La asociación Cultural Cálamus Envíanos tus comentarios
 
Inicio > Escritos > Noche de San Silvestre

::: Noche de San Silvestre

Autor: Esperanza Núñez Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

Noche de San Silvestre

Hoy, último dic del año, mi hermana ha decidido que debemos cenar todos juntos. Subo con mi novia en el ascensor y pienso desde cuándo no había venido por aquí. Cuando entro casi no reconozco su casa. Mi hermana es una fanática del arte, obre todo de la pintura. A la entrada tiene un cuadro maravilloso. Representa una escena de la Edad Media. Es una acuarela que me pintó un amigo, me dice. El sol sale rojo en el horizonte. Un caballero con armadura camina hacia Él montado en un caballo blanco. Se le ve en la cara un gesto serio y triste, y en la piel brilla una lágrima. En la mano derecha lleva un pendón blanco con un escorpión dorado en el medio. A la izquierda hay una atalaya de piedra, y a su sombra, como al socaire, hay una dama rubia, hermosa y triste, con una carta entre las manos; quizá la declaración de amor del caballero, quién sabe. Puedo sentir el viento, el dolor de la dama, la desesperación del caballero, la tristeza de una violeta que se ve a los pies de la dama, y siento su olor cuando noto una mano en el hombro que saca del ensueño. ¡Qué, poeta! ¿Viviendo la escena? Iba a darle una respuesta airada; pero conté hasta cinco y no quise enturbiar la cena, ya que entre mi familia tengo fama de mal genio y bastante mala leche. Miré a mi cuñado y simplemente sonreí. Sentí en sus ojos que no había querido ofenderme, sino sólo sacarme de mi abstracción que ya duraba demasiado tiempo.

Fui hacia el comedor, allí estaban todos los invitados. Mi madre, una viuda de las de antes, vestida de arriba debajo de negro. Mi hermana, perfecta ama de casa y atenta anfitriona, contentísima de vernos a todos juntos, controlándolo todo, que a nadie le falte de nada. Su hijo, mi sobrino, un muchacho de quince años al que todo parecía fastidiar, pero que en el fondo estaba contento de compartir las uvas con tanta gente; molestaba a su hermana, de doce años, que ya mostraba signos de una precoz y hermosa adolescencia. La madre de mi cuñado, viuda como mi madre, volcada en su hijo, pero a la que le gustaba vivir y divertirse. Mi hermano, al que hacía tres años que no veía; porque la empresa lo mandó a trabajar a Londres y en esos tres años no había venido nunca por Navidad. Allí se había casado con una inglesa menos estirada de lo esperado, una rubia muy simpática que hablaba muy bien español. De Londres habían traído un regalo, una niñita muy bonita de apenas seis meses que en esos momentos llora. Me acerco y la cojo entre mis brazos. La sensación de tenerla cogida es extraña. Se calla al instante. Le pregunto a mi cuñada por qué no tiene pelo en la coronilla, que parece un cura tonsurado. Ella sonríe y me explica que era de estar tanto tiempo echada. No te preocupes, añade mi cuñada, pronto tendrá una larga cabellera, en un año o dos. Mi novia, que se había acercado, ríe. Tú, que todo lo quieres laico, sales ahora con lo del cura! Mi novia es una mujer normal; pero desde que la vi, supe que quería compartir mi desayuno con ella cada día y pasar las tardes de invierno al lado de una estufa. La escena del comedor rebosa cordialidad, ilusión por el nuevo año que viene. Nada es fingido. Todo es tan real que casi me duele. Me acerco a la ventana; el cartel de neón del bar de enfrente se enciende y se apaga a un ritmo acompasado, casi me hipnotiza. Miro al cielo y sé que una estrella que brilla con fuerza en medio de la noche es la mía. Brilla con intensidad azulada y sólo yo la veo. Vuelvo a mirar a todos mis acompañantes. Ríen, cantan, gastan bromas; por primera vez creo en todo lo que significa la familia. Sé que es la primera vez que siento la magia recorrer mi cuerpo y que esa magia es más fuerte, más cálida en esta noche de san Silvestre.