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::: Fuego eterno

Autor: José Mariano Pizarro Sánchez Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

Fuego eterno

–Se podría montar un espectáculo de revista para festejar a San Isidro– Dijo el encorvado representante al Juez de Paz en su despacho, que a la vez era el de gerente de un almacén de agroquímicos y el de mayor accionista en la fábrica de conservas agroalimentarias del pueblo.

–Un espectáculo de variedades –Explicaba con la intención de transmitir entusiasmo a su interlocutor, abriendo al máximo sus ojos avellanados y describiendo grandes parábolas con sus manos corvas con dedos de sarmiento.

–Lo dirigirá un calicato, confidente de las marujas que trabajan en la fábrica de espárragos. También actuará un mago y coristas que lleven engarzadas en el ombligo una piedra verde que imite a la esmeralda, grandes pendientes de jade y muchas plumas incapaces de tapar ni una sola de sus tetas. Pueden acompañar a las coristas dos bailarines brasileños, que dancen como lampreas al son de una pequeña orquesta carioca.

-Se puede. Ya lo creo que se puede.- Afirmó el Juez mientras golpeaba de júbilo la mesa a la vez que sonaba un golpe de llamada en la puerta.

-Adelante don Barsalucio. Pase usted. ¿Qué desea? ¿Quizás unos saquitos de azufre? Pues tendrá que esperar al lunes, pues los sábados no despachamos.

-¿Por qué no despacha estando aquí? ¿Por qué hemos de esperar?
Lejos de intimidarse el Juez, para no dar que hablar al representante, contestó:

-Por que los sábados ejerzo de mí mismo y de Juez por ser cargo público.

-Ya veo que ejerce usted mirando fotos de coristas en pelete. Debería darles vergüenza, a su edad y todavía baboseando.

-Que no don Barsalucio. Que no es para nuestra concupiscencia. Mire usted, al pueblo hay que darle pan, pero también circo.

-¿Sabrás tú de monerías? No. No he venido a por un poquito de azufre. Se me ha muerto mi suegra y no sé en qué nicho ponerla ¿En los de la fila de arriba o en los de la fila de abajo?

-¡Oh! No lo sabía. Le acompaño en el sentimiento-. Manifestó el Juez, haciendo un ademán de reverencia el representante. -Póngala usted en los de abajo don Barsalucio, en los de abajo. Porque si se la pone en los de arriba puede rezumar la descomposición de la difunta y al caer en los nichos abiertos de abajo olerá mal.

-Te sentirás muy importante señor Juez –Exclamó don Barsalucio con retintín–. Muy bonitos los argumentos que me estas dando, la descomposición de mi suegra estando a la vuelta de la esquina de cuerpo presente. ¿Qué argumentos me vas a dar tú habiendo sido toda la vida un requete y un chupa alcuzas? Se te pone el cerebro de horchata mirando esas fotos de gallinas emplumadas. ¿No tienes bastante con ver por las calles del pueblo a mozas medio en cueros al llegar las canículas? Hay que verlas, con unas camisetas de tirantes que habrán robado a sus padres y unas calzonas naranjas, que por ser naranjas no aciertas a saber si son lana o si son pelo. Que delirio les entra a las mujeres con ponerse morenas. No entiendo al ser humano –prosiguió– Dios hizo a los blancos blancos, y a los negros negros, cobrizos y aceitunados. Pero los hombres, el que es blanco quiere ser negro, y el negro ceniciento.

-Bueno, bueno, bueno. No hace falta que se ponga usted hecho un Gil Robles.

-Está bien. Les dejo. No quiero importunar al señor Juez en su ardua tarea de pelar esas pavas de la negritud.

Haciendo de tripas aliento preguntó el Juez para dar fe de la defunción- ¿A qué hora expiró doña Engracia y a qué hora será el sepelio?

-A las tres de la madrugada. Todavía duraba la timba en casa de Roque. Donde usted estaba por cierto.

-¿Yo?- Preguntó incrédulo el Juez sabiendo que le habían pillado.

- Usted, Cipriano, el médico y Roque. Conque ya sabe. A las doce, hora del Ángelus, la enterraremos. Espero verle por lo menos en el atrio.

-No faltaré don Barsalucio. Y usted no se me disguste. El divertirse no es malo que como puede usted ver los malos momentos vienen solos. Le acompaño una vez más en el sentimiento.

Mientras salía les echó una mirada de acero, no nacida en ese instante sino que venía de atrás, del cúmulo de muchos años purgados.

Ambos, representante y Juez quedaron dentro en silencio, mirando a la incógnita de la nada. Interrumpiendo el mutismo, con una risilla sucinta se preguntó en voz alta el representante:

-¿No sé por qué se ha cabreado el viejo? ¡Si hasta le has ofrecido un poquito de azufre para que arda mejor su suegra en el infierno!.