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::: La hija del guardacanal

Autor: Manuel Simón VicenteVer autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2005) Ver obra y Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

La hija del guardacanal

Desde el día en que me lo contó mi padre en el lecho de muerte, una tristeza infinita me embarga. Qué mala es la sequía, me repetía una y otra vez, qué mala es la sequía...

Aquel verano fue especialmente tórrido y seco, los medieros se disputaban despiadadamente cada gota de agua del canal para poder satisfacer la sed de las agostadas plantas de pimiento. El guardacanal tenía que intervenir cada vez con más frecuencia en las numerosas desavenencias y peleas que se originaban entre los campesinos por el líquido elemento.

El uno abría la compuerta de su acequia más de lo permitido; el otro, en cuanto se descuidaba, ponía una piedra o un tronco delante de la ranura del canal para que entrara más agua; el de más allá directamente decía que se había roto su compuerta; y el último se desesperaba viendo secarse la cosecha.

Algunos se las ingeniaban para regar el esquilmo por la noche alumbrados por un carburo, o por la triste llama de un candil.

El guardacanal vivía en una casona de dos plantas con un elegante porche de madera y rodeada por un jardín con dos colosales palmeras y una fuente que manaba a raudales agua cristalina y fresca, que se desparramaba alegre por el parterre. A un lado de la casa, había un inmenso campo de césped, donde antes hubo un huerto, que ahora no necesitaba el guarda, ya que estaba bien surtido de hortalizas por los medieros, y que se regaba abundantemente, con el agua del canal.

El guardacanal tenía una hija lindísima de unos dieciséis años que estudiaba en la capital con las monjas teresianas y que veraneaba casi siempre en Galicia con su abuela, pero este verano, debido a la enfermedad de la anciana, se tuvo que venir con sus padres a la Vega, en contra de la voluntad de su madre y el fastidio de su padre, que no quería ni en pintura ver a su tierno retoñito cerca de los “brutos” campesinos.

Había un muchacho, llamado Rogelio, hijo de uno de los medieros de mayor prestigio, que irritaba especialmente al guardacanal, siempre altanero, siempre desdeñoso, y nunca sumiso como los demás zagales. Había notado, para su disgusto, que cada vez que pasaba cerca de su hija, la muchacha le miraba de reojo, e incluso, a veces le sonreía.

–No quiero que te acerques a ninguno de estos campesinos –le gritaba a su hija en cada ocasión que esto ocurría.

–No hay nada de malo en ello –respondía la muchacha–, además me aburro soberanamente en esta finca de mierda.

Poco a poco fueron intimando, y cada vez se veían con más frecuencia, ella iba descubriendo los lugares por los que discurría Rogelio, y cada vez con más asiduidad se hacía la “encontradiza” con él. Rogelio, normalmente iba montado en su caballo yuntero hacia el haza de tabaco y ella en su bicicleta de marchas, que era la envidia de toda la aldea. También disponía de un hermoso alazán, pero rara vez permitía su padre que lo montara sola.

Pese al disgusto del padre, se las apañaban para verse cada vez con más frecuencia, a veces cerca de la fuente, otras bajo la encina “milagrosa” y hasta, decían que algunas veces los habían visto juntos bien lejos, en el pinar y algo más que acaramelados…

El cadáver de la muchacha, lo descubrió el “cabrero” bien temprano en el “corral concejo”, cuando se disponía a sacar el rebaño a pastar. Estaba completamente desfigurado, en un charco reseco de sangre, pero nunca se supo si había sido violada, ni quien la había matado; ni siquiera se investigó la hora de la muerte. El guardacanal recogió el cuerpo de su hija con sus propias manos y lo llevó a su casa, sin permitir que nadie de la aldea se acercara siquiera al velatorio.

Rogelio ni siquiera pudo ser interrogado por la Guardia Civil, pues al día siguiente del suceso, su cuerpo apareció ahogado en el canal.

Pasaron muchos años desde aquellos tristes sucesos, y la hermosa casa quedó vacía y desolada, pues nadie quería vivir en ella. Unos gitanos que se atrevieron a pernoctar una noche lúgubre de tormenta, tuvieron que huir despavoridos, después de que un rayo se estrellara bruscamente causando la muerte de dos caballerías. La casa permaneció en ruinas hasta que en una subasta de la Confederación hidrográfica del Tajo, se la adjudicaron a unos alemanes que huyendo del clima de su tierra, decidieron instalarse en estas latitudes y convertirla en casa rural.

–Qué mala es la sequía me repetía mi padre en el lecho de muerte, por su culpa perdimos a tu hermanito. El informe del guardacanal, el maldito informe del guardacanal: “no habrá suficiente agua para regar la cosecha…”, por su culpa, “el amo” nos negó el anticipo que tanto necesitábamos, por su culpa no pudimos comprar las medicinas cuando se puso enfermo… Cuando al día siguiente de la desgracia, me encontré con la muchacha, tan risueña, tan alegre, tan despreocupada, una oleada de odio y de rabia me invadió sin que pudiera remediarlo, me abalancé sobre ella y la atiné un certero porrazo en la cabeza con el azadón , luego no pude detenerme y seguí golpeando hasta perder el sentido. Toda la noche anduve vagando sin descanso por la dehesa, y cuando al día siguiente regresé al secadero y me enteré de lo ocurrido con el muchacho, me encerré en mi secreto hasta hoy.

A lo lejos contemplo la casa del guarda-canal, ahora tan llena de vida, los clientes pasean despreocupados por sus hermosos jardines, con sus gigantes palmeras, el césped ha recobrado el verdor de sus mejores momentos y la fuente sigue manando su cristalino chorro que se desparrama por rosales y arriates. A lo lejos contemplo la hermosa casa, sin que pueda desprenderme de esta pena infinita que me invade.