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::: Las desventuras de un charnego

    al que llamaron "Manso"

Autor: Manuel Simón Vicente Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

Las desventuras de un charnego al que llamaron "Manso"

(Cuento de Navidad, para Raisa)

A mediados del Siglo pasado, en un lugar de la Vega, cuyo nombre es Coto Viejo, nació un niño flaco y negro, y que daba gusto verle por calladito y risueño . Sus padres eran muy pobres, como todos los del valle y se pasaban el día de sol a sol trabajando duramente en el campo, para obtener un pobre sustento. Mientras sus padres se esforzaban en las penosas tareas agrícolas, el niño permanecía debajo de una encina atado a una soga, para que no se escapase, jugando con su perrito Lulo que le servía de única compañía. Un día, se desató una terrible tormenta con gran alarde de truenos y rayos. El niño lloraba, el perro ladraba y los padres corrían despavoridos huyendo de la lluvia para refugiarse en la encina donde estaba su niñito, pero un mal rayo les cayó encima carbonizándoles a ambos. Hasta el día siguiente, que lo encontraron unos vecinos, el niño permaneció atado al tronco de la encina junto al cadáver mutilado de sus padres. Estaba lleno de lágrimas y mocos y su perro no paraba de ladrar desconsolado.

Por mediación de unos frailes que estaban de misioneros, le llevaron a un convento que servía de orfelinato para los niños abandonados y pobres, y le dejaron sin perro. El Convento estaba en Medina del Campo donde los inviernos son los más fríos de toda la estepa castellana. El niño estaba triste, pero siempre obedecía, aunque a los demás compañeros tonto les parecía.

Latines, hambre y frío es lo único de provecho que cosechó en todos los años que estuvo al amparo de los hábitos de los Carmelitas Descalzos.

Poco antes de alcanzar la mayoría de edad se escapó del infierno frailuno, jurando que nunca más pisaría una iglesia en su vida. Con su hatillo de ropa, como un maletilla, se coló en un tren y llegó a Barcelona donde logró colocarse en una obra, de peón de encofradores. Y aunque el trabajo era duro, al menos no hacía frío y en la pensión donde se hospedó la sopa era caliente y abundante. El poco tiempo libre que le quedaba lo pasaba en el cine y en una biblioteca que descubrió por casualidad persiguiendo a una muchacha guapísima cargada de libros. Al principio no se atrevió a entrar, pensando que era un lugar reservado para ricos, de hermoso que era, pero luego, viendo que todo el mundo lo hacía sin problemas se decidió y quedó maravillado ante tal cantidad de columnas y de libros.

Como era tan trabajador y obediente, el encargado de la obra le tenía en gran estima y algunas veces le invitaba a comer a su propia casa. Una hija de este, que estaba embarazada de un músico libertino que la había abandonado, se prendó del muchacho y al poco tiempo se celebró la boda. Ya se sabe que la felicidad es efímera y las alegrías son pocas, así que, al poco tiempo de dar a luz, su esposa encontró consuelo en otros brazos y diversión en los muchos bares del barrio. Después de trabajar duramente 12 horas en la obra, cuando llegaba a casa se encontraba la casa vacía y al niño abandonado y llorando. El primer día que se atrevió a reprender a su consorte por su conducta amoral y libertina, recibió tal sartenazo que le rompió un párpado del ojo. A resultas de los gritos, apareció el suegro, que vivía en una casa contigua, pues no en vano era el dueño del bloque entero, y creyendo que el muchacho se estaba propasando con su tierno retoño le arreó tal paliza que estuvo tres semanas sin poder pisar la obra. La confusión duró tres o cuatro meses más y a punto estuvo de costarle la invalidez absoluta, pues si los sartenazos de su esposa le reventaron los tímpanos, las palizas del suegro, que para algo era fornido y manchego, le dejaron medio tuerto. La suegra que era de Murcia, y un poco más perspicaz que su esposo, sospechó que algo raro estaba ocurriendo y cuando descubrió el pastel reprendió a su marido, amonestó a su retoño, pero a él, después de darle un sonoro tortazo, comenzó a llamarle manso.

Una mañana que se encontraba dolorido, de resultas de una brutal paliza, y que se negó a ir al tajo, a empujones le echaron de la casa y en la calle se encontró sin un duro, con lo puesto y sin trabajo. En un refugio de la calle Zorrilla, unas voluntarias de la Cruz Roja lo acogieron y lo sanaron los huesos rotos y le mimaron. Cuando tuvo fuerzas para salir volvió al cine y a la biblioteca donde tan buenos ratos había pasado Allí se estaba las horas muertas soñando y emborronando cuadernos de hojas amarillas, que dejaba olvidados, hasta la hora del cierre. Un día la bibliotecaria, sintió curiosidad y se puso a ojear las cuartillas abandonadas y se emocionó tanto al descubrir tanta fragilidad, tanta tristeza en los escritos, que se pasaba el día impaciente, como en los cuentos de las mil y una noches, esperando el momento de leer una nueva entrega. La bibliotecaria se permitió la licencia de enviar los borradores a un pequeño editor y quedó tan encantado que se los publicó enseguida, y gustaron tanto, que se convirtió en el libro más vendido del año. Fue tanto el éxito que hasta le llevaron a Crónicas Marcianas y se hizo rico y se casó con la bibliotecaria, que aunque parezca mentira ni era fea, ni flaca, ni miope. Y cuando parecía que se iba acabar el cuento pues ya eran ricos y felices y comían todas las perdices que querían... ocurrió que una gran editorial le fichó por muchos millones con la condición de escribir una novela, que sería una segunda entrega, en el plazo de un año. A esta tarea se puso nuestro manso con gran dedicación y algarabía, pero al cabo de las tres semanas no llevaba escrito ni un renglón... y así fueron pasando lo días, de placeres y alegrías, y nuestro manso no escribía una sola línea pues está demostrado que para ser un gran literato hay que tener muy mala leche o en su defecto, ser muy mentiroso, muy aventurero o muy desgraciado. Cualidades, todas, que le faltaban a nuestro protagonista, empachado de tanta felicidad. Así pues, transcurrido el plazo sin que hubiera manuscrito, la editorial le demandó por incumplimiento de contrato, lo que le costó la ruina –y a punto estuvo de ir a la cárcel, pues con Polanco había topado- la bibliotecaria, su esposa, que se había dado al bingo, perdió su trabajo, se lió la manta a la cabeza y se fue a su pueblo de Almería de donde nunca debería haber salido. Al manso, de nuevo triste, solo y arruinado, dicen las malas lenguas, que algunas veces se le ve por una biblioteca de barrio intentando emborronar algún cuaderno amarillo abandonado.