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::: El secreto de la espuma de mar

Autor: Antonio Burillo Puig Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

El secreto de la espuma de mar

Hacía mucho tiempo que el teléfono no me despertaba un sábado por la mañana, pero ese oscuro día de invierno, aun no había amanecido casi, cuando sonó de repente en la mesita de noche. Todavía dormido, y sin saber que contestar después de una durísima semana de trabajo en la que la media de horas de sueño había sido de cuatro, descolgué el auricular.

Era mi cuñada Rosa Mari. Estaba llorando y casi no se le entendían las palabras. Entre eso y mi estado de duermevela en el que me encontraba, casi no era capaz de saber que era lo que quería decirme y lo que estaba sucediendo. Le pedí un segundo de tregua y, cogiendo el vaso que habitualmente tenia en la mesita de noche, para tomar en caso necesario una pastilla para el dolor de cabeza o para dormir, bebí para aclararme un poco la voz pastosa de recién despertado. Entre las palabras entrecortadas de mi cuñada, adiviné que me quería decir que mi abuelo Anselmo, el padre de mi madre, había fallecido esa misma noche victima de un ataque cardíaco. Las palabras no alcanzaban a salir de mi garganta y simplemente le dije, “EN UNAS HORAS ESTOY ALLI”. Todavía dubitativo por la noticia y el sueño, me dirigí a la cocina para tomar mi habitual café de recién levantado

Las gotas de agua de la ducha posterior al café fueron despejando mis ojos y mi mente aún embotada por la desagradable noticia.

Mi abuelo Anselmo era una de las personas a las que más quería en este mundo, el que me inculcó el amor por los libros, profesión a la que llevo 12 años dedicado como ayudante del editor jefe en una pequeña pero importante editorial de Madrid. Tenía ya 86 años cuando falleció, pero mi mente le recordaba joven y activo aún, cuando recién jubilado de su trabajo de marino mercante y yo sentado en sus rodillas con pocos años, escuchaba atento las historias de tempestades, puertos desconocidos y lejanos, que para un chiquillo de 12 años, eran casi un misterio de la geografía. Poco a poco y con sus historias, que iba recordando a medida que pasaba el tiempo, fui, ya de mayor, recorriendo algunos de esos lugares que mi abuelo me contaba, y que yo, después le relataba mis experiencias en esos mismos puertos y ciudades por carta, que amablemente siempre me contestaba haciendo mención a si había visto este o aquel lugar, bar de marinos, monumento, etc.

Fueron muchos los años en los que escuché las historias que mi abuelo me contaba, que aumentaban mis ganas de aventura, propias de un joven inquieto y curioso como era entonces, y que sigo siendo, al menos, curioso, ya que las sienes ahora ya están plagadas de canas que delatan que mi juventud ya es tan historia como las que mi abuelo me contaba. Lugares de ensueño como Montevideo, donde residí por espacio de casi dos meses, para ayudar a terminar un trabajo en nuestra delegación sudamericana. Buenos Aires, con sus espectaculares avenidas y barrio portuario, donde conocí a una preciosa rubia, Mariana, de la que aún tengo noticias de vez en cuando. Nueva York, Boston, Terranova, Sydney, Melbourne, Papeete, y otros tantos y tantos lugares que había visitado, primero en mi incipiente imaginación de chaval, y luego personalmente. Los recuerdos de las imágenes de esos lugares, de los relatos de mi abuelo y de las ganas que tenía de volver a la casa donde nací iban aumentando en mi cabeza, ya bien despejada, mientras conducía por la carretera nacional I en dirección a Burgos. Sabía que me quedaban unas cuantas horas de camino, así que me relaje para tener una perfecta y clara percepción de la carretera, peligrosa en invierno a medida que avanzaban los kilómetros.

Paré en Miranda de Ebro, para tomar un pequeño tentempié y luego proseguir el camino. Aún no me hacía la idea de que mi abuelo, al que hacía varios años que no había tenido ocasión de volver a ver por motivos de trabajo, ya no lo vería más. Al menos, me quedaba el consuelo de que había muerto en paz y sin sufrir, lo cual, después de la vida dura que había tenido, era más de lo que cualquiera podía esperar. Cuatro naufragios no habían podido con el y un ataque al corazón se lo había llevado para siempre.

A medida que me acercaba a mi destino, la marinera ciudad de Santoña, el olor a mar iba embriagando mis sentidos. Aún más, se despertaban los recuerdos de juventud, paseando por la playa con mi primera chica, Paloma, una madrileña que solía veranear allí y que gracias a mi trabajo, había vuelto a reencontrar hacía pocos tiempo. Las lluvias de invierno, los días grises, el estudio de las mareas, bajo la atenta mirada y palabras de mi abuelo Anselmo, miles y miles de recuerdos de rostros y personas de las que no era capaz de recordar su nombre y que en algún momento, había pasado por mi vida.

Estaba ya entrando por las estrechas callejuelas del barrio marinero de la ciudad, donde mi abuelo había conservado la casa donde nació, en la que nacimos también mis hermanos y yo, y en la que hacía tan solo unas horas, se había apagado su vida de repente. Allí vivía mi hermano mayor Pedro, nombre de mar y marinero también de profesión. Había sido el único que había mantenido la tradición familiar y desde hacia ya 6 años, era práctico jefe del puerto, autoridad importante en cualquier puerto que se precie, sea pesquero o mercante y que su carácter fuerte, a la vez que amable, le quedaba como un guante. Fue su esposa, Rosa Mari, la que me había llamado y que me esperaba en la puerta del viejo y desgastado edificio de 3 plantas que miraba al mar por su parte trasera. Junto a ella, sus dos hijas, Soledad y Carmen, a las que desde 5 años atrás, el tiempo que hacía que no visitaba la ciudad, no veía. Tras saludarlas entre llantos y abrazos, las dos niñas, bueno, mejor diría, dos espléndidas jovencitas de 12 y 15 años, me cogieron de la mano y me llevaron al desván.

No era propiamente un desván sino que era una especie de buhardilla, perfectamente arreglada con cocina y baño, donde el abuelo vivía, apartado del resto de la familia, adorando recuerdos de sus andanzas por los mares del mundo. Tumbado sobre su cama, vestido con el viejo uniforme de marino militar, con sus galones aun resplandecientes, estaba el abuelo Anselmo. Era la ropa con la que quería ser enterrado, aunque yo no sabía el motivo de tal circunstancia. Las niñas no se separaban de mi mano y miraban con ojos llorosos la imagen de su bisabuelo tumbado, quieto, distante y frío ya, que yacía sobre el camastro, recuerdo del viejo “AURORA” el barco que durante más de15 años, había sido el hogar viajero del abuelo.

Abajo, en su casa, estaba mi hermano Pedro y su esposa Rosa Mari, preparando el café y los dulces para lo que serían unos largos días. Desde allí llamé a mi jefe diciéndole donde estaba y que tardaría unos días en incorporarme de nuevo al trabajo. Mi jefe, tan amable como siempre y sabiendo de mi carácter cumplidor, me daba licencia para tomarme los días que necesitara, conocedor de que, a mi vuelta, todo lo pendiente se resolvería con celeridad, aunque no había mucho trabajo ese invierno. Los grandes estrenos editoriales acostumbraban a esperar la primavera para salir, así que podía tomarme quizá hasta 15 días de merecidas vacaciones, porque ese año no había faltado ni un solo día a mi trabajo. Saludé con un fuerte abrazo a mi hermano mayor, y los dos, sentados en sendos sillones frente a frente, charlamos sobre el abuelo y me comentó que estaba esperando la llegada de mis padres, de mis tíos y de mis hermanos, ya que Pedro era el único que residía en la marinera villa. Extrañamente, había sido yo el primero en llegar, a pesar de ser el último al que avisaron. También sabía Pedro que no faltaría. La conexión entre mi abuelo y su nieto Fernando, o sea, yo, había sido siempre muy fuerte todo el mundo lo sabía, aunque tenían cierta envidia, era el que había heredado el carácter marinero y fuerte de mi abuelo. Yo, simplemente, era el aventurero que había hecho realidad el sueño de todos ellos, visitando y viajando los lugares que el abuelo Anselmo tantas y tantas veces nos había contado.

Pedro y yo, acompañados de sus hijas, nos dirigimos de nuevo al desván y allí Pedro me entregó una carta. Era del abuelo Anselmo. Habían falseado la muerte de mi abuelo. No fue un ataque al corazón lo que lo mató de repente. El abuelo llevaba ya varios meses enfermo y conectado a un respirador. Mi semblante cambió de golpe, desde el estupor al enfado, molesto porque no me hubieran comentado nada, es más, parecía que todo el mundo estaba al corriente de la enfermedad del abuelo. Pedro quiso disculparse por tal motivo, diciendo que yo debía estar muy ocupado con mi trabajo en la editorial para molestarme y me enfadé mucho, pero también entendí que si la enfermedad había sido larga, no hubiera podido estar todo lo que hubiera querido al lado de mi familia.

No había abierto la carta aún y las niñas me animaron a hacerlo. Al fin y al cabo eran las últimas voluntades autógrafas de mi abuelo referentes a mí. El escrito estaba formado por 6 folios de letra pequeña que enseguida reconocí como la de mi abuelo. Con lágrimas en los ojos, la lectura se hacía cada vez más difícil. Me estaba emocionando por las cosas que el abuelo decía en esa última misiva dirigida a mí. Era el legado de un viejo marino el que tenía entre mis manos. Muchas de las cosas que había en esa buhardilla me las dejaba a mí, haciendo especial mención a su colección de cartas de navegación, algunas con más de 200 años de antigüedad y verdadero tesoro del viejo marino. Dentro del sobre grande, había también un sobre más pequeño donde estaba escrito en su cubierta. “EL GRAN SECRETO DE MI VIDA”. Pedro, al leerlo, me miró con cara de sorpresa, porque desconocía, al igual que yo, que mi abuelo tuviera secretos para cualquiera de nosotros.

Abrí el sobre con sumo cuidado, cortando con la vieja navaja del abuelo que también formaba parte de mi legado, procurando no romper su contendido. La letra era más temblorosa de lo habitual en él y también estaba escrita en mayúsculas, cosa que me sorprendió, ya que el abuelo no solía usarlas ni cuando debía hacerlo. El mensaje decía así:

“MI QUERIDO FERNANDO:
HABRÁS LEÍDO MIS ÚLTIMAS VOLUNTADES CUANDO ESTE ESTO EN TUS MANOS, Y TAMBIÉN PROBABLEMENTE, HABRÉ PARTIDO YO PARA MI ULTIMO VIAJE POR ESOS MARES DE TINIEBLAS. ESTE ES MI ÚLTIMO ENCARGO PARA TI, EL NIETO CON EL QUE HE COMPARTIDO LUGARES Y VIAJES Y QUE ME HUBIERA GUSTADO QUE FUERAS MARINO, COMO YO, PERO TU CAMINO HA IDO POR OTROS LUGARES, NO MENOS FASCINANTES.
EL ENCARGO ES EL SIGUIENTE, ADEMÁS DE SER ENTERRADO CERCA DEL MAR, COSA QUE TANTO TU HERMANO PEDRO COMO TU PADRE CONOCEN, TE LEGO MI COLECCIÓN DE PIPAS. SÉ QUE NO FUMAS DESDE HACE AÑOS, PERO QUIERO QUE LAS CONSERVES TU, QUE LE DARÁS MEJOR USO QUE NADIE, SOLO QUE PARA POSEERLAS, DEBES DESCUBRIR EL SECRETO DE LA PIPA BLANCA, LA DE ESPUMA DE MAR, SABES QUE ERA MI PREFERIDA. CUANDO DESCUBRAS EL SECRETO, PODRAS LLEVARTELAS TODAS, EXCEPTO ESA, A LA QUE DARAS EL DESTINO QUE LE CORRESPONDE.
CON EL CARIÑO QUE TE MERECES Y QUE SABES QUE TE TENGO, SABIENDO QUE LOGRARAS CUMPLIR EL ENCARGO, TE MANDO UN AFECTUOSO SALUDO DESDE EL MAR DEL QUE NUNCA HE DE REGRESAR.
ANSELMO ESTÉBANEZ. CAPITAN DE LA MARINA MERCANTE ESPAÑOLA.

Al terminarla, se la di a mi hermano Pedro para que también la leyera, cosa que hizo casi tan rápidamente como yo, y, mirándome a los ojos con cara incrédula, esperaba de mi una explicación que en ese momento no supe darle.

La pipa en cuestión estaba apartada del resto. Mi abuelo tenía una considerable colección de pipas, en las que solía fumar. Ejemplares de maíz, de maderas nobles, de brezo, de cedro, algunas cuidadosamente labradas en su cazoleta por manos de quién sabe qué lejano país, pero la pipa blanca con la que solía celebrar todas las historias que me contaba estaba apartada, en la mesita de noche, colocada sobre el soporte metálico en el que descansaba separada del resto. Tenía la boquilla de color ambarino y el brillante color blanco que en su día debió tener, había desparecido, a pesar de los cuidados que mi abuelo le daba y una capa de hollín cubría su interior. La cazoleta tenía un precioso grabado. Una mujer de pelo largo, pechos exuberantes que parecían estar sujetos por sus brazos, que formaban la parte baja de la cazoleta y unos ojos expresivos que te miraban allá desde donde quiera que miraras la pipa. Sabía que era la preferida de mi abuelo, pero no tenía ni idea de porqué. Junto a ella, un sobre pequeño, de color grisáceo, cerrado con cuidado, posiblemente me daría la primera pista para descifrar el enigma que la blanca pipa guardaba en su interior.

“BUSCA A LA MUJER DE OJOS BRILLANTES CUANDO SALGA DE LAS OLAS” decía de modo intrigante el sobre, en letras grandes, mayúsculas, garabateadas en un papel amarillento por el tiempo. Mi hermano Pedro me miró extrañado y asombrado igual que lo estaba yo en ese momento. No sabía por donde empezar a buscar, aunque lógicamente, debía esperar la llegada del resto de la familia y enterrar al abuelo justo en el lugar que él había decido que debía hacerse. Pedro, asimismo, también me dijo en voz baja que no debía comentarle a nadie el contenido de las cartas.

A lo largo del día, fueron llegando mis padres, tíos, hermanos y el resto de la familia, que se habían ido alejando en el transcurso del tiempo de la casa familiar donde ahora nos encontrábamos. Las muestras de cariño para el abuelo eran muchas, no solo de la familia, sino de gran parte de la gente del barrio marinero de Santoña, ya que mi abuelo, desde que se jubiló, era una auténtica institución entre los marinos, jóvenes y mayores, que habitaban en la ciudad. El entierro fue multitudinario y el traslado de los restos al lugar designado fue mas largo de lo previsto, ya que la gente quiso acompañarle y darle el adiós merecido a tan insigne, pero desconocido para la historia, marino de la ciudad.

Dos días más tarde, el único miembro de la familia que quedaba en la ciudad era yo, el resto, había vuelto a sus lugares de residencia y la amarga sensación de que la familia no estaba unida se acomodaba en mi interior. Dormía en el mismo desván donde habitó el abuelo, sólo que dormir, más bien lo hacía poco. Se me pasaba el tiempo repasando los viejos cuadernos de bitácora de los barcos que había comandado el abuelo en todos sus largos años de marino. A medida que los leía, miles de recuerdos asomaban también a mi mente, lugares que había visitado, tanto personalmente como de forma imaginaria en los relatos que el abuelo me contaba de niño y de no tan niño y que siempre escuchaba atentamente.

Las niñas subían a traerme la comida y se sentaban a mi lado para escucharme contar las historias del abuelo y las mías propias. Se sentían fascinadas por la intensidad de los mismos y Carmencita, la más pequeña, me dijo que me ayudaría a resolver el enigma de la pipa del abuelo. La miré en ese momento con cara sorprendida, ya que no tenía la menor idea de que esa niña, despierta, delgaducha, alta y desgarbada, de ojos negros brillantes y vivarachos como los de su madre, conociera algún detalle de ese secreto.

Soledad se había marchado con la bandeja de la cena, pero Carmencita se quedó a mi lado tumbada en la cama. “SOLIA DORMIR CON EL ABUELO MUCHAS NOCHES Y ME QUEDABA DORMIDA MIENTRAS ME CONTABA HISTORIAS DE SUS VIAJES Y ME HABLABA DE TI” Mi cara de sorpresa aumentaba por momentos. Desconocía que el abuelo hubiera hablado a la niña sobre mí, pero también me recordaba a mi mismo, cuando a su edad, solía hacer lo mismo que ella, pasando noches en vela escuchando hasta que me rendía el cansancio y el sueño, las historias del abuelo.

“¿QUE MAS TE DECÍA EL ABUELO, PEQUEÑA?” le pregunté ya un tanto inquieto por tantas similitudes entre ella y yo. Ella se había dormido vencida por el sueño y yo pensé en hacer lo mismo. A la mañana siguiente, tendría ocasión de preguntarle.

La chiquilla era una buena estudiante pero durante esa semana casi no acudió a la escuela, con gran enfado de sus padres cuando se enteraron. Todas las mañanas, justo después de desayunar, cosa que compartía conmigo, me hacía llevarla a la escuela, donde no entraba, y me llevaba al paseo marítimo a dar largos paseos, cogida de mi mano. Me hablaba con gran cariño del abuelo, del mismo modo que yo recordaba hablar de él con mis compañeros de escuela y correrías de juventud. Una mañana gris, casi lluviosa de invierno, una imagen la hizo estremecer y noté su gesto a través de su mano cogida a la mía. “¿QUÉ SUCEDE?” le pregunté con un gesto de preocupación, pensando que a la chiquilla le sucedía algo. “MIRA EN EL AGUA” me dijo señalando a una figura que nadaba poderosamente entre las olas que poco a poco iban creciendo de tamaño, señal de que una tormenta acechaba.

No era capaz de distinguir nada, aparte de esa figura, evidentemente humana, que nadaba vigorosamente haciendo caso omiso a las advertencias del propio mar. La chiquilla me dijo entonces “EL ABUELO SOLÍA TRAERME A VER NADAR A ESA CHICA. CREO QUE TIENE ALGO QUE VER CON EL SECRETO, AL MENOS, AL ABUELO SE LE MOJABAN LOS OJOS CADA DÍA CUANDO LA VEÍA Y ME COGÍA FUERTE DE LA MANO. YO LE PREGUNTABA ALGUNAS VECES, PERO SÓLO SABÍA DECIRME QUE ALGÚN DÍA, JUNTO CON SU TIO FERNANDO, LO AVERIGUARÍA. YO SÓLO TE CONOCÍA DE OÍDAS Y DE LOS RELATOS QUE EL ABUELO ME CONTABA DE TI, PERO EN SUS OJOS SE LE NOTABA UNA GRAN TRISTEZA”.

Las palabras de la chiquilla me hicieron pensar, pero el tiempo se avecinaba tormentoso y era casi la hora de volver a casa, así que nos dirigimos al edificio, aunque ninguno de los dos dejamos de pensar en ello, como me confesó esa noche Carmencita. Al día siguiente, el amanecer era también sombrío, pero ambos nos habíamos pertrechado de impermeable y botas para no mojarnos si la lluvia pertinaz hacía acto de presencia. Durante mucho rato paseamos por el paseo, mirando a la playa fijamente. El mar estaba menos encrespado que el día anterior, pero igualmente peligroso, al menos eso le dije yo a la niña, intrépida, que quería meterse en el agua. Bajamos a la arena a andar, mojándonos los pies en las frías aguas del cantábrico. Una solitaria toalla y un chándal azul marino, con el emblema del club de natación de la ciudad, donde yo mismo había pasado muchas horas metido en el agua aprendiendo a nadar bajo la atenta mirada de mi abuelo, estaba cuidadosamente colocado encima de unas zapatillas de deporte para que no se ensuciara. En la lejanía, se adivinaba el chapoteo de la dueña de esa ropa, pero no se podía ver nada de su figura. Carmencita y yo, nos sentamos encima de mi gabán, que cuidadosamente coloqué sobre la arena, y saqué una de las pipas del abuelo. Era una enorme pipa negra, con tapadera metálica y una inscripción en alemán que indicaba que era un recuerdo del puerto de Hamburgo. A pesar de hacer más de 5 años que había dejado de fumar, tomé un pellizco del tabaco que solía usar el abuelo y llené con cuidado la pipa, para posteriormente encenderla con su propio mechero. Al oler el intenso aroma del tabaco, la niña cerró los ojos y un suspiro salió de su boca cerrada, mientras una lágrima callada caía de sus vivarachos ojos negros.

Parecía extraño, pero en ese momento, sentí con ella la misma conexión que solía tener con mi abuelo en circunstancias similares, sólo que yo no faltaba a la escuela, porque él se encargaba de llevarme directamente dentro del aula. No se el tiempo que pasó hasta que una grácil figura, vestida con un traje de neopreno de brillantes colores, salió a pocos metros de nosotros. Su pelo de color bronce se sacudió las gotas de agua que quedaban en el y el brillante neopreno hacía de ella una especie de monstruo marino salido de las oscuras aguas. No dijo nada cuando cogió la toalla que estaba a unos pocos centímetros de las manos de Carmencita, apoyadas en la arena. Al secarse el rostro, divisó los ojos de la niña, negros y grandes, que la miraban con descaro.

“HOLA CARMENCITA, CUANTOS DIAS SIN VERTE” dijo la desconocida mientras se quitaba el traje de neopreno de colores. No pude hacer otra cosa que mirar ese rotundo cuerpo que se mostraba frente a mí, con tan solo un bañador de competición de color azul eléctrico todavía mojado. “HOLA SARA” contestó la chiquilla a mi lado, levantándose para darle dos besos a la hasta ese momento, desconocida muchacha. La pipa aún no había terminado y humeaba en mi boca, a la vez que yo me levanté también, mientras la niña nos presentaba. “ESTE ES MI TIO FERNANDO, HA VENIDO PARA EL ENTIERRO DE MI ABUELO ANSELMO” Los ojos de la desconocida se nublaron por un momento, poblándose de pequeñas lágrimas. “NO ME DIJISTE QUE CONOCIAS A LA CHICA NI QUE TAMBIEN CONOCÍA AL ABUELO” dije yo en un todo un tanto de desagrado. Carmencita bajo su mirada al suelo mientras Sara la cogía de la barbilla poniéndose a su altura, en cuclillas.

“DISCULPE A LA CHIQUILLA, FERNANDO” me dijo ella en tono conciliador después de acariciarle la cara y levantar la mirada de Carmencita. “SI ELLA NO LE DIJO QUE CONOCÍA A SU ABUELO, QUE AHORA CREO QUE ERA BISABUELO, FUE POR DESCONOCIMIENTO. ELLA, SU ABUELO Y YO NOS CONOCEMOS HACE TIEMPO. SOLÍAN VERME NADAR MUCHOS FINES DE SEMANA EN LA PLAYA, Y UN DIA LA CHIQUILLA SE ACERCÓ A MI, TIRANDO DE SU ABUELO. EL ABUELO ANSELMO ERA UNA PERSONA MUY QUERIDA PARA MI, SE PORTÓ SIEMPRE MUY BIEN CONMIGO, DESDE PEQUEÑA, AUNQUE YO YA LE CONOCÍA ANTES DE QUE LA CHIQUILLA LO TRAJERA.”

La charla con Sara fue mas interesante de lo que en un principio pudiera parecer. Ella se vistió con el chándal que llevaba y los tres juntos, fuimos a tomar un refresco a una terraza cercana, donde siguió hablándome del abuelo como si le conociera de toda la vida. Cada vez que la miraba, me daba cuenta de que había algo en ella, algo que me recordaba a alguien pero no era capaz de adivinar ni a quien ni en qué momento de mi vida existía esa imagen en mi mente. Tras varias horas de amena charla, muy cómodos los tres, Carmencita y yo nos dirigimos a casa de vuelta. Me subí pensativo, con la duda aún en mi cabeza sobre de qué conocía yo a esa chica, era un recuerdo de juventud, algo muy fuerte e intenso que había sucedido muchos años atrás, en una circunstancia parecida a la de hoy.
Sentado sobre el camastro del desván, mientras la niña comía y hacía los deberes, cogí por un momento la pipa de espuma de mar y la estuve mirando fijamente durante largo rato. No sabía que estaba buscando en ella, ni siquiera sabía si sería capaz de encontrar y resolver el acertijo que mi abuelo había puesto en ella. Estuve a punto de tirar la toalla y volver a Madrid, a mi trabajo, y concentrarme en mis cosas, pero pensé que mi abuelo se revolvería en la tumba si hiciera algo así. Al poco rato, mientras estaba absorto en mis pensamientos, no me di cuenta de que Carmencita había subido y estaba sentada a mi lado, mirando también fijamente la pipa blanquecina que tenía en mis manos. Con tan solo dos palabras, descifró el acertijo de mi abuelo. “MIRA LOS OJOS DE LA PIPA, ¿NO PARECEN LOS DE SARA?” No había reparado en tal detalle, pero era cierto, los ojos de la imagen grabada en la pipa eran idénticos a los de la muchacha de cabellos color bronce que esa mañana había estado hablando con nosotros.

Bajé corriendo tan rápido que la chiquilla se asustó al verme hacerlo, pero corrió detrás de mí. Salí a la calle en dirección al paseo marítimo con la intención de buscar a Sara, pero no fui capaz de verla ya. En ese momento estaba desesperado, con ganas de encontrar una respuesta a las muchas preguntas que se agolpaban en mi mente y que tenía la necesidad de hacerle a Sara, pero de vuelta a casa, ya mas calmado y teniendo claro que la mañana siguiente sería la decisiva, recordé muchos momentos iguales a los que Carmencita y yo habíamos vivido esa mañana.

Muchos fines de semana, recordaba que mi abuelo se paraba a charlar con una dama elegante y en ocasiones, nos sentábamos los tres en una terraza similar a la que tan sólo unas horas antes, ocupábamos Carmencita, Sara y yo. Yo tenía más o menos la edad de la chiquilla cuando eso sucedía y mi abuelo había enviudado unos años antes, cuando yo tenía tan solo 3 años, así que casi no conocí a mi abuela. Para mí esa señora con la que mi abuelo se encontraba, era mi abuela, pero también el recuerdo extraño de las palabras del abuelo diciéndome “GUARDA EL SECRETO, NO DEBE SABER NADIE ESTO, PORQUE NO LO ENTENDERÍAN” Poco a poco me di cuenta de que estaba descubriendo el secreto de mi abuelo, oculto durante muchos años en mi mente, hasta que una niña que había compartido con él casi tantos secretos como yo, me había abierto ese secreto de un modo que no podía imaginar.

Carmencita y yo, una noche más, nos tumbamos juntos en la cama y le estuve preguntando cosas sobre Sara, y me sorprendía con la ingenuidad propia de una chiquilla de su edad, porque me hablaba de ella con naturalidad, sin llegar a adivinar siquiera que la chica que llamaba Sara, era también familia suya, lo cual descubría mañana por la mañana, siempre y cuando Sara acudiera a su habitual sesión de natación en el mar. Lógicamente, ni ella ni yo dormimos nada, ella imaginé, intrigada por tantas preguntas y yo, por supuesto, presa de la excitación de haber descubierto el secreto de mi abuelo que tan celosamente guardó durante años.

Creo que tanto el café del desayuno como la ducha, fueron de las más rápidas que nunca he tomado y Carmencita me estaba esperando en el portal, dispuesta, un día más, a acompañarme sin ir a la escuela. Extrañamente había amanecido un día radiante y el sol brillaba en todo su esplendor. No se podía decir que hiciera calor, pero necesitaba las gafas de sol, no sólo por la brillante luz, sino también para disimular la noche en blanco que había pasado pensando. En el bolsillo de mi chaqueta de lana llevaba la pipa blanca, con ganas de descubrir al fin el secreto de la misma, aunque creía tenerlo bastante claro.

El paseo fue lento, ceremonioso, buscando al horizonte la estela dejada por la nadadora hasta ayer mismo desconocida y fue la niña, una vez más, la que descubrió el montón de ropa, cuidadosamente colocado en la arena y la estela de la chica, nadando con vigor como la mañana anterior. Carmencita me soltó la mano para bajar las escaleras que conducían a la arena y tuve que hacer un gran esfuerzo para seguirla, mis rodillas no estaban en la mejor forma después de muchos años de no hacer deporte. Carmencita se sentó justo al lado de la ropa, igual que hizo el día anterior y yo de nuevo, volví a encender la pipa, pero esta vez, era la blanca pipa la que mostraba las azuladas virutas de humo por su boca. Sara, al igual que el día anterior, al ver a la chiquilla, se acercó a darle dos besos y a mi me tendió la mano para saludarme, que todavía estaba húmeda, disculpándose por ello. Con un atrevimiento infinito por mi parte, le pedí que nos dejara acompañarla a su casa, que tenía que decirle algo muy importante a su madre. Sara me miró con esos grandes ojos, casi iguales a los que Carmencita mostraba cuando se sorprendía por algo, pero asintió. Ver esa mirada, me hizo tener más claro aún el resultado del acertijo.

Camino de su casa, Sara me preguntó de qué conocía yo a su madre, y le conté algunos de los momentos que recordaba lejanos, pero muy parecidos a los que había vivido la mañana anterior con ella y con Carmencita. Sara movía la cabeza sin entender nada pero seguía andando con paso firme. Al llegar a su portal, nos dijo que esperáramos un segundo, subiendo antes que nosotros a fin de avisar a su madre de la visita. Minutos más tarde, ambas salieron por el balcón indicándonos que podíamos subir, cosa que hicimos sin pérdida de tiempo, Carmencita siempre por delante de mí devorando las escaleras de dos en dos. Sara, educadamente, nos presentó a su madre, que al verme, puso una tremenda cara de sorpresa. La joven le preguntó qué era lo que sucedía, ya que su madre se había dejado caer de golpe en el sillón que estaba detrás y en el que se hallaba sentada cuando llegamos nosotros.

Yo la llamé por su nombre Aurora, y Sara se me quedo mirando sin saber que decir. Mi rostro reflejaba una mirada maliciosa, pero a la vez sonriente, recordando los momentos en que esa mujer me acariciaba los cabellos cuando era un chiquillo.

“HAS PERDIDO MUCHO PELO, FERNANDO, ME ALEGRA VERTE” me dijo ella con la voz entrecortada por la emoción.
“ME ALEGRA VERLA A USTED TAMBIEN, SEÑORA AURORA, DESPUÉS DE TANTOS AÑOS, Y QUE LOS AÑOS NO HAN PASADO POR USTED, AUNQUE SÍ POR MI, COMO USTED MISMA PUEDE COMPROBAR.”

Aurora, poco a poco, se fue soltando y preguntando cosas sobre mí, mi trabajo, si tenía familia, etc. etc. sin que ni Sara ni Carmencita entendieran nada. En un momento dado, Aurora le dijo a Sara que llevara a Carmencita a su habitación y le enseñara los muchos muñecos que ella tenía allí. Pocos segundos después de que le alejaran, Aurora se dirigió a mí en tono solemne. “VEO QUE HAS ADIVINADO EL SECRETO DE TU ABUELO. LO HABÍAMOS GUARDADO TAN CELOSAMENTE QUE SÓLO HA SIDO CAPAZ DE CONTARTELO MEDIANTE UNA ADIVINANZA, DE ESAS QUE TANTO TE GUSTABAN Y DESPUÉS DE MORIR. EFECITVAMENTE, SARA ES HIJA DE TU ABUELO Y MIA, ES TU TIA, ELLA NO LO SABE Y RESPETANDO LA VOLUNTAD DE TU ABUELO, NO DEBE SABERLO. ELLA CREE QUE SU PADRE MURIO EN EL MAR. YO NO LE DIJE LO CONTRARIO, YA QUE MI DIFUNTO MARIDO FALLECIÓ EN UN NAUFRAGIO. YO ESTABA CASADA CUANDO CONOCÍ A TU ABUELO”

Poco a poco fueron desgranándose detalles de la vida de esa mujer con mi abuelo, algunos de los cuales, yo había sido partícipe, especialmente después del fallecimiento de su marido. Por supuesto, prometí guardar el secreto y, creo que cumpliendo el deseo de mi abuelo, le entregué la pipa blanca que guardaba en mi bolsillo. A ella se le humedecieron las lágrimas, y se levantó un segundo. Al volver, traía en sus manos una fotografía. Era exactamente la imagen que estaba grabada en la pipa. Realmente era una hermosa mujer y Sara había heredado los rasgos de ella, a excepción de los ojos, que eran idénticos a los que yo recordaba de mi abuelo. Se echó a llorar al tener la pipa entre sus manos, y se disculpó por no haber acudido al entierro. No creía que fuera lo más adecuado, ya que nunca se casaron ni tuvieron el deseo de hacerlo, simplemente, fueron felices tal como estaban. Se acercaba la hora de volver con Carmencita a casa y Aurora, con voz dulce, las llamo a las dos.

Se acercaba el momento de despedirme de la familia, después de esas jornadas de descanso, tristes, pero a la vez, alegres. El día anterior de mi partida, volví a visitar a la señora Aurora a su casa y le entregué la pipa para que la guardara ella, como tributo al que fue el amor de su vida. Ella no quiso cogerla, diciendo que si el abuelo había querido que yo tuviera las otras, esta no debía ser menos. Pero si le pedí una cosa a la que accedió. Paseando esta vez ella y yo solos, nos dirigimos al camposanto de la ciudad y allí, ambos arrodillados, rezamos en la tumba de mi abuelo, mientras ella enterraba la foto que me enseñó el día anterior. Ambos estábamos llorosos y temblando, así que nos abrazamos presa de la emoción y me dijo, “ SI ALGUN DÍA FALTO, CUIDA DE SARA, ES UNA LÁSTIMA QUE SEAIS PARIENTES, HACEIS UNA MAGNIFICA PAREJA, PORQUE ERES IGUAL QUE TU DIFUNTO ABUELO” Ambos nos reímos por la ocurrencia y volvimos andando a su casa. Me despedí de ella y le dije que al día siguiente, sábado, Sara estuviera en casa del abuelo para poder despedirme de ella junto con Carmencita.

Por la mañana temprano, con el coche ya preparado, vi llegar a Sara corriendo tras Carmencita, que había ido a buscarla a su casa para que se despidiera de mí. Me despedí de ambas con un beso y la promesa de que no pasaría tanto tiempo sin volver, así como invitarlas también a mi casa de Madrid, cosa que prometieron hacer. Con la gran sonrisa del deber cumplido, empecé el camino de vuelta que tan solo unos días antes había recorrido entre recuerdos de juventud, truncados por una despedida que nunca llegó a producirse.