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::: La Veguerita

Autor: Margarita González Martín Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

La Veguerita

(A las mujeres rurales)

Escuchando la radio he oído decir que mañana cesarán las lluvias, pero que volverán el fin de semana. Inevitablemente vuelven a mi memoria los otoños de mi infancia, que hacían recordar al diluvio universal. Con asiduidad se utilizaban las botas de goma o “katiuskas”. Los niños permanecíamos en el exterior de nuestras viviendas gran parte del día sin importarnos la lluvia, el calor o el frío.

De pequeña, siempre fui “la Veguerita”. Crecí en el mundo rural hace varias décadas y mi vida, en contacto con la naturaleza, la disfruté al máximo de mis posibilidades. Cada día era un nuevo reto para descubrir.

Sobraba ingenio para inventar juguetes y pocos recursos para fabricarlos. Eran muy apreciados los zancos hechos con latas y cuerdas, las chapas, los tesoros, etc., así como otros entretenimientos, la comba, pídola, escondite, buscar nidos… Con frecuencia –y sin saberlo– imitábamos a Artemisa adentrándonos en la dehesa extremeña.

Hubo una temporada en que Minerva fue mi mejor compañera de juegos. Minerva tenía el pelo canela y ojos de caramelo, hacían buena fusión mi imaginación y su valentía.

Mi casa estaba a cinco kilómetros del pueblo y a dos del río grande, y a mi madre le preocupaba que jugando me alejara y que sufriera algún descalabro. Con la inocencia de esa edad no comprendía su empeño de tenerme cerca.

Con especial sentimiento he albergado en mi mente un día de finales de primavera, en el que el sol y la calma dominaban. Minerva y yo saltamos la pared de piedra del prado al pie de la casa y con carreras y revolcones sobre un mar de hierbas y flores, lo cruzamos desembocando en el cordel.

Prestamos atención al escuchar pisadas de caballerías y la voz de un hombre; era tío Tomás el arriero, estaba haciendo el recorrido habitual de todos los meses. Minutos después fuimos sorprendidas por un lagarto que corriendo nos adelantó, Minerva intentó cogerlo, pero él se dio a la fuga protegiéndose en el tronco de una hermosa encina, de la que voló del nido una tórtola asustada.

Esos nidos eran mi debilidad, trepaba a lo más alto de las encinas para comprobar si tenían huevos o pajaritos y les hacía un seguimiento. Con un número concreto de días, robaba los tortolitos y los llevaba a casa para amaestrarlos, algunas veces conseguía asombrosos resultados, pero la mayoría moría y otros volaban.

Llegamos al regato chico y, fatigadas por el calor, Minerva y yo decidimos chapotear en el agua para refrescarnos. Conseguido el objetivo, abandonamos el regato y continuamos la aventura. Descubrimos enormes canchos, el espacio entre dos de ellos era similar a una cueva, ideal para refugio. Minerva estaba cansada y, sentada, vigilaba mientras yo intentaba acondicionar la cueva y colocar grandes piedras para aposentos. Mis minúsculas fuerzas ante esos enormes trozos de naturaleza fueron inútiles y me di por vencida.

Sin ser conscientes del tiempo transcurrido continuábamos andando, y una llamativa mariposa de alegres colores y cortos vuelos me incitaba a cogerla. En un intento tropecé en el tronco muerto de una encina que yacía en el suelo y de él salieron rabiosas abejas deseosas de clavarnos sus aguijones, lo que con facilidad consiguieron, –como el hombre clava el rejón al toro en el albero.

Asustadas por el dolor e hinchazón, corrimos a la velocidad que nos fue posible hasta divisar la casa, eso nos tranquilizó. Oímos la voz de mi madre que con insistencia me llamaba, –con nostalgia y tristeza recuerdo a las vacas bramar sin cesar llamando a sus terneros ausentes que habían sido transportados al matadero.

–Estamos aquí, grité varias veces lo más fuerte posible hasta ser descubiertas por mi madre. Desconocía su estado de ánimo, pero fuera el que fuese, mostró preocupación interesándose por las picaduras de las abejas y a continuación no me salvé de una fuerte regañina y un posterior consejo.

Después de la acostumbrada siesta, mi madre y yo fuimos al río grande a lavar ropa. De regreso a casa, descansamos sobre redondeadas rocas pulidas por el paso del tiempo. El sol “desgastado” lentamente desaparecía, y mi madre, mientras tanto, además de jugar con mi pelo, discurría sabiamente la manera de contarme una aventura digna para una de Carlos Saura.

Dicha aventura, tuvo lugar hace varios años cuando mi madre, –que trabajaba en la vega– sintió en su vientre el anuncio de mi nacimiento. Cobijándose detrás de un zarzal –igual que hubiera hecho cualquier animal– parió una niña, “la Veguerita”. Aquel suceso, comentado por los lugareños, fue tan romántico como “La Nacencia” de Luís Chamizo. Con risas, y emocionadas por la conversación, abandonamos las rocas para regresar a casa.

La siguiente mañana, mis hermanos alborotados e impacientes, acudieron a buscarme para llevarme al cobertizo. Allí estaba Minerva, había parido siete cachorritos.