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::: Idilio bajo el aroma del pimiento

Autor: Francisco Javier Gilarte Mateos Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

Idilio bajo el aroma del pimiento

Toribio, era un joven normalito, que a parte de su mirada apacible y su traza y actitudes naturales, no tenía otra cualidad que atrajese especialmente la atención; pero era trabajador y honrado, dos virtudes muy estimadas en aquellos años que corrían.

El joven había sido aprendiz desde niño de un maestro carpintero; y ahora, que ya sabía el oficio, no tenía oportunidad de demostrarlo, pues aquella aldea era pobre, y sus gentes, tan humildes y sacrificadas que se afanaban en taponar con cartones y tablas los huecos de las fachadas, trajinando en su interior al fulgor del hogar siempre encendido para el guiso, no precisaban de sus diestras manos para construir las ventanas que les librara del viento frío. Así pues, como se hallaba ocioso y las necesidades eran las de siempre, se fue a jornal con un mediero que labraba su parcela en una vega de La Vera.

Juntos, enterraron con esmero en la mullida era la semilla del pimiento, y presto se pusieron mano a mano a preparar la tierra; esparcieron sobre ella el estiércol, la araron, pasaron el rastrillo y luego la cortaron en largos surcos. Cuando del semillero afloró la vida, trasplantaron con esmero la pequeña planta a ellos, y la mimaron hasta que, con el sol en la copa y el agua a sus pies, las raíces se afianzaron al suelo y se fue haciendo fuerte, hermosa, como rechonchos arbustos de fronda amplia, lozana, fascinante, en la que brotaron desparramadas un enjambre de flores blancas, que se trasformaron al poco en lisos y bruñidos pimientos de vivos e intensos colores, que colgaban airosos como rutilantes pendientes de esmeraldas y rubíes.

A la hora de la cosecha, era ésta tan abundante, que el amo optó por contratar una cuadrilla de pimentoneras de un pueblo cercano. Llegaron una mañana al alba con sus pañuelos estampados de recargados motivos de colores, anudados a la cabeza, y sus holgadas faldas para recoger el fruto y llevarlo hasta los sacos, tras las oportunas presentaciones, se desperdigaron entre las pimenteras con el revoloteo y la algarabía de las golondrinas, a cada cual más bella, más ágil, más animosa, entonando cancioncillas populares.

Toribio, que era muy tímido, las miró a todas con recelo, asustadizo, cabizbajo, aunque de soslayo se fijó con gran interés en Simona. La verdad es que no tenía un nombre bonito que digamos, pero tampoco el suyo era como para lanzar campanas al vuelo; ni aun así destacaba por su beldad, pero tenia algo que le atraía irremediablemente; quizás fueran sus discretos modales, su aspecto sencillo, dulce, sereno; su rostro sugerente, de tez morena, lisa, fina, y unos ojos negros, profundos, luminosos, o tal vez los cabellos que asomaban del pañuelo, oscuros desfallecientes como jirones de la noche, el caso es que su presencia le turbaba, le hacía estremecer el corazón.

Cuando acudía a su vera a coger el costal que con tanto primor había llenado, se ponía rojo, escondía la mirada y se le ahogaba la voz; ella se daba cuenta y por no inquietarle más, simplemente sonreía y ese gesto le hacía albergar esperanzas.

Poco a poco se fue prendando de esas gracias que a cada instante descubría en la encantadora imagen que había idealizado en su mente, y esas ansias por gozar con ella le volvieron atrevido, tanto, que llegó a invitarla a salir del secadero a pasear bajo la luna. Amparado por esa paliada luz, le brotaron las palabras sueltas, cálidas, más suyas, pero no la abrumaba con zalamerías, pues sabía que eso envanece las cabezas, la hablaba afable de cosas sencillas, cotidianas, tiernas, que parecían dictadas por su cándido corazón; y se miraban, se miraban mucho y dulcemente; y se sonreían con los labios, con los ojos, y estaban tan agusto que se sentían realmente felices.

Aquellos castos, candorosos y gratificantes paseos, se fueron sucediendo hasta que el sol se fue debilitando y el frío entumeció los frescos frutos.

Las pimentoneras partieron hacia sus hogares satisfechas de su labor. Simona, además, lo hizo con una lagrima prendida en sus pestañas. Toribio aguantó el tipo en la despedida, y no lloró, pero su rostro esbozó la expresión del dolor, de la desesperación.

Ya en el pueblo, el joven, no había mañana, ni tarde, ni noche, que no recordara su primorosa imagen, el agradable timbre de su voz, el áspero tacto de sus manos endurecidas por el trabajo, y los singulares gestos que tanto le llenaban. Y un día festivo, se atavió su mejor traje y se fue decidido a la aldea de su amada a plantarse ante los padres muy serio firme y persuasivo, a pedirles su mano. Al final todo resultó mejor de lo que le auguraba su natural apocamiento, y al poco pudo celebrarse la boda con una ceremonia humilde pero rebosante de alegría.

A partir de entonces, llevaron unas vidas modestas y recatadas. Hubo hijos que de mayores volaron a la ciudad. Ahora, ya ancianos, siguen con sus achacosas existencias; y en las noches serenas, silenciosas, que la luna brilla en el cielo, y en los días placidos de ligeras brisas que templa la tibieza del sol, salen juntitos a la solana a embriagarse de esa paz, y desde sus viejas sillas se miran dulcemente; hablan poco, no dejan que les envanezcan las chabacanas, empalagosas, halagadoras palabras, y esperan a lo que les sugiera sus candorosos corazones, y de cuando en cuando se sonríen, se sonríen con los labios, con los ojos; y en torno a sus rostros ornados con los rasgos de la satisfacción, flota el delicado aroma de un collar de guindillas rojas y lustrosas que cuelga de los cuartones del tejado y unas ristras de pimientos de abigarrados colores, vivos e intensos.