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::: No soy tan canalla

Autor: Pablo Félix Ver autor

Publicado: Del tálamo al cálamo (2007) Ver obra

 

No soy tan canalla

Mi nombre es Silvestre de Liria, y nací en esta ciudad hace cuarenta y ocho años. Soy recaudador de tributos y en el día de hoy voy a ser ahorcado. Deseo narrar en estas últimas líneas lo sustancial de mi paso por este mundo, para que la despedida que he concebido —a modo de colofón coherente con lo que ha sido mi existencia— sea justamente interpretada.

Mi Señor, un ricohombre, presta sus servicios militares a nuestro monarca, al igual que lo hizo su padre y su abuelo con los respectivos ascendientes y al igual que lo hizo mi padre y mi abuelo con los suyos. Cuando no está batallando, pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su castillo, que abandona ocasionalmente para salir a cazar. Dado que le proveo convenientemente y nunca le han faltado soldados para sus gestas ni oro para cumplir con nuestro Rey, confía plenamente en mí, por lo que hago y deshago a mi antojo, sin rendir más cuentas.

Mi padre era una buena persona y desempeñaba su trabajo con gran eficacia. Cuando se presentaba a cobrar eran muchos los que, a pesar de sus afanes, no habían podido reunir el dinero estipulado. Como su celo profesional le impedía dejar una deuda pendiente, facilitaba al moroso alternativas para cancelar su crédito, sobre todo si cerca había mujeres con las que yacer. Y era raro el deudor que, resignado, no aceptaba. Así que con mucha frecuencia numerosas obligaciones quedaban extinguidas tras un buen revolcón. Pero no se crean, a veces imponía azotes y mazmorra, por eso de hacerse respetar. Desde que tuve uso de razón le acompañé a menudo en sus gestiones, y así empecé a instruirme en la profesión. En poco tiempo manejaba con habilidad censos, portazgos, teloneos, yantares, fonsaderas, lezdas, martiniegas, calonías y demás palabras con las que nuestros señores ocultaban siempre lo mismo: sus ansias de dinero. Pero emulando a Dios —ya no temo que me imputen sacrilegio—, apretábamos pero sin ahogar, pues bien sabía mi señor que, aunque los campesinos, obreros y artesanos de los distintos gremios podrían subsistir sin él, éste, en cambio, no podría hacerlo sin ellos.

No tardé mucho en mostrar mi destreza. En ocasiones, mientras mi padre cobraba lo acordado con la señora de la casa y el esposo marchaba resignado a la cantina, buscando consuelo en el vino, yo me quedaba con alguna hija y hacía mis primeros tanteos. Fue en aquellos días cuando tomé conciencia de que la naturaleza había puesto entre mis piernas algo que asombraba a las féminas, en un primer momento por su exagerado tamaño y a continuación por su perfecto funcionamiento. “Grandioso, increíble, extraordinario, ooh, aaah, uuuh,…” eran expresiones que pronto me acostumbré a escuchar de las bocas de las mujeres, mientras palpaban estupefactas mi falo, cerciorándose de su dureza y proporciones. Por eso, entre las mujeres era habitual que me llamaran “el tronco”; sus maridos, novios y padres me llamaban muchas otras cosas… Esto lo digo para que nadie piense que todas mis conquistas se debieron a mi posición de protegido del amo, no soy tan canalla. Pronto aprendí que bastaba con sacar de su escondite a mi verga y mostrarla en todo su esplendor, para que hasta las más reticentes pusieran ojos de búho y se entregaran encandiladas por completo a mis caprichos.

Así que cuando tomé el relevo de mi padre conocía a la perfección el oficio y a su clientela, lo que, unido a mi especial dote, me permitió comenzar a recaudar de inmediato, dinero para mi señor y satisfacciones para mí. La práctica me permitió adivinar casi con exactitud cuando me pagarían con monedas o cuando me ofrecerían el pago en especie, aunque he de confesar que la mayoría de los días obtenía mis justos honorarios: un desahogo carnal, una buena pitanza y suficientes monedas para mantener el negocio. Los años de buenas cosechas era muy bien recibido por el dueño de la casa o taller (aunque no era tanta la alegría que manifestaban sus mujeres). Pero la decisión final sobre la naturaleza del medio de pago era siempre mía. Algunas veces, ya tenían preparada la bolsa con las monedas, que yo contaba deprisa y, aunque estuvieran todas, si advertía alguna hembra de mi agrado, sacaba un pergamino, ilustraba la ignorancia del pobre hombre con un nuevo término (real o inventado), y les comunicaba que no era suficiente; bastaba una sutil mirada a la mujer para que inmediatamente el hombre saliera de la casa, resignado. Si era la primera vez, casi todas lloraban mientras recibían mis embestidas, gesto que yo interpretaba como de inmenso júbilo, lo cual me emocionaba, pues no soy tan canalla.

Las doncellas jóvenes eran mis preferidas. Muchas sobre las que mi señor ha ejercido el ius primae noctis ya conocían mis facultades, aunque la verdad es que yo ejercía ese derecho de día. Recuerdo una vez que me presenté en el taller de un sastre; en ese momento se encontraba el padre, la mujer y su hija, a la cual ya había sobado el año anterior, pero la consideré todavía no apta; el hombre había atravesado una mala racha y no había reunido suficientes monedas. La familia, conocedora de que les esperaban azotes, escarnios y calabozo si no cumplían satisfactoriamente sus obligaciones hacia su señor, ya sabían lo que tenían que hacer. Así que la madre se puso en pie y se dirigió sumisa al jergón del rincón. El padre, resignado, dejó las labores y cogiendo a la hija de la mano, se disponían a abandonar la estancia. Pero al pasar a mi lado, agarré a la moza y con un gesto indiqué a la madre que saliera y nos dejara solos. Sin levantarme de la silla, situé a mi retribución frente a mí y la indiqué que se desnudara. Tenía unos senos pequeños, redondos y firmes, con los pezones apuntando al cielo, que fui manoseando y chupando. Tras explorar con manos duchas todas sus cavidades, la puse de rodillas y saqué mi verga, que coloqué frente a su cara. La dije que la agarrara y la muchacha la miró desconcertada y boquiabierta, circunstancia que interpreté como favorable y con un certero envite introduje una buena porción en su boca. Lloró. Casi todas las muchachas que por primera vez me pagaban, lloraban. La emoción y la alegría las embargaba y a mí me parecía bien que disfrutaran, después de todo no soy tan canalla. Todavía sus lágrimas mojaban mi verga cuando, en correspondencia, yo hice rodar las mías, más espesas, por su boca, cara y pecho, dando por terminada la faena. Tan agradecida quedó, que la limpió y la guardó con cuidado, después se vistió y fue a buscar a su madre, la cual mostró igualmente su buena disposición sirviéndome una jarra de vino, acompañada de pan y tocino salado. Mi trabajo me abre siempre el apetito. (No siempre estos episodios con muchachas primerizas acababan bien. Viene a mi memoria, y se revuelve mi miembro al recordarlo, el de una pequeña molinera que, en una situación similar a la descrita, no se le ocurrió otra cosa que tras metérsela toda en la boca, con toda su buena e ignorante intención, darla un fuerte mordisco, cual si de un rábano se tratara, haciéndome llorar esta vez a mí, mientras gritaba tan fuerte que sus padres entraron asustados. Mientras su azorada madre me curaba, yo presenciaba la paliza que el progenitor propinó a la zagala. Estuve más de dos semanas sin atreverme a probar mujer, pero una vez repuesto, volví y cobré a la muchacha lo que me debía, por delante y por detrás. La gustó tanto que lloró varias veces. Eso sí, me cuidé mucho de amordazarla primero, por si acaso.)

Con los nobles logré arreglos justos para sus intereses, los míos y los de nuestro señor, que procuraba percibir en monedas de oro. Pero, conocedoras de mis virtudes, sus cónyuges insistían en efectuar su aportación, a lo cual solía acceder, pues no soy tan canalla. Nunca he sido clasista, y verdaderamente sé que en una buena jodienda no influye necesariamente la condición social de la mujer ni su linaje, lo que no me impide reconocer que siempre me gustaron sus camas limpias, sus cuerpos blancos y perfumados, sus pezones perfectos por no haber amamantado, que para eso tienen sus amas de cría. Muchas incluso se depilaban la entrepierna, lo cual —si es que era posible—, endurecía aún más mi verga, aunque en esos casos también solía utilizar la lengua. Hubo una temporada en la que se reunían varias los sábados por la tarde para recibirme. ¡Ah, como añoro ahora mismo el acontecimiento de ser recibido por tres o cuatro esposas aburridas, arrodilladas en la cama y con sus impacientes traseros en pompa, y complacer por turno a todas! ¡Qué memorables momentos! Curiosamente, este tipo de damas lloraban desairadas tras negarles una cita o rechazar sus requerimientos.

Y así he vivido durante todos estos últimos años. Lo he hecho en casas señoriales, molinos, talleres, cocinas, almiares, lagares, batanes... Las he colocado sobre una mesa, contra un rincón, en el pajar, en jergones, de pie, en el suelo… También me agradaba mucho quedarme sentado y dejarme hacer por sus manos y sus bocas. Gordas o flacas, blancas como la leche o tostadas por el sol, con pechos grandes como cántaros o apenas perceptibles como los de muchachos… todas han sufragado con sus cuerpos lo que sus resignados maridos o padres no han podido con sus quehaceres.

Asimismo, he trabajado para el abad del monasterio, pero sería largo de contar. Nuestra relación terminó cuando el abad, al ir a retozar con la novicia que le estaba preparando la celda para dormir la siesta, descubrió que ésta acababa de ser usada por otro hombre, y daba la casualidad que yo era el único varón que había pisado el cenobio ese día. Resulta que era su favorita, pero ¿cómo iba a saberlo yo, que soy incapaz de distinguirlas cuando van cubiertas con el hábito? Le presenté mis excusas, le dije que no había sido por joder (bueno, sí), quiero decir, por ofenderle, no soy tan canalla. Pero de nada sirvió. Prescindió de mis servicios ipso facto. Creo que lo que más le dolió es que su pupila no volvió a mirarle, ni a él ni a su sexo, con los mismos ojos, y de vez en cuando la contemplaba ensimismada, mientras se la escapaban suspiros emitidos desde muy dentro, pero que desde muy dentro. De todas formas, en los pocos años que estuve a su servicio, contribuí a que muchas de las novicias que después entraron en clausura se llevaran, llorando, buenos recuerdos del mundo al que rehusaban, que a buen seguro evocarían durante sus largas jornadas contemplativas.

Y fue este abad el que la pasada semana invitó al obispo, que se alojó en los aposentos del castillo de mi señor junto con toda su comitiva. Ya en la cena de bienvenida que se celebró por la noche, me fijé en dos jóvenes damiselas, a las que avezadamente consideré como apropiadas y fijé como siguiente objetivo. No me costó trabajo averiguar que una era la hija de mi señor, que llevaba varios años educándose en la Corte, y que había regresado para hacer compañía a la otra preciosidad, que era la sobrina del obispo. Esa misma noche, tras fascinarlas con mi insólito encanto, quedé citado con ambas para el día siguiente en la habitación que compartían.

Conmovido quedé cuando se desnudaron y disfruté sus tibios cuerpos, perfectos, inmaculados. Ellas no dejaban de examinar mi ostentosa herramienta, así que, sin más preámbulos que un mínimo magreo de reconocimiento, nos pusimos a la tarea. Y en ella estábamos cuando la puerta de la estancia se abrió. El Obispo, mi Señor y gran parte del séquito, quedaron humilladamente mudos. Nosotros tres tampoco dijimos nada. La verdad es que teníamos difícil articular cualquier sonido: la obispal sobrina estaba de espaldas a la puerta, por lo que no reparó en que habíamos sido sorprendidos y, sentada a horcajadas con las piernas abiertas sobre mi cara, seguía moviendo sus nalgas mientras gemía voluptuosa. De rodillas, a mi lado, la hija de mi Señor era demasiado educada como para hablar con la boca llena y, francamente, la tenía repleta. Incluso yo tardé un instante en reaccionar y retirar mis dedos de sus acogedores orificios.

Ese mismo día se celebró el juicio. El tribunal fue diligente y severo. Por supuesto yo era brujo y había facilitado una pócima a las inocentes criaturas que las incitó a pecar de esa forma. A ellas las recluyeron en el monasterio, llorando, al servicio del abad, que las acogió gozoso. Yo he sido condenado a muerte. No he intentado defenderme y me he declarado culpable. Conozco, por haber participado alguna vez en ellos, los métodos de la curia diocesana para obtener la verdad que ellos desean escuchar, así que mejor no sufrir en vano. Atendiendo a mis servicios prestados he solicitado y me ha sido concedida la gracia de morir en la horca.

Esta mañana los carpinteros han levantado el cadalso. Mirando por la ventana de la habitación en la que permanezco recluido estos postreros días he podido distinguir muchas caras conocidas entre el gentío que abarrota con bullicio el patio y el graderío montado. Me ahorcarán en breves momentos. He quedado a medio abrochar la botonadura de mis calzones. Sé que los ahorcados, cuando están colgados de la soga, se balancean y dan vueltas lentamente; primero hacia un lado, luego hacia el otro. Y también me he fijado en la hinchazón que les brota entre las piernas. Cuando el verdugo dé una patada a la banqueta moriré asfixiado y la tensión de mi verga erecta en la bragueta liberará los botones, exhibiéndose por completo, jactanciosa, impertinente. Entonces mi cuerpo suspendido comenzará a girar despacio, primero hacia un lado, luego hacia el otro, mientras mi miembro escrutará desafiante a la multitud. No podré verlo, pero seguro que muchos hombres callarán, resignados. Y muchas mujeres y muchachas, llorarán, emocionadas.