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::: Ilusiones del abuelo

Autor: Juan Diego Castro Vegas Ver autor

Publicado: Del tálamo al cálamo (2007) Ver obra

 

Ilusiones del abuelo

 Alejandro era el padre de una familia de buena reputación, con un trabajo fijo desde hacía mas de treinta años en el que no hacía otra cosa que estar tieso, la mayor parte del tiempo que duraba su jornada, intentando pensar qué haría cuando le llegara su ya cercana jubilación.

Alejandro era un discreto ejecutivo de una empresa multinacional que de un tiempo a ésta parte había bajado bastante su producción debido a la entrada en el mercado de otras empresas de Asia que habían irrumpido con fuerza en el amplio mercado de “ropa chica”, o sea, de ropa interior. Este tipo de ropa es como el alma, ya que nunca se ve, aunque últimamente ya se intuye o mejor dicho se ve en muchas jovencitas parte de su “alma”.

Por cuestiones familiares Alejandro pidió unos días libres en el trabajo. Así pudo hacerse cargo él mismo de los preparativos para la boda de su hija Lorena, que acababa de terminar su licenciatura y se casaría dentro de diez días con Alberto, su novio desde hacía cuatro años. Ambos estudiaban en Granada y se conocieron en una fiesta de la Facultad.

Padre e hija siempre habían congeniado a lo largo de su vida en común dentro de la familia, incluso mejor que su madre Inés con su hermano Andrés. Parece ser frecuente que en la familia en la que hay además de los progenitores dos hijos, uno de cada sexo tienden a cruzarse los afectos de los sexos: las hijas se suelen llevar mejor con el padre y los hijos con la madre. ¡Cosas raras de la naturaleza que uno no entiende!

La casa en la que vivían disponía de dormitorios para todos, incluido el abuelo Joaquín, padre de Alejandro, hombre mayor que aunque tenía sus achaques, disfrutaba de buena salud y con bastante buen aspecto para ser una persona con más de ochenta y cinco años.

En el barrio había un rumor extendido de que el abuelo Joaquín, en su juventud y madurez, había sido un hombre bastante mujeriego, siempre andando detrás de las faldas. Ahora en su vejez se había confirmado como un “viejo verde”.

A falta de dos días para la boda de Lorena, durante la comida quiso la madre Inés hablar, en presencia de toda la familia, por si Alejandro quería aprovechar para poner al tanto a su padre, el abuelo Joaquín, para que no diera la nota antes, durante y después de la celebración, ya que vendrían tías y sobrinas del pueblo. La noche anterior a los esponsales decidieron que Andrés, el hijo, hiciera un hueco en su cama al abuelo Joaquín, y así dejar libre la habitación de éste para alguno de los familiares que vendrían de fuera. A Andrés no le agradó la idea, pero tuvo que aceptarla, al fin y al cabo era la boda de su hermana y sólo sería una noche.

Durante esa noche, a eso de las cuatro de la madrugada, el abuelo Joaquín empezó a hablar como delirando:

–Necesito una mujer, necesito una mujer... Andrés haz el favor de traer una buena mujer a tu abuelo que aunque estoy mayor todavía... aahh

Andrés contestó que de eso nada, que no habría mujer y que se volviera a dormir. Ante la insistencia del abuelo, Andrés volvió a dar negativa a su abuelo. Pero el abuelo Joaquín no se dio por vencido y volvió a la carga:

–Hijo tráeme una mujer que estoy muy necesitado; de verdad…, la necesito…, hace mucho tiempo que no me pasaba esto… ah. La necesito urgentemente, por favor.

Andrés:

–Pero abuelo, ¿tú te crees que éstas son horas de ponernos a buscar una mujer, sólo porque a ti se te antoje pasar un rato con ella? Ni hablar. Ya te estás durmiendo o se enterará toda la familia de la clase de hombre que eres.

El abuelo Joaquín, antes de darse por vencido comentó al nieto

–Vale, pero si no me traes ahora mismo una mujer, tendrás que darme tres razones convincentes para desistir.

-Bueno, voy a intentarlo –dijo el nieto Andrés–. Veamos: la primera es que aquí no hay mujeres de esas porque esto no es un club de alterne; la segunda es que éstas no son horas de molestar a la familia que descansa plácidamente; y la tercera, y espero te des por convencido de una vez, es que eso que tienes entre las manos, no es tuyo.