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::: Mi padre

Autor: Esperanza Núñez Ver autor

Sin publicar (200..)

 

Mi padre

Mi padre era el ser mas bueno, generoso y sencillo de la Tierra. Se llevaba bien con todo el mundo en el pueblo, los viejos porque jamás había faltado al respeto a nadie, los jóvenes porque no le importaba tomar una cerveza con ellos, cosa que ocurría muy a menudo.

Sólo recuerdo una persona de la que hablara mal en toda la vida, La Vivilla. La vivilla se llama Estefana pero todo el mundo la llama así. Era la mujer de su hermano y cuando este murió mi padre dejó de hablar de ella. Es una señora menuda, de 1,40 de estatura de pura maldad, aun no encuentro una explicación plausible de cómo puede caber tanta mala leche en un cuerpo tan pequeño.

La última imagen que tengo de mi padre fue doce o catorce días antes de morir. Mi hijo de cuatro años jugaba en el suelo, de pronto empezó a llorar y a quejarse de una pierna, mí padre comenzó a llamarme con tal desesperación que me asustó.-Corre, corre llévale al medico, que le va a pasar lo mismo que a mí.

Cogí a mi hijo y lo llevé rápidamente, cuando volví sentí una punzada de dolor. Mi padre estaba sentado en el sofá, su frente estaba arrugada, sus ojos miraban al suelo, vidriosos por las lagrimas que pugnaban por resbalar por sus mejillas, su boca apretada por el dolor y la preocupación, su cara lívida propia de quien ha estado mucho tiempo en el hospital, sus manos entrelazadas, como rezando, pidiendo, rogando a Dios.

Me quedé unos segundos mirándole y luego dije que no se preocupara, había sido un tirón. El me miró, sonrió y me beso con ternura. Aquel día hablamos mucho, de política, de fútbol, era un mal año para el Madrid, de mi hermano que aun era muy joven, de tantas cosas que hubiera querido decir meses atrás.

Aquella noche dormí bien, no tuve sueños funestos, ni insomnio, quizás se recuperara. Pero a la mañana siguiente mi padre volvía a tener la mirada perdida y la cara sin expresión de los dos últimos meses. Supe que aquel día fue el último en el cual estuvo cuerdo. Pudo más el amor hacia su nieto que el propio dolor que sentía por su situación. Lloré sin consuelo al ver aquel cuerpo sin piernas sentado en la silla de ruedas, con una cabeza que ya no regia y que era la de un hombre recto, severo, cariñoso, nunca mas hablaríamos de fútbol, ni me regañaría por alzar la voz.

Sentí que su mente se quebró porque se le rompió el corazón de pena y de impotencia.

Cuando murió no lloré, simplemente me aferré al ultimo día que hable con él con cordura. Supe que se murió porque se quería morir, y aun hoy, once años después cuando le recuerdo y siento un pinchazo en mi pecho, me abrazo al último recuerdo agradable que tengo de él, porque mi padre era bueno por naturaleza, generoso por convicción, sencillo como los hombres de campo de antes.

Mi padre era un hombre bueno, como diría Machado, en el buen sentido de la palabra.