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::: Luzmila, la usanza y la molicie

Autor: José Mariano Pizarro Sánchez Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

Luzmila, la usanza y la molicie

Han vuelto a ocupar la estancia de al lado. Estuvo mucho tiempo vacía. Desde el incidente con aquella histérica.

Estaba buena la condenada. La vi entrar con el pelo negro sobre sus hombros, ataviada con vestido oscuro. Ceñía sus pechos pálidos un corpiño jaspeado de azabache, provocador levantisco de ánimos ya dóciles.

Me hubiera quedado con sus zapatos. Eran de aguja. De esos que además abrazan, atirantan los tobillos. Semejantes a grillos cuyo cierre lateral en un corchete cautivan deseos inconfesables, que por eso son inconfesables, por ser deseos.

Pero a estas alturas qué puede hacer uno salvo mirar. Mirar lo que acontece: la vida, que es bien poca cosa. Observo el transcurrir fugaz de los días, de las eternidades de la noche. Observo el que entra, al que le meten, el que salta la tapia en una noche estival y se afianza a la juventud con su pareja, furtivos sobre las lápidas de la entrada.

Pues aquella dama, la que fue mi vecina por un día, la que como digo llegara vestida de Zara ¿Cómo se llamaba? A sí, Luzmila. Luzmila creyó que aquella mañana era de domingo y decidió seguir quedándose dormida. La extrañó tanta oscuridad me consta, pero se tranquilizó a sí misma: “está nublado y al igual que anoche, llueve”.

Parecía que llovía, como cuando yo estrene este módulo. Unos días antes en la casa de mis padres, con quienes convivía, habíamos realizado la matanza. Matamos dos cerdos ibéricos rodeados de familiares y amigos. Me puse tierno de comer las cachuelas, migas, pruebas y torreznos. De postre arroz con leche en suficiente cantidad para quedarte dormido sentado en una silla, con el posterior despertar más soporífero si cabe debido a los vahos rezagados de los vinos y licores ingeridos. No tuve en cuenta el tapón mantecoso que se me podía formar en las venas. “De buenas cenas están las sepulturas llenas” -me recordaba fray Teófilo sabedor de mi buen yantar, cuando a principios de los otoños me traía frasquitos de rábanos en vinagre a su parecer muy depurativos. El médico me hablaba de la Arteriosclerosis. El médico ¿Qué iba a saber el medico?

Vaya tío más jodido y a la par cachondo. Murmuraba tan serio la última vez que le miré a la cara que tal empaque ensordeció mis oídos. Sí llegué a escucharle de soslayo, dirigiéndose al resto de la gente mientras miraba las ristras de chorizos y morcillas colgadas del techo: “Mira que irse ahora este hombre con lo que tiene aquí colgado”.

Una noche, después de ver un partido de Copa de Europa mientras nos comíamos varias raciones de embutido y calamares a la romana, todo ello regado con varias cajas de cervezas y con la pitarra del tío Magí; terminamos de apretarnos una curda con el aguardiente del Raimundo, destilado con alambique clandestino instalado por su padre en la casilla de la fábrica de luz, donde era guarda nocturno. No sé a son de qué, el médico nos contó que había visto una película titulada “Un hombre llamado caballo”. Al protagonista le colgaban de unos ganchos prendidos de la propia piel. Yo dije que eso no era nada. Ni corto ni perezoso me aposté que no eran capaces de levantarme del suelo estando totalmente echado, tirándome única y exclusivamente de las orejas.

Las carteras echaban humo, volaron los billetes y yo me tendí en el suelo. Cuando me quise dar cuenta era demasiado tarde, no para mi orgullo repleto de alcohol, pero si para mis orejas, pues no conseguían levantarme y a poco más que aguantara el envite me las separaban de la cabeza.

Pero volviendo a ella, a Luzmila, decía que llovía pero no era cierto. Ni era sábado, ni domingo, ni día de fiesta. La verdad es que no se quiso despertar para ver amanecer. Cuando lo hizo, comenzaba a anochecer y se originó el estrépito. Un griterío que alteró a todo cuerpo yaciente. Y a mí que estaba pared con pared, me crujieron las articulaciones y de pura vibración me puse a reír a mandíbula batiente.

Gritaba si, recuerdo que gritaba. No como el vecino de al otro lado, por el que pasan los días sin dar ni pizca de bulla. A veces me parece que estuviera más que muerto. De vez en cuando vienen sus hijos. Sus nietos sí que meten ruido. Gracias a que ocupamos estos adosados, porque si de vivir en pisos se tratara patearían bien a los de abajo. El hombre, aunque parece una mosquita muerta, debió ser un poco calavera. De vez en cuando viene a verle una fulana con una rosa blanca. Anda muy comedida tocada con un pañuelo de raso color salmón y gafas de sol negras, de armadura ancha. Se abriga con una trinchera color vainilla dándola un aire a la princesa Grace Kelly o a Catherine Deneuve en “Belle de jour”.

Como digo, la tarde del griterío tamaña algarabía se formo que, unas mujeres que paseaban ya de vuelta hacia sus casas por la carretera, se sumaron a la batahola clamando: “Bendito sea Dios”, “Bendito sea que todo lo puede”. Y comenzaron a correr en busca de un alguacilillo pues ya estaba pronta a declinar la tarde.

Menuda noche nos dieron al vecindario. Como la sacaron demasiado tarde, tuvo que venir el juez y allí estuvimos todos alrededor en silencio. Ahora que lo pienso me da cierta lastima que no volviera la inquilina, pero dicen las lenguas viperinas que acabo quemada tras el suceso, hecha fosfatina. Ya se sabe, como era joven adoptó una costumbre moderna. Seguramente habrán plantado unas semillas con sus cenizas en una maceta, y si han germinado, ahora Luzmila gozará de lozanía. Recuerdo haberme quedado largo tiempo mirando los precintos de su entrada sin poder mover ni un dedo. El vecino de un piso de enfrente me decía: “Deja ya de mirar como pasmado, que la pereza también tiene premio y un grado de inteligencia”.

Aquel vecino había sido indiano. Decía que era poseedor del secreto de la inteligencia. Lo consiguió captar observando como tradicionalmente avizoraban los indios Yanomamos del Brasil. La teoría era: La gran inteligencia reside en hacer buenas y largas las pérdidas del tiempo, con la dignidad de un Santo Padre o de un Santo Varón. La inteligencia estaba, según el indiano, desposeída de método. Pero gozaba de liturgia. Bastaba con mirar el horizonte bajo un árbol y abandonarse a la divagación y a las hembras.

Hoy puedo mirar sin despertar. Ejercitarme sin preocupaciones en esa capacidad del intelecto de la que me hablaba el indiano. Miro con ojos de panal porque en una de las grietas, resquicio del que hicieron uso mis fuegos fatuos en las noches de San Telmo o en la noche de San Juan, se han instalado unas abejas laboriosas. Vuelo con ellas a la rosa blanca de la dama de los misterios, depositada en la sepultura de mi taciturno colindante; a la madreselva del pórtico capitular que da también paso a la sala de las autopsias siguiendo un corredor. Me elevo sobre el campo santo que habito y puedo contemplar tejas rojas, hierva verde, azucenas albas. Me felicito de haber escuchado al indiano porque puedo otear el horizonte de la divagación y me beneficio a la gran hembra que es la tierra. No soy como Luzmila, la que fuera mi vecina del nicho de al lado, pues no perseveró en la definitiva pereza de las perezas. Si mañana amanece donde yo estoy dime: de mis sueños ¿Para qué quieres despertar?