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::: Muchas felicidades

Autor: Ignacio del Dedo Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

  Muchas felicidades

Motivos para celebrar una fiesta, en realidad, no son necesarios; pero sí convenientes. En ocasiones hasta coinciden varios de ellos. Por ejemplo: a uno le dicen “felicidades, Silvestre”; porque cumple cuarenta y tres años, es verano y se está de vacaciones. Se tienen amigos como Belarmino Berraca (BB, como aquella Brigitte Bardot), de la misma edad que uno, amantes de la discusión y la ironía; y se es consciente de pertenecer a una generación insatisfecha; aunque, eso sí, capaz de reírse de las propia sombras y de las ajenas.

Belarmino Berraca (BB) es maestro parvulista, y practica la filosofía por distracción. Añora y aborrece al mismo tiempo sus antiguas ideas ácratas, se lamenta por la muerte del comunismo; aunque no pierde oportunidad para darme el pésame por “tan irreparable pérdida para la historia del mundo”. Recrimina mis ideas marxistas y se ríe de ellas, o al menos lo intenta. Y yo justifico mis convicciones; porque uno es de esa índole de seres educados que todavía van por la vida pidiendo perdón con aire de gilipollas. Se debe, le digo, a que hay pensamientos sangüijuela, que se te agarran al corazón y te chupan el afecto y hasta la conciencia, lo mismo que si fueran creencias –me extiendo- también Dios murió –añado- y sin embargo hay saturación de creyentes. De eso, de dioses y creyentes, BB sabe un rato, por algo iba para “jodido jesuita”, que calificaba James Joyce.

Un ejemplar curioso de creyente es Herminio, el cuñado de Belarmino, es farmacéutico y “miembro de la obra”. ¿De qué obra?, le pregunté a BB la primera que le oí esa expresión. ¡De cuál va a ser, la Ostre! ¡de la divina! ¡del Opus Dei, coño! me contestó como escandalizado por mi despiste o mi ignorancia, según él. De Herminio el farmacéutico había dicho también mi amigo exanarquista: “ese sí que se alegró cuando echaron abajo las estatuas de tu querido Lenin; y cómo se alegraría si los Zares entrasen otra vez en San Petersburgo; ojo, has oído bien, he dicho San Petersburgo, no Leningrado”, recalca en el enésimo intento de joderme los cariños ideológicos.

Yo había entrado algunas veces en la farmacia de Herminio. Antes, cuando la llevaba Herminio padre, poco; porque no vendía “eso”; o sea, condones. Si acaso, cuando apostábamos entre los amigos a ver quién era capaz de hacer el pedido (Una caja de profilácticos, por favor) y aguantar la risa cuando él, don Herminio padre, daba la negativa siempre con la misma fórmula: “Por razones de fe cristiana y de moral católica este establecimiento no comercia con ese género”. “Usted se lo pierde, don Herminio”, había que contestar y salir luego del local lo más lentamente posible. Años después, cuando el farmacéutico era ya don Herminio hijo, entré hasta tres veces, siempre, claro, porque su farmacia sería la que estuviera de guardia y siempre, por fortuna, en busca del preservativo; porque además mi mujer decía que esas compras eran cosa de hombres. Los dos primeros intentos fueron fallidos; sin duda jugaban en mi contra las greñas y barbas descuidadas -tenía por entonces unos bigotes tan largos que las puntas me daban la vuelta a la cabeza y se me podían anudar en la nuca- Todo mi aspecto era cochambroso. Al hacer mi pedido aquellas dos veces, el don Herminio de turno me miró con cara de estar pensando: “¡Montón de mierda! Tú no tienes derecho a disfrutar del amor. Con esas pintas de perro vagabundo, ¡quién va a querer hacerlo contigo!”.

Al fin -a la tercera va la vencida- me vendió una caja de media docena; acababa de salir de la peluquería y se me ocurrió probar fortuna: debió verme el joven boticario con las pintas propias de un hombre digno del pecado de lujuria. Yo no me hubiera fiado, dijo BB cuando se lo conté, seguro que estaban pinchados, ¿no ves que es del Opus Dei?.

Por esas fechas, mi mujer se quedó embarazada de la niña (por fin), que era ya la tercera de la serie; y al cabo de unos meses me hicieron la capadura que llamo yo a la vasectomía; así es que desde entonces no he vuelto a usar paraguas –chubasqueiros do pito, los llama la mujer de Belarmino.

Por eso, cuando BB me dijo por teléfono que vendría también Herminio, el farmacéutico del Opus, que según palabras de BB había hecho crecer el índice de natalidad por su mala leche pinchando preservativos, sentí que se me despertaba un vengador, el resentido contra las creencias católicas y cualquier otra palabra o actitud que hiciera pensar que había dioses o Dios; se me agitaba en la mente el demonio del verbo ajustado y preciso de las antiguas especulaciones de partido; en definitiva, la lengua me pedía guerra.

Al preparar la comida, me llegaban mezclados los olores a vino de Jerez y orín-ajo-perejil sobre los riñones de cerdo cortados en lonchitas. Exprimí medio limón para disimular ese olor de aguas residuales que desprenden siempre los riñones cortados y me sacudí un lingotazo de la botella de Jerez. Unos riñones a la plancha con sabor de ajo y bañados en Jerez no es mal recibimiento para un apasionado del “Ulises” como Belarmino Berraca. Lástima no fuera Viernes de Cuaresma para brindarle los riñones al Pinchaglobos Dei y tener así la farsa completa. También vendría ella, “la mujer del gran embarazador”, que según BB, su hermano, enloquecía a cualquiera: de maciza, de robusta y de bien hecha que estaba; pero sin cabeza -sentenciaba BB- ¡En todo como la Venus de Milo!. Así tendría el gusto de conocerla. Pero, le recordé, la Venus lo que no tiene son brazos, cabeza sí que tiene, y bien hermosa. Bueno, ¡la Ostre!; habrá que cortársela para que sean iguales, rió.

Sonó el timbre; habían llegado. Mi mujer abrió la puerta hecha toda ella una sonrisa entrañable. Besos, presentaciones. Recuerdos: yo te conozco; y yo a ti también. Mi mujer: Maria del Puerto, dice don Herminio. Tiene cabeza, una señora cabeza, pensé. ¿Los niños, qué tal?. Ahí fuera en la piscina. Vamos, le dice alguien a la niña de BB. ¿Ayudo a algo en la cocina?, pregunta María, la mujer de BB. No, no hace falta, contesto, todo está listo. Ah, Felicidades. Gracias, gracias, muchas gracias por venir. ¿Un vermucito? ¿Una cerveza?.

Cuando ya terminábamos de comer, comentó Herminio Me gusta la polea y el arco ese que tenéis por encima de la boca del pozo. El brocal cuñado, la boca del pozo se llama brocal, le faltó tiempo a Belarmino para corregir a su cuñado en ese sempiternamente de buscar polémica y, de paso, herir sentimientos.

Le gustaron los riñones, contra pronóstico, más a Herminio que a BB, y contra todo augurio le gustó más el cochinillo al estilo de Arévalo a BB –que presume de vegetariano- que a don Herminio; los cangrejos de río según la receta de Zorita tuvieron más éxito entre las mujeres, por el picante de La Vera, supongo, o el aroma de la hierba buena. Pero la perla del ágape fue el batido de fresas y frambuesas que mi parienta me atribuyó a sabiendas de que todo el mundo conocía que era ella quien lo había preparado.

Lo extraño es que no hubo discusiones. Fue un día sin polémica, sin venganza verbal; todo al revés de lo que uno con vileza había deseado mientras ponía los riñones a macerar. Podría decirse que Dios y el Comunismo descansaron en paz.

¿Y mi resentimiento contra los Herminios farmacéuticos? ¡Vaya usté a saber! Quedaría sublimado entre las humedades de la siesta.

De noche ya y sin niños, estábamos sentados en la terraza con el rumor de agua y el fresco que regalaba la piscina. ¿Es guapa, verdad?, me dijo Herminio cómo dándome a entender que yo miraba a su mujer más de lo preciso; pero es que la jodida no dejaba de hablar. Sí, le contesté en voz baja, mientras para mis adentros pensaba “para la vista es un placer, para otras cosas tú sabrás, mamón”. Y ella sonrió como si hubiera oído mis pensamientos; pero movía las manos sin parar como si estuviera preocupada en exceso. Tenéis uno niños preciosos, dijo centrando otra vez en sí la atención. Nosotros queremos también tener familia, pero hay problemillas. ¿Graves? inquirió BB, su hermano, con cierta preocupación rara en él. Una descompensación hormonal. Pero, interrumpió Herminio incómodo, ¡no molestes con nuestras nimiedades!. ¡Qué importa! le tranquilizó ella. Todos tenemos problemas, intenté suavizar la situación, a mi por ejemplo ya no me sirve, dije y me miré la bragueta. Depende para qué, terció mi mujer, aunque parecía llevar su charla aparte con María, la mujer de BB. Hubo unas risas y un silencio como de transición para echar el trago. Luego María del Puerto como la llamaba Herminio volvió a tomar el hilo de su conversación: me hacen tomar unas pastillas que son fertilizantes y como éste, señaló al farmacéutico, no usa profilácticos tenemos el asunto en tregua y..., continuó explicando, ella que tenía una cabeza bien hermosa, se pasa muy mal. Te lo dije, sentenció Belarmino Berraca, y me miraba a mí, ese es el “camino” –las comillas son suyas, o al menos del gesto que hizo con las manos al decir la palabra “camino”- sólo joder para crecer. Y, después, volvió la vista a su hermana: y para crecer mucho, tomar mucho, dijo moviendo la mano derecha en gesto alusivo al acto reproductor.

Me pareció que don Herminio hijo se quedaba de un aire tras las palabras obscenas y hasta de mal gusto de su cuñado; pero se recuperó de forma magistral: lo de “camino”, me dijo vuelto hacia mí con el gesto de comillas en las manos, viene porque ese es el libro fundamental de la Obra; pero este crápula de mi cuñado no respeta nada; nunca entenderé cómo se puede ser maestro con ese alma de cínico.

¡Vaya! exclamó BB, al fin parece que esto se calienta.

Bueno, sonrió Herminio, ha sido un día maravilloso; pero puede que sea hora de irnos.

No, dijo María. No se va a calentar nada.

La Puerto, como decía BB, se había puesto de pie detrás de su marido; lo que me demostró que a pesar de su juventud, le conocía perfectamente: él se sentía herido por las palabras de su cínico cuñado y ella le estaba consolando y con gran éxito sin duda. Le besó la incipiente calva, le rodeó la cabeza por detrás y algo le debió susurrar a la oreja entre besuqueos; porque antes de darme tiempo a ofrecerle un güisqui, Herminio estaba al lado de su mujer en pelotas al borde de la piscina. Se me iba la vista, qué coño, incluso a través de la oscuridad en busca de aquel cuerpo (Venus de Milo) y los oídos tras su risa cálida mezclada en rumores de agua.

Belarmino Berraca, que no bebe alcohol, andaba ya por las ideologías, ¡qué no hablaría si bebiera!. Déjame de ideas a estas horas, ya, le sonrío. Pero, parece exaltarse: claro, claro, claro: eso es la ideología, lo ves ¿has picao?, porque tienes ideas comunistas y vives como un rey. ¡Esa era la equivocación! -casi que le grito- ¡creer que los comunistas tiene que estar hechos siempre unos adanes! ¡Qué miseria!: entre todos lo mataron y ello solo se murió.

Levanté el vaso medio lleno de ese güisqui americano de 43 grados como 43 años y lo consumí hasta las heces mientras recordaba esas felicitaciones de por la mañana. Felicidades cartero, pensé: ¡Felicidades!

Mi mujer y María acercaron toallas y albornoces a Herminio y su Venus. Después dijeron que iban a echar un vistazo a los niños y a disponer las habitaciones. Antes de irse a dormir, Herminio le dijo a BB con unas palmaditas en el hombro: Belarmino Berraca, cuñado, cuídate la leche; que se te está cortando. Señor cartero, me dijo, todo perfecto. Pero, leche, Herminio, no pareces la misma persona, me salió del alma. El agua, Silvestre (recordó mi nombre) hace milagros. El agua y el amor, don Herminio, le dije con un guiño.

Nos quedamos a solas BB y yo. Le ofrecí un cigarro. Debimos estar en silencio varios minutos; porque llevaba medio cigarro cuando hablé: eres injusto con tu hermana; es una persona maravillosa. No tiene cabeza, contestó, ¡mira que juntarse con el zangolotino este!

Y no sé qué iba a contestarle cuando apareció precisamente ella: ¿Tenéis...? se cortó cuando parecía que se traía aprendida la pregunta de memoria; pero no dejaba de sonreír y hasta se tapaba la boca con una mano. Así es que a BB le faltó tiempo para interceder: ¡Impermeables!, casi gritó y rompió a reír a carcajadas. ¡Eso!, exclamó ella.

En algún sitio debía estar la caja, si es que no la habíamos tirado. ¿En algún sitio? ¡No!, en el lugar de costumbre: en el cajón de la mesilla, allí estaban en su cajita junto a un llavero en forma de bellota de esos que guardan dentro una virgen, otro de una caja de ahorros, un folleto de partes de baja sin empezar y unos décimos de lotería caducados.

¿Cuántos vas a necesitar? bromeé, dándole la caja. Eso no se puede saber, se encogió de hombros. Hasta mañana, dijo. Hasta mañana hermana, respondió BB.
Al abrir el cajón de la mesilla para buscar los condones, había intentado recordar cuándo fue la última vez que los habíamos usado; pero fue un pensamiento relámpago. Luego, durante la noche, por efecto del café o la agitación de felicitaciones, tardé en dormirme y dejé viajar la memoria hasta llegar otra vez al instante de abrir el cajón de la mesilla; ahí debí quedarme dormido con una pregunta: ¿serían los de aquella caja los que fallaron?.

Por la mañana había olvidado la pregunta; y en ese olvido estuve durante unos cinco meses hasta que telefoneó Belarmino:

¡Oye! ¿Todavía tienes la cajita aquella?

Así, de pronto no caigo.

Sí, hombre, la cajita aquella de “camisiñas”, como dice mi mujer, que te pidió mi hermana para el Pichatriste de mi cuñado el día aquel de tu cumpleaños...

Pues, no lo sé; supongo que sí.

Búscala, deprisa.

Pero, hombre ¿por qué?

¡Cómo que por qué!

Claro ¿por qué?

Mira a ver si en el ángulo inferior derecho tiene una “P”. Una PE roja.

¡En el ángulo inferior derecho! ¿de dónde? No me jodas, Berraca. Una caja aunque sea de condones tiene más ángulos que una carta. ¡Tú deberías saberlo!.

Vamos, Silvestre. Busca la caja y la “pe roja” en las esquinas.

Pero ¿que pasa? ¿me lo puedes decir?.

La “P”, Silvestre la Pe. La Pe de “Pelele”, de “Padre”, de Pringao, de Puta, de PAPA, de “Pinchado”, era la marca que ponía don Herminio en las cajas de condones en las que “jincaba el aguijón”. Te lo dije. ¡Que los pinchaba, coño!

Dame tiempo, vale, dame tiempo.

Vale, yo te espero.

Pero puedo tardar.

Es igual, no voy a colgar.

¡Allá tú!.

Solté con cuidado el teléfono; y al encender un cigarro, y con esa rapidez de relámpago que tiene el pensamiento, me dije: ¿será posible que mi hija (a la tercera va la vencida) sea obra de...?.

En lugar de subir escaleras para buscar la cajita en la mesilla de noche, me salí al corral, apoyé los codos en el brocal del pozo, aspiré fuerte del cigarro, miré hacia el fondo un buen rato, volví a tragar humo varias veces y, después, volví al teléfono.

¿Oye?

Sí, dime, dime Silvestre, coño, que me tienes en ascuas.

Que hay pe.

¿Seguro?

Hay “P”.

Rompió en carcajadas sin poder soltar palabra; así es que colgué el aparato y volví al pozo hasta terminar el cigarro y tirar la colilla al fondo. Luego fui yo quien le llamó por teléfono. Entre risas y toses atiné a entender algo así: “Quintillizos, Silvestre, coño. El gran embarazador va a tener quintillizos. Te lo dije, ya te lo dije que Herminio pinchaba los paraguas”.

¡Oye! Dije dudando.

Sí, sí, sí, Silvestre.

Pues nada, dile a tu hermana que muchas felicidades.