La asociación Cultural Cálamus Envíanos tus comentarios
 
Inicio > Escritos > La cucharilla

::: Lola y Anselmo

Autor: Carlos Daucousse Ver autor

Sin publicar (2007)

 

Lola y Anselmo

 

Lola y Anselmo se querían tanto que, en invierno, de tanto abrazarse les salían bolitas en sus jerséis de lana. Mirarse a los ojos les producía arritmias. Acariciarse, les subía la tensión y el azúcar. Besarse no sé que les producía, pero debía ser algo sublime ya que no paraban. Anselmo y Lola se besaban a todas horas hasta el punto de que su casa estaba repleta de besos; no más entraban por la puerta, se ponían a darse el pico o a tirárselos con las manos. De estos últimos, eran tantos que muchos no llegaban a su destino, se golpeaban por las paredes y al final se quedaban flotando, a la espera de alguien a quien agarrarse. A veces, cuando Lola o Anselmo iban por el pasillo, tenían que ir apartándolos para pasar. Si por motivos de trabajo uno de ellos se ausentaba unos días, el otro se paseaba por la casa para ir recogiendo esos besos flotantes sin soporte físico.

Un día se les ocurrió que bien podían dar algo de lo que andaban tan espléndidamente sobrados y decidieron traerse, todos los fines de semana, a alguien con necesidades de cariño como convidado. Así lo hicieron. Cuando la persona invitada llegaba, lo primero que hacían para que fuera cogiendo confianza era tomarse con ella un chocolate calentito, o un refresco, según la época, y luego le paseaban por la casa durante un rato. El invitado casi siempre se iba tan contento rebosando amor, aunque a veces, cuando Lola y Anselmo se asomaban a la ventana para verle alejarse, observaban que se sacudía los besos a manotazos mientras cruzaba la calle. Ese día se entristecían un poco.

De jóvenes, Lola y Anselmo hasta se daban mordiscos en sus arrebatos amorosos, costumbre que tuvieron que abandonar llegada cierta edad por si en una de esas pérdidas de control, uno se quedaba con un diente menos y el otro con uno más.

Los años duraban cada vez menos y los desajustes físicos cada vez más. Ambos eran muy conscientes de su inexorable trayectoria hacia el “huerto de los callados”. Pasó el tiempo. Aunque el tema no daba ya para mucho, una tarde hablaron del futuro. Se abrazaron durante mucho rato, se besaron infinidad de veces y tomaron una decisión, cuyos prolegómenos comenzarían al día siguiente: Compraron un aspirador reversible –si, uno de esos que aspiran o soplan según pulses un botón u otro– y se pusieron a recoger besos por toda la casa y después, invirtiendo el sentido del aire, los metían en una gran bolsa de plástico que posteriormente cerraban con esmero. Volvían a tirarse besos durante varios días y luego, vuelta a recogerlos y a meterlos en la bolsa.

Pasó el tiempo –no mucho, no crean– y Anselmo dejó de tirar besos. Ese mismo día Lola cogió la gran bolsa-almacén. La abrió. Introdujo su cabeza. Con ambas manos ciñó el plástico a su cuello y, tras un rato en que se la podía ver recogiendo el cúmulo de besos que contenía, se fue, con una preciosa sonrisa, en busca de Anselmo, su gran amor.