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::: La lengua del demonio

Autor: José Mariano Pizarro Sánchez Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2005) Ver obra y Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

La lengua del demonio

Tras recorrer varias calles, arropada por la penumbra que en mayo deja la proximidad de las casas en el Barrio Judío; decidió entrar en aquella tienda de productos extremeños.

La atendió Jorge, y ante la pregunta de que cuál era el producto más típico de la zona, sin duda alguna contestó: Pimentón.

Con una indicación de su dedo Jorge señaló la estantería de madera de castaño que se encontraba a sus espaldas. Allí se descubrían esplendorosas, medio centenar de latitas, de marcas diferentes, cuyo contenido de setenta y cinco gramos, se distinguían entre sí por su diferenciado sabor.

Leyó sus características una por una, hasta detenerse en la de color más escarlata que le llamó la atención: “Lengua del Demonio”. Ella preguntó desde lejos al dependiente mientras agitaba el pequeño envase: –De ésta ¿cuál es su sabor?

*

Posiblemente la resaca de anís con hielo hacía más insoportable el sabor a humo del cigarro que libaba amargamente. Continuó con su mano asida al volante deportivo, de radios de platino agujereado. Mientras, acariciaba su frente con la otra palma de la mano, la que sostenía el pitillo entre los dedos, cuyo humo le nublaba aún más su mirada aviesa. Asintió a su pensamiento con tilde de sonrisa en una de las comisuras de sus labios: “Que vacile es este 124. Lo que les mola a las maris el salpicadero de 1430 y su volante Zanini. Ahora, lo que más les alucina es su color de Testarrosa”.

Pero un hipo doloroso le devolvió al presente. Le latían las sienes, y a cada latido una voz recóndita, o más bien sistólica y diastólica, parecía que le dijera: “Anís / del mono, Anís / del mono, Anís / del mono”.

Se resignó. Todo pasaría cuando tomara un par de cervezas y le volviera a subir el nivel de alcohol en sangre. ¿A qué esperar? Podía hacerlo ahora, aunque fueran las once de la mañana. Mas no. Había concertado una cita en la finca del Sr. Guadianejas.

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Guadianejas del Mogote era un terrateniente potentado del tabaco, el espárrago, el pimentón y varias hectáreas de melones que luego vendía a la Denominación de Origen de Villaconejos. Nunca se entrevistaría con semejante personaje, pues todos habían oído hablar del él pero pocos le conocían. Como el gran Gastby en sus celebres fiestas, aparecía a la crítica hora. Sí lo haría con sus capataces. Pero a nuestro ínclito personaje le gustaba decir a sus conocidos que iba a verle, para darse importancia.

Guadianejas del Mogote S.A. disponía de una gran finca al nordeste de Extremadura, a los pies de las montañas de Gredos que obsequiaban a las vegas del Tiétar luz, abrigo y agua en cuantía generosa para la actividad agropecuaria forestal; que es a lo que se dedicaba nuestro amigo. Sí, nuestro buen trabajador del 124 con delirios de Ferrari rampante.

Fue recibido por D. Práxedes, capataz. Se hacia sentir ya la venida de la campaña de la recogida del pimiento, cuando las tardes no son tan tórridas como en agosto, porque se suavizan ligeramente al adelantarse las puestas de sol, y un dulzor de higueras toma la delantera a la llegada de las noches. Hacia tiempo que las pimentoneras, expertas en coger pimientos, ya no acudían al tajo; siendo hoy faena que realizaban brazos de otras latitudes.

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Como quiera que fuera D. Práxedes necesitaba, para el secado y elaboración del Pimentón de la Vera con Denominación de Origen, abundante leña de encinas, estando sus almacenes leñeras bajo mínimos.

Por ello se alegró el capataz ante la presencia de nuestro buen amigo. Sabía que este era experto en corta y poda de la encina, así de paso, cumpliría con la Ley de la Dehesa aplicando la limpia y entresaca de las ramas. No en vano, la finca disponía de una basta extensión poblada de este y otros Quercus que abastecían las leñeras. Por sus páramos campaban en montería hermosos ejemplares de cerdo ibérico en busca del goce de bellotas, trufas y pequeños mamíferos y aves; ahora que las vacas, desde San Juan, las habían subido a las montañas.

Únicamente se daba un problema, esta campaña acudió solo, en su 124 flamante, sin su compañero Anacleto jubilado al fin, tras azarada vida. Y créanme que era un problema; pues como sabía D. Práxedes, no era prudente adentrarse solitario en la inmensidad de la dehesa con un instrumento diabólico como era una o dos motosierras.

De modo y manera que decidió asignarle un compañero. Para ello se dirigieron a los secaderos de pimentón donde se encontraban las cuadrillas limpiándolos, preparándolos, disponiendo palas y horcas para la postrera removida cuando se estuviera secando el pimiento. Se encontraba disponible Sergio, al que todos apodaban Puerro, por sus facciones pálidas y alargadas. Sin embargo no tenía demasiada experiencia en el trabajo de leñador.

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Puerro era muy joven pero cabal trabajador. Se afanaba en servir las motosierras para que su compañero, nuestro amigo, no tuviera ningún problema en su compromiso laboral ajustado.

Observaba con qué pericia aquél manejaba el útil, el objeto siniestro por el cual demostraba cierta devoción. Cortaba las ramas anguladas de encinas, alcornoque y carrascos; cayéndole a sus lados, tangentes al perímetro de su cuerpo sin que él hiciera, aparentemente, ningún ademán para esquivarlas.

Pero llegaron a un árbol imponente. No por grande, que lo era, sino por tenebroso. La tarde empezaba a declinar y el cansancio emprendía el pase de factura. Pero por la única razón del empecinamiento, se fijo esa tarea como colofón de la jornada.

Diríase que ante los cortes sesgados se defendía aquel ser centenario. Estropeada la motosierra de espada larga, para zanjar el asunto, se alzó a la horca central intentando cortar un par de ramas díscolas. Y no alcanzó e insistía. Y no alcanzando insistió. Cuando en ese lance pierde el equilibrio. Mientras le acuna el vacío, reíase la motosierra en dislocado giro de cadena hambrienta. A medida que hombre y máquina ganaban tierra, ésta hizo mella onerosa en la tibia del que caía.

*

Un alarido de espanto paralizó el instante. Se oyó el grito en quebradas, vaguadas y lagunas solitarias.

El instrumento de horror enmudeció al chocar contra el suelo. Puerro, ya de por sí pálido, quedó lívido. Lo único que aún mantenía el color en la estampa era lo de Testarrosa que tenía el 124 y la tibia malograda del herido; el cual gritó a Puerro para que trajera el auto. Este obedeció ligero y emprendieron el camino. No obstante, a pesar de su abnegación, no pudo continuar. El olor a sangre reseca y fría, así como la queja angustiada del compañero, terminaron con sus tripas en una arcada. Se “cagó en todo lo barrido”. Su preciado coche se estaba quedando hecho un cisco entre vómitos y sangre. Colocó su cazadora de aviador alrededor de la tumefacta pierna, a modo de apósito, retorciéndose la correa torniquete dos vueltas más; y quitando a Puerro del asiento tomó el mando. Sintió un escalofrío notando que se le iba la vida por una herida sucia y astillada. Hecho un pingajo, congestionado, llevó al muchacho desfallecido hasta el poblado de la central hortofrutícola.

*

En el hospital todos le rodeaban. Su hazaña causaba admiración. A pesar de la gravedad del accidente y de la posterior peripecia, habían logrado salvarle la pierna.

Llegado a sus oídos y preocupado por la salud de aquel singular empleado, hizo aparición en escena D. Amadeo Guadianejas del Mogote, el cual, haciéndole todos los presentes suficiente sitio, preguntó: ¿Qué ocurrió hijo? El herido contestó: “Que el demonio me lamió la pierna y me ha dejado un picor bajo las gasas, como si fuese mismísimo pimentón picante de la Vera”.

“La lengua del demonio, la lengua del demonio”. Repitió entre dientes el Sr. Guadianejas y volviéndose inició su marcha. Ya en la puerta se giró. Todos miraron expectantes a ver que decía, y sólo pronunció estas palabras: “Que te mejores. Y no te preocupes de nada más, me acabas de proporcionar lo que buscaba”.