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::: La uña

Autor: Francisco Calle Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

La uña

Habían hecho el amor. Estaban en la cama, desnudos. Él tenía la espalda apoyada contra el cabecero, mientras ella se recostaba sobre su pecho, rodeada por sus brazos. Hoy no habían jugado a contarse los lunares y a enlazarlos mentalmente creando constelaciones imaginarias sobre la piel de los cuerpos; tampoco se habían entretenido, tras las “duras” batallas amatorias, en buscar cicatrices que dejaron otras luchas, otras peleas; ni habían escrito ninguna postal usando como atril la redondez de las nalgas o la tersura de un vientre. Aquella tarde estaban embelesados entrelazándose las manos, jugando con los dedos, que se unían y se soltaban lentamente, acariciándose las yemas sin parar. Entonces, ella cogió la mano derecha de él y se llevó el pulgar a la boca, mordisqueándolo con fruición. De pronto, al morder sobre la uña, sintió que ésta tenía una textura diferente a la del resto de los dedos, que ya habían pasado por tan agradable masaje. Suavemente sacó el dedo de la boca y miró con detenimiento la uña. Nunca se había fijado en ella, aunque, para ser justos, sólo hacía tres días que se habían conocido en un pueblecito de La Vera, y, en tres días, es difícil conocer a otra persona, tanto profunda como superficialmente. Volvió a mirarla. Era una uña irregular, muy dura, con la parte central algo abultada y la parte blanquecina, que normalmente tiene forma de media luna, semejando a un arco apuntado.

–¿Qué te pasó?

–Es una historia de mi infancia. Cuando era niño, tendría cuatro o cinco años, en la escuela de mi pueblo durante el recreo, entre otros muchos juegos, nos dedicábamos a hacer “pimiento molío”. Me explico. Verás, el patio, al que llamábamos “el campo escolar”, no era como los patios de las escuelas actuales. Aquél era un patio de tierra, sombreado aquí y allá por acacias y moreras. Entre ellas jugábamos a pillarnos los unos a los otros, a la “punta”, a saltar a la pídola, a la comba y a otros muchos juegos que ya se han olvidado.

(Ella lo miraba embelesada mientras le contaba esto pues había una considerable diferencia de edad entre ellos y para la joven aquellos nombres tenían el sonido de otro tiempo, que posiblemente fue mejor.)

–También nos dedicábamos a tirarnos piedras, a hacer puntería contra algún bote y, en ocasiones, nos arrimábamos a la pared de piedra de una huerta colindante y allí hacíamos el “pimiento molío”. Primero, buscábamos en el suelo restos de ladrillos o de tejas y, a continuación, nos poníamos a “macharlos” con una piedra sobre la pared de la huerta. Curiosamente, el ruido que hacíamos al machacar a veces imitaba el tintineo que hacía el herrador del pueblo al golpear las herraduras sobre el yunque: tres golpes pausados sobre la herradura y dos, más rápidos, sobre el yunque: “tin–tin–tin, tin, tin”. Cuando todo el “pimiento” estaba “molío”, hacíamos pequeños montoncitos con los que jugábamos a comprar y a vender.

Fue en una de aquellas “moliendas” donde un compañero de juegos me golpeó con su piedra sobre el dedo, justo cuando iba a poner un trocito más de ladrillo. El dolor fue intensísimo; me salió algo de sangre y la maestra sólo pudo ponerme un esparadrapo alrededor de la herida.

Cuando volví a casa, mis padres, al principio algo alarmados por el esparadrapo, me dijeron, tras ver la herida, que se me iba a “saltar la uña” y que se me iba a “madurar el dedo”. La verdad es que no entendía muy bien cómo mi uña, mi pobre uña espachurrada, podía salirse dando saltos del dedo y, mucho menos cómo podía aquél “madurarse”.

Aguanté unos días a base de esparadrapo y de meter el dedo en una lata con agua caliente, pues, según decían, esto era bueno para la “maduración”. Al final, quizás un poco cansado de que la uña no se “saltara” por sí sola, mi padre le dio un empujoncito tirando de ella, y, a pesar de que ya estaba casi arrancada, volví a ver las estrellas.

Al cabo de un tiempo me creció una nueva uña, la que te ha llamado tanto la atención por su deformidad. No es bonita, lo sé, pero es mi uña y forma parte de mi vida, quizás más que las nueve restantes, porque ella, al menos, tiene una historia detrás.

–Sí, en eso tienes razón. Y no deja de ser curioso que me la hayas contado en la tierra del pimiento “molió”. Por cierto –añadió metiéndose mi dedo en la boca y chupándolo con avidez– es verdad que esta uña sabe a pimentón.

–¿De qué tipo? ¿Picante, agridulce o dulce?

–“Picante”.

Aquella respuesta y la mirada con la que la acompañó fueron la señal para empezar una nueva “molienda”.