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::: El Tíu del Pimientu

Autor: Valentín Flores Escalera Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2005) Ver obra y Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

El Tíu del Pimientu

Y llegó el otoño
con sus hojas muertas,
con sus nubes grises,
los sueños del amor,
los tejados mojados...
los días tristes.

“Los días tristes, sobre todo eso, los días tristes”, se dijo a sí mismo mientras a través de las ventanillas del tren veía pasar los campos mojados envueltos con el humo de la locomotora. La poesía le había salido casi de un tirón nada más iniciar el viaje desde Plasencia hasta Garrovillas, aunque la idea se le ocurrió en cuanto dejó de ver la nieve de la Covacha y la portilla del Guijo.

Nadie más que él ocupaba el vagón. Sólo el revisor y la inquisidora visita de la Guardia civil le distrajeron de su tarea poética. La hora y media del siempre cansino viaje se le había hecho corta. Cuando el tren se detuvo por quinta vez, guardó la libretilla donde apuntaba sus notas y sus cuentas y donde también había escrito la poesía. Recogió la pequeña maleta de madera de nogal, cuya desvencijada cerradura estaba reforzada con un cinturón, y descendió del tren. Abajo le esperaba, como cada año, el Sr. Francisco, “el tío mona” como le llamaban en el pueblo en honor a las diarias borracheras que, en compañía de sí mismo y de Victorino el de correos se cogía en las tediosas horas de espera desde que llegaba a las 11 de la mañana con el carro, en donde transportaba la escasa paquetería que salía del pueblo (los rollos de la película de turno y poco más) hasta que llegaba el Tren Correo de las cuatro de la tarde, procedente de Salamanca y Madrid, donde venía la también escasa paquetería procedente del Norte (bultos para algún comerciante, la caja de la levadura para los panaderos, los rollos de la película y poco más).

–¡Qué tal Sr. Francisco! –le dijo mientras recibía el rutinario y temido apretón de manos.

–Vamos tirandu Sr. Robustianu ¿Qué tal vien el pimientu ogañu?

–Muy bueno Sr. Francisco, muy bueno, y barato. Es de las pocas cosas que no han subido desde el año pasado.

–Así será si usté lo dí, polque los cochinus, al menus pol aquí tampocu han subiu. Están más baratus quel añu pasau. Ogañu ha siu malu, mu secu. La cosecha ha siu mala y bellotas ha haviu pocas, así que la genti no tien perras pa la matanza. Muchus, de los dos cochinus que tenían pal apañu, quierin vendel unu pa sacal algunus cuartus, peru pocus tienin cuartus pa comprarlu, asín que no hay mercau. Los cochinus ná más que se pasean ca quince días de la cochinera al rodeu, y del rodeu casi siempri a la misma zajurda. ¿Cuántus sacus vienin, los de siempri?

Dejó al tío mona cargando en su carro los cuatro sacos de treinta kilos, y tras colocar la maleta entre las dos esportilllas que a modo de alforjas colgaban del transportín de la bicicleta, inició la tercera y última etapa del día: Aún le esperaban siete duros kilómetros cuesta arriba, más uno (el último) cuesta abajo.

No tendría más de quince años la primera vez que vino con su padre, y ya tenía cincuenta y cuatro. Casi treinta años haciendo lo mismo, por las mismas fechas, con la misma rutina y la misma balanza de platillos de cobre, las mismas esportillas, la misma maleta, el mismo tío mona con el mismo carro y la misma mula, seguramente el mismo tren... El revisor y los guardias civiles no serían los de siempre, pero lo parecían. En todos estos años la única novedad fue la bicicleta BH que hace diez años sustituyó al burro cuando, cansado ya de transportar sacos de pimentón y de recorrer mundo, se le ocurrió morirse.

La boina, la chambra y el pantalón no eran los de siempre, pero nadie lo diría.

La plaza del pueblo seguía tan grande y bonita como siempre. Nunca había visto ninguna tan grande, y allí, en los portales de abajo, donde estaban las posadas, se alojaría, como siempre, en la del medio.

El recibimiento del Sr. Santiago –“tacón” para los que lo conocían– y la señora Julia, no fue más animosa que la del tío mona.

–Peru no se procupi, Sr. Robustianu –le dijo “la pelá” (así llamaban a la posadera sus paisanos) –que si no es el unu será el otru, peru los cochinus, gordus o flacus, hay que matarlus tous, y el pimiento se gasta, porque el ladrillu machacau no resulta. Lo peor va ser cobrarlu, pero tou llegará, sabi usté que somus probis pero honraus.

Tras el merecido e incómodo descanso en la habitación de siempre, con el catre de siempre y la jergonera nueva, el Sr. Robustiano inició su rutinaria venta domiciliaria.

El grito pregonero de: “¡AL RICO PIMENTÓN DE LA VERA!” sacaba a las mujeres de sus casas si es que no estaban ya en la calle.

–¡Ha veniu el Sr. Robustianu! –Se decían unas a otras, al tiempo que las que ya habían comprado calificaban, unas con cicatería y otras con generosidad, la calidad del pimentón.

–Sr. Robustianu, yo quieru un kilu, medio del dulci y medio del ocal.

–Yo quieru kilu y medio, Sr. Robustianu, quel míu es mas grandinu –decía otra.

–Sr. Robustianu, a mí me ponga dos, que a mi mariu le gusta calgainu de pimientu y fuerti, así es que me lo da del ocal.

Y así, puerta tras puerta, calle tras calle, y día tras día hasta vaciar las esportillas cargadas en la bicicleta.

–Ya se lo pagaré otru día, Sr. Robustianu, –decían la mayoría– peru no se procupi, que antis que usté se vaya pa nochibuena ya lo tendrá cobrau.

Los domingos, como era fiesta de guardar, el Sr. Robustiano cambiaba su chambra gris rojiza y la boina con la pátina roja por una chaqueta de pana marrón y una boina menos mugrienta y, después de misa mayor, se dedicaba a cobrar lo vendido días o incluso semanas antes.

Las que en su día salían solícitas al grito pregonero del Sr. Robustiano, se guardaban en sus casas nada más verlo, y las que estaban dentro atrancaban la puerta cuando oían el susurro que, como una suave brisa, recorría las calles: “¡Que vien el tíu del pimientu! ¡Ya está aquí el tíu del pimientu!”

Sólo las que habían vendido algo de chacina saldaban la deuda con el tíu del pimientu.