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::: Estampas de la machaquina

Autor: Ángela Pérez Martín Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

Estampas de la machaquina

Por muchos motivos el primer día de machaquina del tío Senén se había convertido en un ritual, una fecha que la gente incluía en el calendario con otras fechas importantes como podía ser Navidad o Semana Santa.

Nadie como el tío Senén tenía tanta mano para secar los pimientos. Lo suyo era más que un arte pura magia. A muchos de sus vecinos les había salvado algún que otro secadero reblandecido que algunos daban ya por perdido; y así aunque en la parte de abajo del secadero doble pudiera parecer que llovía por culpa del exudado del fruto rojo, el tío Senén con infinita paciencia removía y removía los pimientos, atizaba la lumbre o la ahogaba hasta conseguir el punto de secado idóneo. Ni demasiado fresco, ni demasiado arrebatado.

Su parcela también era generosa en extremo. Era la primera en ofrecer los rojos pimientos listos para la cosecha.

Para esas fechas, las cuadrillas de jornaleros venidos de Serradilla y de otros pueblos cercanos, ya estaban a pie de tajo inclinados sobre los largos surcos. Manos hábiles de mujeres afanaban ligeras los rojos pimientos, al tiempo que sus cánticos traviesos y picantes se extendían por las parcelas pimentoneras, extensas y verdes, que refulgían en el ocaso de la tarde como un océano en calma.

En las machaquinas solían reunirse parientes, compadres y amigos más allegados. Los hombres subían a la parte alta del secadero doble tras haber retirado el fuego de la parte de abajo. Sobre el “encintado” descansaba el fruto deshidratado al humo de lumbre de encina. Entonces, los hombres, comenzaban una curiosa danza. Primero un par de pasos hacia delante, pisando, aplastando, machacando. Luego un par de pasos hacia atrás arrastrando los pies. Tras un tiempo, el rítmico y obligado movimiento hacía protestar a todos los músculos del cuerpo. Un fino polvillo rojo iba calando por la nariz y los ojos haciendo llorar a los más valientes además de impregnar su pelo y ropa. El fruto iba cayendo desmenuzado entre el encintado sobre unas mantas puestas para recogerlo. Luego, abajo, se metían los pimientos machacados en grandes “maquilas”; siempre encañado, nunca llenado. El tío Senén se aplicaba a ello con disciplina ayudándose con el astil de una azada. El compadre Fermín, cosía y cerraba las maquilas llenas hasta el borde dejándolas listas para llevar al molino.

Las mujeres, mientras, ayudaban a Julita, la mujer del tío Senén a preparar el convite. En esas ocasiones se acostumbraba a matar un par de gallos y se cocinaban para deleite de todos así como las tortillas de patatas, ántimas chorreando aceite de oliva, chorizos y morcillas bien adobados con rojo pimentón verato marca de la casa, las aceitunas endulzadas con sosa, que en eso Julita tenía muy buena mano, y el rin-ran aliñado con oloroso poleo, todo ello presidido por una damajuana de cinco litros forrada de esparto y llena hasta el borde de oloroso vino escanciado en un porrón ambarino. Una vez acabado el trabajo, todo el mundo se reunía a disfrutar de tan suculento festín.