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::: Huir

Autor: Pedro Alegre Ver autor

Inédito (2006)

 

Huir

Fundido en perfecta simbiosis con su sillón favorito, con el periódico sobre las piernas doblado todavía por la primera página, Luciano disipaba su mirada por el balcón abierto a una azul mañana de domingo de abril. En el quiosco del parque, justo debajo de su apartamento de primera planta, una banda de música interpretaba atronadoras marchas militares. Casi se diría que contemplaba cómo los bemoles y sostenidos penetraban en torbellino, furiosos, hasta arrebujarse todos con estrépito en el techo de la estancia, espoleados por el estridente choque metálico de los platillos. Y allí entraban en pugna con las inclasificables notas escupidas por los trescientos watios de la última adquisición tecnológica del melenudo inquilino del piso de arriba, por fin despierto tras más de media hora de voces y gritos en los que participaron alternativamente, y con el mismo entusiasmo, sus sufridos progenitores. La disputa era feroz, y a veces parecían tomar ventaja los sonidos castrenses, enardecidos por trombones y tambores, para batirse en retirada al momento, hostigados por infernales gritos y rugidos de guitarras. Sin embargo, ambos adversarios parecían esfumarse espantados cuando irrumpía en el combate el pavoroso y horrísono estruendo despedido por las motocicletas a escape libre, que acaparaba protagonista todo el campo de batalla. De vez en cuando, el timbre de la vivienda, un poco amilanado por la magnitud de la contienda, insistía también en participar en la lucha, pero era ignorado y apenas lograba hacerse notar. Más modestos, el chirrido del ascensor, los portazos en la escalera, el bricolaje dominguero y el chocar de cacerolas, ni siquiera intentaban inmiscuirse, y quedaban totalmente eclipsados por el fragor de lo que en esos pocos metros cuadrados estaba aconteciendo.

De repente, desde la pared del fondo comenzó a colmarse el ya de por sí saturado espacio con la salmodia zumbona de un predicador y el canto coral y desafinado de los fieles que asistían a una Santa Misa celebrada a cientos de kilómetros de allí, pero invitados al salón de Luciano por obra y gracia de su viuda y beata vecina –ignorante de la utilidad del botón de volumen del televisor–. Entonces dejó caer el periódico, se levantó de su asiento y, tras apartar unos libros de la estantería, localizó la pistola. Comprobó que estaba cargada, retiró el seguro y se dirigió al balcón. La detonación rompió el ruido.

Según el forense, la bala penetró por el oído derecho y siguió una trayectoria recta hasta salir por el izquierdo.

Mientras le enterraban, sus desconsolados familiares no cesaban de repetir que Luciano había perdido la ilusión por permanecer en este mundo desde que un resfriado mal curado le había dejado completamente sordo.

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