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::: Noelia

Autor: Genara Bermejo Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

Noelia

Por lamentable que parezca mi relato, no por eso es menos real. Eran los años de mi adolescencia, mis padres eran campesinos y trabajaban de sol a sol. Mi padre cuidaba animales en una dehesa de Extremadura, cerquita de la Puebla de Guadalupe, allí vivíamos toda la familia; yo, con solo doce años, ordeñaba las vacas y hacía el queso, amasaba el pan, echaba de comer a los cerdos y ayudaba a mi madre en las tareas de la casa. A ella solo le quedaba tiempo de parir y de criar niños.

Mi vida era un verdadero calvario: trabajaba como una burra, y las palizas eran continuas; un día, por una cosa; al siguiente, por otra. Yo iba a cumplir quince años y mi padre no cambiaba de actitud; cualquier día, sin motivos, me castigaba, propinándome una gran paliza. Entonces mi madre dijo:

–¡Basta ya de malos tratos!

Y me llevó al pueblo con mi abuela María y me advirtió que no le dijera nada de lo ocurrido, que bastante sufrimiento tenía ella, que perdió a su marido en la guerra de Cuba y, por si eso fuera poco, a sus dos hijos, Paco y Antonio, los habían cogido prisioneros. Y nunca más supo nada de ellos.

Mi abuela, que tenía mucha experiencia de vida, sabía que el matrimonio de su hija Carmen no iba nada bien; me preguntó a mí; yo le dije la verdad, que mi padre nos maltrataba a todos.

–¡Hija esas son las experiencias que tiene de su vida: tu padre era pilongo, y la familia que lo adoptó era ganadera; pero tuvo mala suerte porque fue muy mal tratado, matándole a trabajar y propinándole palizas diarias!

–Sí, abuela, pero yo no tengo la culpa, mi padre no debe vengarse con su familia por muy mala que haya sido su experiencia; con ese comportamiento no arreglará nunca su casa. Por eso, yo no aguanto más y quiero salir de este cautiverio.

Mi abuela, en esos momentos, me abraza, y me dice estas palabras:

–Noelia, eres muy joven todavía para volar tú sola. Veremos si la tita Lola puede admitirte en su casa; la chabola es muy pequeña; ellos son seis personas, los primos son mayores y necesitan más espacio. Ella también lo pasó mal cuando, en los años sesenta, se subieron al tren de la emigración, buscando mejor vida en la ciudad.

Mi abuela preparó un poco de vianda y algo de ropa, y caminamos a la estación, nos subimos a un tren de mercancías, y de esa forma nos salía el viaje gratis. En la ciudad dimos varias vueltas hasta llegar a casa de la tita Lola. Nos recibió muy bien, pero no tardó en advertir de las dificultades que iba a tener para encontrar trabajo.

–¡Hija, eso ya lo sabemos! Pero la niña se queda; si no encuentra nada yo vuelvo a buscarla.

Antes de marchar, mi abuela me hace estas advertencias:

–Noelia, tú no hagas caso a desconocidos, ni vayas de noche a ninguna parte sola. Una joven sin experiencias, en la ciudad tiene mucho peligro. Y no quiero pensar si, por mi culpa, un día te perdieras.

–No te preocupes abuela; la tita me va ayudar y seguro que encuentro algo.

–Sí, Noelia, yo quiero echarte una mano, pero, si no encuentras nada, te marchas al campo con tus padres.

–No, yo al campo no voy a volver; si algún día volviera, seguro que mi padre me molería a palos.

–¡Válgame Dios! ¡Qué familia tan desgraciada! Noelia. Vamos a ver si en una casa de comidas que hay cerca de aquí, cogen gente para trabajar –dijo la tita Lola.

Llegamos y preguntamos por la señora. Nos presentamos, le explicamos qué buscábamos y, tras informarse de todos mis datos, me dijo que me podía quedar para empezar a trabajar.

–Noelia es mi nombre ¡para servirla! Sí, señora, me quedo.

–Vamos, acompáñame a tu cuarto para que dejes tus cosas.

Mis cosas eran cuatro trapos que me había hecho mi abuela. Mi tita se marchó bien contenta, creía haber encontrado lo mejor para mí; allí iba a aprender a hacer las cosas y a adquirir experiencia. Los señores estaban satisfechos con mis servicios en la casa.

Yo pronto hice amistades con las compañeras; era todo tan bonito que a mí me parecía que estaba en un paraíso: tenía paz, amigos, trabajo, cosas que ni siquiera pensaba que existían.

Había dado un vuelco mi vida, yo era totalmente feliz. Al poco tiempo conocí a un chico que acudía todos los días a comer.

Uno de esos días, mientras yo le servía la mesa, me preguntó cómo me llamaba.

–Yo, Noelia; y ¿tú?

–Yo, Miguel.

A mí me temblaban las piernas; tenía miedo de si aquellas preguntas pudieran hacerme daño por las malas experiencias vividas a lo largo de mi vida.

Ahora era Miguel, me decía:

–Eres muy guapa y estoy enamorado de ti. Si tú quieres quedamos, y el domingo vengo a buscarte para acompañarte al cine.

Yo lo estaba deseando; aquella noche me pidió si quería salir con él, formar una relación, y poder llegar a casarnos. Le dije que era muy joven y que no sabía nada de relaciones con hombres; que era virgen y que tenía mucho miedo.

–Noelia, mi amor, no tengas miedo, yo soy un hombre con mucha experiencia y sé cómo tratar a una chica como tú.

Desde ese día empezamos a salir, y él me llevaba a los sitios donde se fumaban porros y se bebían copas hasta emborracharse, pero él siempre estaba a mi lado para que nadie me hiciera daño.

Todo muy bien y antes de un año me quedé embarazada. Enseguida me llevó a su casa a vivir con él y con su madre; al poco tiempo, nos casamos y pronto nacía Olga, nuestra hija, pero el matrimonio se nos escapaba de las manos; mi marido salía solo, a mí me dejaba con mi niña y la abuela Paula. El sufrimiento era cada vez mayor. Miguel estaba a punto de abandonar el hogar, se pasaban semanas sin aparecer por casa.

Por desgracia, una noche que volvió a dormir, me dejó de nuevo embarazada. A la abuela y a mí se nos vino el mundo encima; yo, al nacer mi hijo Pablo, tuve que abandonar el trabajo, y vivir de la poca paga de la abuela, el padre de mis hijos se marchó de casa, a vivir con otra persona. La economía era lamentable, yo me volvía loca y después de mucho pensar tomé la decisión de marcharme con mi niña, dejando a Pablo con la abuela, para que ella lo cuidara.

Con mi hija me metí en el bullicio de la ciudad. En la primera esquina que encontré me puse a pedir limosna; esa noche dormimos en la calle, pero debía buscar ayuda; en ese momento se me acercan dos chicas:

–¿Cómo te llamas? Aquí todas trabajamos con nuestro cuerpo y no nos va mal; puedes quedarte.

–¡Sí…! ¿Y qué hago con mi niña?

–Si tú quieres, la puedes dejar en casa de una señora que cuida niños de las chicas que trabajamos en la calle ¡Vamos, yo te acompaño!

–¡Muchas gracias! –contesté, y acepté.

Aquella noche dejé a mi chiquitina por primera vez con aquella señora. Yo entraba en el peor de los infiernos, me venían a mi memoria las advertencias, que me había hecho mi abuela. ¡Dios mío! ¡Si ella supiera una chispa de mi vida, se moría de pena! Pero así son las cosas del destino. Aquella noche era la primera en mi indeseable trabajo; por ser desconocida no tuve demasiado éxito: gané para pagar a la señora por el cuido de Olga y poco más. Pero debía seguir luchando, debía sacar adelante a mis dos niños y a una anciana abandonada; a sus tres hijos el zarpazo de la droga los había metido en una red de donde no saldrían nunca. Yo, con coraje, destrozada, deambulaba de acá para allá por los peores lugares de la ciudad,

Un día, espigando en mi memoria, recordé una frase que decía mi abuela: “la necesidad aguza los sentidos”. Y a mí la vida me había dado tantos tortazos que ya no podía poner más las mejillas, todo para que a mi Pablo y a mi Olga no les faltara de nada; ni a la abuela Paula, que era una madre para mí.

Ella ignoraba cómo yo ganaba el dinero y la crudeza del trabajo que yo hacía. Nunca olvidaré una noche que me pegaron una paliza y me robaron lo que había ganado. Aquella noche pensé que no podía más y tomé la decisión de abandonar la Ciudad y volver a mi tierra, Extremadura, de donde había salido huyendo; al campo donde me había criado.

Mi niña ya tenía tres añitos y podía dejarla con alguien mientras yo trabajaba. Sabía que por esa época era la recolección del pimiento y ahí yo podía trabajar; a mi Pablo lo dejaría con la abuela Paula para que ella lo cuidara.

Un día en el trabajo conocí a Juan, un señor muy mayor, viudo, que vivía solo, y me ofreció su casa. Me pidió que me quedara con él para siempre; yo estaba sola, sin familia y sin un hogar donde ampararme. Después de pensármelo mucho, decidí quedarme a vivir con el señor Juan.

La vida me puso en el camino de la salvación de mis dos hijos y de la de su abuela Paula.

No podía imaginar que la vida me tenía guardado un hombre que me respetara y nos quisiera tanto, a toda la familia. Yo dije:

–¡Dios mío, Noelia, borrón y cuenta nueva!

Han pasado los años y mi Olga nos ha dado dos nietos preciosos. Pablo quedó con la abuela Paula que, cumplidos sus noventa años, seguirá en nuestra compañía hasta el fin de sus días, todos muy felices...

A Miguel, el padre de mis hijos, la droga se lo había llevado...