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::: Milagro

Autor: Silvestre Meñique Ver autor

Sin Publicar (2006)

 

Milagro

 

Nunca me gustó el Fútbol; por eso creo que fue un milagro lo ocurrido para que tal actividad de masas aborregadas  llegase a enloquecerme tanto como la lujuria.
Me había mudado de casa; y el motivo no fue el odio criminal que mi vecino  había despertado en mí gracias a su manía de cantar los tantos de los partidos de fútbol cualquiera que fuera el equipo o la hora del día o de la noche (Gol gol gol gol gol  GoOOOOOOOOOOOOooooooooOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOl, Gollllllllllllllllllllllllll gollllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllll , gol, gol, gol, gol, gol). 

La verdadera razón para vender la mansión de La Zarzaleda y trasladarme a un ático minúsculo frente al parque del Abandono, fue el fracaso de mis últimas películas “Algo sobre mi suegra” y “De vez en cuando debajo de mi vecina”.  Fueron un desastre,  una catástrofe, un cataclismo.

Malvendí el inmueble y escapé disfrazado de ciego de aquella urbanización de gentes  de la farándula, las finanzas, el periodismo y otros figurines y hazmerreíres  del Corazón y la truculencia de la tele; gente triunfadora en definitiva.

La primera semana, o sea del domingo al viernes, mis vecinos y yo nos hicimos a la idea de que yo era el nuevo habitante del ático, que lo había comprado, que debía ser escritor (o algo así), que podía ser un cuarentón solitario, o por qué no uno de esos que llaman Gays, y que me apañaba bien solo “a pesar de ser ciego ¡pobrecito!”, según palabras cálidas de una  vecina de muy buen ver: morena, cabeza muy redonda, pelo rizado, ojos enormes, labios gruesos, mejillas rosadas y marido comentarista deportivo.

Llegó la mañana del sábado y, bien temprano, me vestí como un deportista y bajé al “Abandonao”, como llaman al parque. Durante un buen rato, caminé a buen paso cavilando sobre los juicios y consideraciones que la vecindad hacía sobre mi persona; pero no le di mayor importancia y terminé por valorar mi nueva situación: en una semana me había acostumbrado a espacios cerrados y pequeños, pero sobre todo –eso me parecía- al nuevo ser, tranquilo y libre, que vivía más arriba de los árboles y al margen de curiosidades por conocer al vecindario; casi un anacoreta, vamos, –pensé-; aunque, bueno, la palabra “anacoreta” me hizo confesar que me había impresionado la vecina de voz cálida y que me embelesaron sus pezones dentro de la blusa mientras decía palabras insinuantes por compasivas a este “pobre ciego”. Suerte de las gafas negras; si no, se hubiera dado cuenta de que el ciego, para no ver nada, la estaba desnudando con la vista.

Hacia las dos, entré en un bar y bebí cerveza. Hice cálculos sobre el tiempo que podría vivir así; solo y comedidamente pobre. Calculé los dineros que aún tenía. Cinco o seis años podían ser tiempo suficiente para levantar cabeza (y espíritu) y sacar adelante por fin una obra de arte que mereciera la pena. Me parecí animoso más que animado y pedí más cerveza y unas raciones.

De vuelta a casa me pareció que había bebido –para ser pobre-  más de lo imprescindible; porque al entrar en el ascensor, vi mi cara sin gafas en el espejo, (menudo despiste)  hubo suerte: las gafas estaban en la camisa; lo peor fue que  al salir del ascensor en el rellano del último piso oí aquello de: Gol Golllllllllll; y por un instante me sentí en la Zarzaleda otra vez a merced de la histeria futbolística de mis vecinos y –lo peor- perseguido de día y de noche por el fantasma del fracaso irremediable.

Me precipitaba hacia mi refugio en las alturas, cuando el cántico de Gol sonó nítido, contundente, provocativo. Me di la vuelta hacia el origen de las voces como si el instinto asesino se me hubiera envalentonado; pero al ver la puerta entreabierta se me acojonó el matón que llevo dentro. A pesar de todo, empujé un poco la puerta, avancé hacia dentro, giré la vista hacia el salón de aquella casa y quise soltar la frase: ¿Hay algui...en? Pero me salió entrecortada porque la mujer del comentarista deportivo estaba allí mismo toda desnuda. Los deseos  se reunían como moscas a la miel en mi entrepierna hasta el punto de cortarme la respiración. Casi olvido que era ciego.¿No hay nadie en esta casa?, disimulé. Aunque de reojo,  no la quité la vista. Ella sujetaba un teléfono con la mano derecha, mientras dejaba navegar los dedos de la izquierda, bien estirados, desde el obligo hasta la rodilla por la parte interior del muslo y al regreso se detenían las yemas un  instante entre los pelillos de la vulva; luminosos al trasluz.
Entonces ¿quién coños cantaba aquí los goles?, disimulé.

Tengo que dejarte, cariño, dijo la mujer antes de cerrar el aparato y al tiempo de fijarse en el lugar de mis atributos.

Al incorporarse, abrió las piernas y se le dibujaron apetitosas las cavidades de las ingles, como guardianes  serviles y cómplices del tesoro más apetecido.

Por el afán quizás de temperar el deseo, o condurarlo ¡quién sabe! me dio por pensar que en aquel preciso instante, había entendido yo por qué el adivino Tiresias se quedó ciego cuando vio bañarse desnuda a la diosa Atenea. ¡Qué más puede uno ver en la vida si se ha puesto ciego  de divina desnudez!

El despiste duró muy poco. Aquella mujer se acercaba hecha un mar de lascivia. Me temblaba el bastón en una mano y yo me giraba en dirección a la salida con la idea de dar rienda suelta al impulso que notaba en la otra mano para que acudiese a recolocarme el miembro y darle desahogo.

¡Eh! ¡Vecino! Sentí su voz ardiente lamiéndome la nuca en el instante que me sujetaba desde atrás por la cintura con su brazo izquierdo. Los pechos se le estremecieron unos momentos contra mi espalda movidos por los envites de la respiración descontrolada. Luego, en el momento que yo soltaba el bastón, dijo: vamos a ver cómo tiene la cosa mi vecino el ciego. Se puso delante de mí, me bajó los pantalones del chándal y me empujó sin comentarios de suerte que las corvas me tropezaron con el brazo de un sillón. Una vez que estuve caído de espalda, se aplicó a desnudarme por completo.

Se suponía que yo era ciego; así que, como no veía, tocaba todo lo que podía; pero sentía que me faltaban muchos dedos y más tiempo, sobre todo mucho tiempo, para recorrer toda la geografía de aquel cuerpo. Estaba claro que no bastaba con haber visto a la diosa desnuda, ahora el deseo exigía un baño con ella. Se sentó sobre mi, abierta de piernas, y  me tomó “las cosa”, como ella había dicho, la miró con fijeza antes de llevarla a la puerta del sitio justo.

Esto no puede funcionar, coño, me despisté otra vez, si parece un remedo de mi película “De vez en cuando debajo de mi vecina”.

¿Es que eres judío? Preguntó ella.

Sonreí y empuje un poco. No era momento para ponerse a explicar -ahora que se la tenía dentro- que yo no sabía si era judío o no; que de muchacho había tenido ladillas y no se conformaron con quitarme los bichos y la fimosis; me habían cortado también el prepucio.

Me repuse pronto de esos pensamientos asquerosos; porque ella plantó las palmas de sus manos sobre mi pecho y reviví la imagen de sus ingles, esta vez repletas con las partes duras y redondas de mi sexo. Le ardía el vientre y lo movía despacio, le bailaban los pechos un balanceo de brisa marina y sus pezones parecían dibujar arco iris diminutos.

Durante un buen rato, me miró a los ojos sin perder el ritmo, y cuando parecía que los relojes se habían parado porque el tiempo había dejado de existir, sonó el teléfono.

Es mi marido, seguro.

Saltó el contestador y se oyó: “Gol gol gol gol gol...

Cambió de sitio las manos. No las dejaba quietas. Me acariciaba la cara. Me revolvía el pelo. Me pellizcaba el culo.

...Gol gol gol gol gol... 

Supuse que los gritos futboleros me aflojarían los deseos; pero ella puso su pecho contra el mío

...GoOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOl...

me besó en la frente.  ...Gol gol gol gol... El sillón se quedó en nada para la magnitud de nuestros movimientos y rodamos por el suelo un buen rato sin separarnos ni distinguir entre el arriba y el abajo hasta que  al fin ella se acomodó otra vez encima

...Gollllllllllllllllllllllllll gollllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllll...

y se apretaba con tal ardor que me pareció que éramos la misma carne. Nos movimos despacio ...Gollllllllllllllllllllllllll... y sentí que, envueltos en  mucosidades genitales y expulsados por los aguijones del placer, salían de mí los instintos asesinos, los odios al antiguo vecindario y hasta el  pavor al fracaso.
...GollllllllllllllllllllllllllGollllllllllllllllllllllllllGollllllllllllllllllllllllll gol gol gol gol...

Cariño, dijo el periodista deportivo, espero que te haya gustado el gol que acabo de cantar; y colgó.

Ella acercó su boca suculenta a la mía; luego, sin separarse, tomó mis gafas de no sé dónde y me las puso.

Me miraba cuando dije: es un milagro.

¿El qué? Que tú a mi no me la das: tú no eras ciego, descubrió al fin.

No me refiero a la ceguera, repliqué.

¿Entonces?

Sonreí, y hasta me atreví a besar sus labios antes de hablar:

el fútbol me vuelve loco.