sola, y al final lo hacía con mucha frecuencia, Paco se sentía invadido por un desasosiego que se concentraba con la máxima fuerza dentro de su cabeza, bajo la forma de Chiquina mirándole, sin hablar, solamente mirándole. Ella se acostaba siempre con el cándil encendido, o con alguna vela, pues por algún motivo la aterrorizaba la oscuridad. Por otra parte, casi nunca podía dormir. Algunas noches, Paco se despertaba y le gustaba notar los ojos melosos de Chiquina clavados en él; inmediatamente volvía a dormirse arrullado por esa mirada. También la mirada bizca de Chiquina era suficiente para que Paco cesara las reprimendas que a veces la largaba, sobre todo cuando, a causa de su afición por la bebida, debía acercarse al pueblo a buscarla, y la encontraba en algún bar o sentada en la acera de cualquier calle, convertida en motivo de chanza de los desaprensivos.

Uno de esos días Chiquina no volvió. Y nadie, excepto Paco, la echó en falta.

Algunas veces, Paco toma un café solo en el bar de Marcial. Cuenta Marcial que, hace más o menos un mes, estaba Paco al mediodía tomando su café, con las acostumbradas bolsas en el suelo. En la televisión, siempre encendida en el local, se veía el telediario de la primera cadena. En ese momento emitían un reportaje sobre unos asilos, o albergues, o centros donde las monjitas cobijan y cuidan a los que no tienen nada, a los que no son nada ni importan a nadie. Paco, por casualidad, miró al televisor durante el momento de encender un cigarro. Y sigue contando Marcial que se quedó quieto por un momento, con las dos manos en alto, una agarrando el cigarro en la boca y la otra sin soltar el mechero; después se acercó aún más a la televisión, y no se separó de ella hasta que acabó el telediario y empezaron los anuncios. A continuación volvió a su sitio en la barra, se bebió el café frío y, mientras pagaba, interrogó a Marcial por el nombre del programa que había visto, a que hora lo echaban, si lo había todos los días… Marcial, riéndose (con la misma extraña sonrisa que ponían todos los que alguna vez se dirigían a Paco), contestaba a sus preguntas con desgana, preguntándole con sorna que si es que ahora se iba a interesar por la política.

Tras salir del bar, Paco anduvo acera arriba y abajo, con sus bolsas, hasta que abrieron los comercios. Primero entró a la relojería, salió con una bolsa más y fue a la tienda de Luis, que le recibió sorprendido y sonriendo.

Cuenta Luis, el de los electrodomésticos, que acercó a Paco hasta el Pocito en su furgoneta, junto con una antena y la televisión que había comprado. Y que por suerte, además de una bombilla, los técnicos que le pusieron la placa solar dejaron un enchufe, que hasta entonces nunca había sido utilizado. Colocó, no sin cierta dificultad, la antena sobre el tejado. Después de encontrar un pequeño hueco entre la cama y una pila con cacharros sucios, instaló el nuevo aparato de televisión, utilizando como mesa la misma caja que lo contenía, y comenzó a explicar su funcionamiento, sonriendo, como dando por supuesto que Paco no se iba enterar de nada.

Cuando acabó, lo único que le preguntó Paco era que cómo se podía ver la primera cadena. Luis le indicó a qué botón debía pulsar. Paco cogió el mando a distancia, sacó de su bolsillo una navaja y realizó con facilidad y precisión dos cortes en forma de aspa en el blando botón de goma del mando. Así, el no saber leer ni escribir no le impediría utilizar aquel aparato.

Cuando se marchó Luis, Paco sacó de la bolsa el reloj, y lo colocó sobre el televisor. Desde entonces, hace más o menos un mes, le da cuerda justo antes de acostarse y también es lo primero que hace al levantarse.

Al mediodía, trasteando por la chabola, mientras prepara la comida o coloca sus pocos cacharros, Paco mira con frecuencia y como con disimulo al reloj. Cuando la aguja grande y la pequeña forman una línea casi horizontal, Paco enciende la televisión, se sienta en el borde de su catre y localiza en el mando a distancia el botón marcado, que pulsa repetidas veces. Cuando la aguja grande apunta al cielo, ya han entrado las gallinas, que han aprendido muy pronto que durante más de media hora pueden adueñarse de la chabola picoteando el suelo y hablando entre ellas, sin temor a ser pateadas. Durante ese tiempo, Paco contempla absorto la pantalla. Sabe que Chiquina está allí dentro, y sabe que, en cuanto aparezca y le vea, se quedará mirándole, como aquél día lo hizo en el bar, mirándole solamente a él, con sus ojos de miel, con esa mirada que tanto le gusta.