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::: La cucharilla

Autor: Carlos Daucousse Ver autor

Sin publicar (2006)

 

La cucharilla

I

En el yermo pedregal el sol se apagaba a medida que el hambre encendía las entrañas de M’hammed y su padre. Sus sombras se alargaban sugerentes hacia la Meca, recordándoles la inminencia de la oración.

–Papa tengo hambre.

–Ya lo sé hijo. Falta poco para llegar. Mama nos va a guisar lo que llevamos. ¡Alá es grande! ¡Hoy nos ha premiado con una paloma, dos lagartos y tres huevos de tórtola!

–Papa, ¿tú sueñas?

–Soñaba, hijo, soñaba.

–¿Sabes qué sueño yo muchas noches?

–No, hijo; cuéntamelo.

–Sueño que tengo la boca llena, tan llena que no puedo ni masticar.

–¿Y qué comes, hijo?

–No sé… ¿Crees que algún día podremos comer así?

–No lo creo, hijo.

–Papa, ¿somos muy pobres?

–Mucho, M’hammed, pero Alá proveerá. Por lo pronto, el primo Abdul ha prometido darme trabajo cuando empiece a hacer su nueva casa.   

Ya se divisa la antigua casbah en la que viven junto a otras familias. Ambos aceleran el paso con el júbilo del que lleva alegres noticias. El niño corre y enfila el estrecho pasillo del interior de la vieja fortaleza, al que se abren puertas de diferentes moradas; empuja el añil violentamente y entra dando la buena nueva. Poco más tarde sale humo por una ventanuca. Hay días en que apenas sale.

 

II

–Padre, me voy ya.

–Que Alá sea contigo hijo mío. Pórtate bien y trabaja duro: hay que devolverle el dinero que nos ha prestado el primo Abdul. Tu madre está llorando, intenta tranquilizarla.

 

III

Esta noche es Noche Buena. En una playa del sur, muy cerca de un campo de golf, una pareja muy abrigada, deja su paseo por la playa y se dirige a la cercana urbanización.

–Nos hemos entretenido y Marisa querrá que tomemos unos aperitivos antes de cenar.

–¡Qué paz! En una noche como esta solo pueden suceder cosas buenas.

 

IV

Las tibias y familiares horas de la Noche Buena ya han pasado. Está amaneciendo. Un pronto luminoso día comienza a atenuar la luz de las guirnaldas.  En la playa suena cada pocos segundos el oleaje. Las gaviotas se pelean y chillan histéricas. De pronto levantan el vuelo con sonoras protestas: se acerca un vehículo de la Guardia Civil.

–Allí, allí hay uno.

De espaldas al cielo que parecía haberle abandonado, se encontraba M’hammed. Sus brazos en cruz abrazaban la playa del país con el que soñaba. Hasta su rostro, semihundido en la arena, llegaba una intermitente línea espumosa que susurrante le reprochaba:

No era el momento. Te avisé. Golpeé con fuerza la otra orilla para amedrentarte, pero no me escuchaste. Ya sé que emprendiste el viaje pleno de ilusiones; que venías a conquistar una vida digna a la que decías tener derecho; me hago cargo, pero debiste hacerme caso. Adiós amigo mío.  

Le dieron la vuelta. Tenía la boca abierta y llena. Tan llena la tenía que, para vaciarle toda la arena, emplearon una cucharilla de postre que, perdida por alguien y medio enterrada, apareció junto a su mano derecha.