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::: Espíritu de asta de ciervo

Autor: José Mariano Pizarro Sánchez Ver autor

Publicado: Del tálamo al cálamo (2007) Ver obra

 

Espíritu de asta de ciervo

Yo comprendo que usted no pueda creerme, pero el asunto que aquí nos ha traído radica en la peculiaridad sugestiva de mi olfato.

Todo empezó en mi adolescencia, aunque no me di cuenta hasta algún tiempo después. Baby organizó un guateque en el jardín  de su casa, aprovechando la ausencia de sus padres que se hallaban de viaje en Hawai disfrutando un premio de empresa.

Realmente el acontecimiento no acaparaba mi entusiasmo. Margaret, hasta entonces mi novia declarada, a la que acompañé al Baile de Graduación; me había dado calabazas cuatro meses antes de Haloguai.

Aquella noche fui picoteando por la fiesta de chica en chica sin demasiado éxito. Eso sí, todas me daban muchos ánimos, mas tanta confraternidad y compadecimiento, tratándose de lo que se trataba, vamos, una merienda de negros, de pillar cacho y perderte con alguna de ellas en la espesura del bosque; pues como digo, tanta zafia comprensión me empachaba.

El olorcillo a hamburguesa de buey se iba difuminando entre las copas de los pinos y como no acababa de ubicarme, di una patada a una piña que rodó por la suave ladera de cuidado césped hasta la piscina oscurecida por la noche estrellada.

Decidí encaminarme a la cocina y allí apretarme un golpe de San Francisco, a ver si me ponía a tono y desterraba tristezas y desencantos. Me iría con Bart y Langa. Ellos estaban ya muy animados, no en vano habían pasado por el mismo trance que yo y en eso, me llevaban la delantera.

En la cocina. Solitario. Con cierta vehemencia se me enredaban los dedos en el vaso largo y los cubitos helados. Bajo el sonido del contacto entre hielo y cristal, escuchaba un twist lejano por el que surcaba impenitente el Pickup diminuto.

Buscaba zumo de piña y me dirigí a la despensa, pero al salir y sin esperármelo, como si de un sigiloso ataque de una pantera se tratara, me topé con las tetas latinas de Paulita.

Sí, tal cual digo. Paulita había desarbolado toda su delantera y avanzaba hacia mí entre las dos luces de la oscuridad de la despensa y el neón de la cocina.

Retrocedí como un idiota sin quitar ojo a los senos que se agrandaban por momentos, mientras sus manos me envolvían procaces y experimentadas. En aquel instante me caí, y Paulita sobre mi, armando un estrépito de cubos, cepillos, frascos, mochos y  bayetas confortando un lecho inhóspito. Entré en una especie de sopor que me retuvo, producido por el olor penetrante, rico e intenso a amoniaco perfumado en su derrame. Adivine entre la confusión un pecho untadizo, jabonoso y presto. Me puse a succionar su pezón como un niño glotón e insaciable mientras ella desabrochaba mi camisa y acariciaba, con su mano amoniacada, desde mi torso a mis mejillas. Los dos muy ávidos y afanosos, ligados por el espíritu volátil del cloruro amónico hasta que, encendiéndose la luz gritó la voz de Baby: -¡Correr! ¡Venid todos! ¡Paulita se está tirando a Junior!

El día de autos hacía mucho calor. En el único sitio donde se podía parar dentro de mi apartamento era sobre el suelo, en el cruce del pasillo por donde circulan las mínimas corrientes. La ventana del aseo daba paso a una corriente que se fugaba por la puerta del balcón. La hienda de la puerta que sale a la escalera, daba paso a la marea que se pierde por la ventana del salón y parece aliviarse la sensación de calor con el movimiento sinuoso de las cortinas al entrar la madrugada.

De pronto, en ese duermevela de la amanecida, que levanta la única brisa fresca, respirable, desde la orillas del río Hudson; empecé a percibir un agradable tufillo que provenía de las escaleras. Me sobresalté. Me di cuenta de que ese tufillo era la causa de mi desdicha. Alguien fregaba las escaleras del edificio con amoniaco perfumado a pesar de mi petición expresa, motivada y por escrito que había dirigido a la Asamblea Vecinal Comunitaria.

En calzoncillos y perdiendo las pantuflas corrí al piso del Presidente aporreándole la puerta. –“Está usted loco. Cálmese. Se ha producido un terrible error. La Agencia de Limpieza habrá mandado una chica nueva en sustitución por vacaciones”.- Explicó.

Escapé a meterme bajo la ducha fría pues, solamente con la mixtura que conformaba aquel aire alcalino, empezaba a sentir mi virilidad inhiesta. Créame señoría, intenté llegar hasta la calle alejándome de mi perdición, pero no pude pasar del umbral. Vi la luz encendida del cuarto de la limpieza y pudo la tentación a la terapia. Empujé levemente la puerta y esta lentamente se abrió. Allí me pareció ver a Paulita. Sus pechos se abrieron sin mediar insinuación  para mi deleite: lúbricos, imponentes, aflanados con su guinda y todo, su pezón. Sus pezones vibrante parecía que fueran a perder el equilibrio y lejos de que se vencieran por la grabada al suelo, mi lengua almibaró esa caída, anhelante de heroísmo en tamaño sensual rescate. En aquel instante me caí, y Paulita sobre mi, armando un estrépito de cubos, cepillos, frascos, mochos y  bayetas confortando un lecho inhóspito. Entonces, solamente entonces Magistrado, comencé a salir de esa especie de sopor en que me sume mi abandonada adicción al amoniaco perfumado, dándome cuenta que no era Paulita, sino una madura hembra afro americana. Qué no eran dulces caricias sino puños los que me propinaba gritando: -¡Dios Santo de Israel! ¡Este maldito blanco quiere violarme!