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::: La desconocida

Autor: Esperanza Núñez Ver autor

Publicado: Del tálamo al cálamo (2007) Ver obra

 

La desconocida

Jorge miró hacia la ventana. La brisa de la madrugada entraba por ella y movía las cortinas blancas de tul. A lo lejos se veían las luces de la ciudad, se adivinaban las calles vacías de gente .Todo el mundo dormía a esas horas, soñando con sus mas íntimos deseos, regocijándose en el placer de que nadie podía entrar en ellos.

Todos, menos Jorge, que miro de nuevo a la ventana y allí estaba ella. Era su sueño hecho realidad, era el silencio hecho hermoso en la soledad de la noche.
Maria tenia una sonrisa entre inocente y picara, un cuerpo de infarto y unos ojos que invitaban a la lujuria.

Miraba por la ventana, un rayo de luna se colaba por ella y se reflejaba en los cabellos rubios dándola un aire de misterio y de irrealidad. Jorge tuvo ola impresión que en un momento montaría en un haz de luz, y volar hasta las estrellas desapareciendo para siempre.

Sus ojos azules como el mar miraban soñadores hacia el horizonte infinito. Sus labios carnosos, en su justa medida, esbozaban una sonrisa radiante cuando le miraban, el sonido de su voz era la más firme invitación a la escena de amor más tórrida de todos los tiempos.

Llevaba puesto un camisón de raso blanco, salto de cama decía la madre de Jorge, que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel y que dejaba muy poco a la imaginación. Sus pechos más bien pequeños pero firmes, pues la fuerza de la gravedad aun no había hecho estragos en ellos, se adivinaban a través del raso como si la tela no estuviese entre la mirada de Jorge y su precioso cuerpo de cintura estrecha y caderas perfectas.

Jorge aun no se creía que esa mujer estuviese allí con el y que le prefiriera a otros muchos que debería conocer. Aparto la mirada de ella, sentía como su cuerpo se envaraba, no podía controlarlo y no obedecía a su cabeza. Se había declarado en rebeldía, y no podía aguantar más las ganas de volver a abrazar a aquella mujer que le había hecho sentir el sexo como el más sublime de los sentimientos.

Maria le había enseñado a recorrer su cuerpo sin prisas, acariciando cada milímetro de su piel, desnudándola poco a poco, como a cámara lenta, besando su cuerpo centímetro a centímetro. Habían pasado horas haciendo el amor de aquella forma, que le llevaba hasta la cresta de la ola para hacerle bajar y volver a subir aun más alto.

Jorge recordó cada minuto, cada beso, cada caricia, cada una mas atrevida que la anterior. Ella era como la más pura de las mujeres mirando por la ventana y la más ramera en la cama.

Miro de reojo hacia la ventana, dio un respingo y se sentó en la cama, miro a su alrededor, ¿Dónde estaba? ¿Donde había ido? Se levanto despacio, sus piernas le pesaban la cabeza le estallaba. Quería comprender que había pasado, porque se había ido, como podía volatilizarse en el aire como un sueño o como una pesadilla.
 

-Toc,toc,toc

 Jorge fue pesadamente a la puerta y la abrió como un autómata.

-Buenos días, perdone que le moleste, pero me acabo de cambiar a este edificio a vivir y mi llave no funciona bien. Estoy en el pasillo con todas mis cosas. He llamado a su puerta para ver si podría usted ayudarme. Por cierto me llamo Maria.

Jorge abrió la boca, pero de su garganta no salió un solo sonido. Se  limitó a salir a ayudar a aquella mujer, que le miraba entre inocente y pícara, que le hablaba con voz acariciante que invitaba al amor y tenía un cuerpo de escándalo.

Jorge siempre había estado enamorado del amor y el amor se había hecho mujer en aquellos momentos en los que ya había despertado del todo