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::: El pimental

Autor: Margarita González Martín Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

El pimental

La puerta estaba abierta y desde ella podía verse un taller artesano de cestería de castaño. Parte del taller lo ocupaban grandes banastas, cestos, verganchas de todos los calibres, un burro con rasera (banco de trabajo donde se abre la madera) y una pequeña mesa con corvilla, tijera de podar, martillo y diferentes compartimentos llenos de semences (púas especiales remachables). Sentado tras la mesa de trabajo se podía ver a un artesano tejiendo un cesto; sus manos endurecidas y estropeadas delataban el esfuerzo físico que conlleva este oficio

–Buenas tardes –le dijimos.

–Buenas, tomen asiento –contestó el artesano señalando a dos sillas de nea–, esperen un momento que termine y les atiendo.

Durante unos minutos hubo un silencio total; mientras, observábamos la agilidad con que esas manos trabajadoras manejaban las verganchas y la corvilla para dar los últimos retoques a la pieza.

El artesano levantó la cabeza y mirándonos preguntó:

–Ustedes dirán.

–Somos María y Sebastián, venimos de Madrid, estamos visitando La Vera y queríamos adquirir artesanía de la zona. Nos informaron que en Jaraíz aún existía un artesano banastero. Antes de comprar alguna pieza ¿podría explicarnos como se elabora este trabajo?

El artesano sonrió y nos contó largo y tendido: Mi nombre es Bernardino; yo también soy de Madrid. Hace años, cuando era joven, tuve problemas laborales, así que decidí abandonarlo todo y venirme a esta parte de Extremadura donde tenía un amigo de la mili. Antiguamente, en La Vera existía en cada pueblo uno o varios banasteros. Los bosques estaban repletos de castaños y eso facilitaba obtener la materia prima. Por ese motivo cuidábamos con esmero el monte, siempre estaba limpio de maleza y existía un equilibrio entre la naturaleza y el hombre. La década de los setenta fue el comienzo de la comercialización del plástico en jaulas, cestos, banastas, etc. y comenzó la decadencia en la cestería. Eso hizo que los jóvenes no quisieran continuar con el oficio artesanal que durante muchos años había sido medio de vida en el mundo rural de La Vera. En la actualidad solamente quedo yo, soy soltero y conmigo desaparecerá este oficio. Otro factor negativo para el sector es el monte, están transformándolo en plantaciones de cerezos. Cuando llegué a estas tierras mi buen amigo, que en gloria esté, me enseñó a trabajar la madera en su taller y estuve con él hasta que murió. Entonces fue el momento de comprarle a su viuda todos los utensilios y herramientas para instalarme por mi cuenta. En un taller de cestería es preciso que trabajen dos o tres personas para su buen funcionamiento. Acarrear la madera del monte conlleva gran esfuerzo, cuartearla es lo más duro, a continuación el equilibrado y por último fondar y tejer. Como les he dicho, no tengo descendencia y es difícil hacerlo yo solo. De todos modos tomé la decisión de continuar y a finales de los años ochenta compré esta casa que había sido de un carpintero y anteriormente, en el siglo XIX, de una familia de vinateros, por eso tiene bodega. En otra época el cultivo de la vid en La Vera era mayoritario, abundando el jaloco. ¿Desean ver la bodega?

–¡Sí! A mi marido le apasiona la arquitectura antigua ¿Verdad cariño? –Sebastián, mi marido, asintió con la cabeza.

Desde el taller comenzaban unas escaleras rústicas por las que descendimos, y Bernardino continuó su historia.

–Cuando adquirí esta casa, toda la bodega era como un aljibe de cincuenta o sesenta centímetros de altura de agua, las tinajas estaban volcadas y flotando; y no había luz. La primera vez que bajé con linterna sentí miedo, pero la curiosidad hizo que siguiera andando por medio de tanta agua, sin saber si habría algún pozo. En el fondo se reflejaban las bóvedas de piedra caliza y ladrillos macizos en los que descubrí una familia de murciélagos, que dormían plácidamente colgados, ajenos a lo que estaba sucediendo. Todo era misterioso y sorprendente. Fíjense, el final desemboca en ese pasadizo que era el aliviadero para el agua, cuando funcionaba correctamente y que llega a la avenida de la Constitución, por donde pasaba un arroyo ya desaparecido. Los mayores de este pueblo dicen que la parte antigua de Jaraíz estaba comunicada por las bodegas; en la actualidad quedan pocas, la mayoría están ya enterradas.

Volvimos al taller y, sentados en las sillas de nea, Bernardino continuó su historia.

–Hace más de cuarenta años que vivo en esta zona, la he recorrido palmo a palmo. A usted, que admira la arquitectura antigua, seguro que le gustará observar en los pueblos con qué precisión tan primitiva están construidas sus casas; el entramado de madera y adobe, en el subsuelo las bodegas y en las plazuelas, fuentes. La naturaleza es hermosa, existe gran número de gargantas y no sólo en primavera la vegetación es exuberante, también el otoño consigue un paisaje de colores que yo nunca había visto anteriormente. Si de verdad existió el Edén, está en los alrededores del Monasterio de Yuste, pues la vegetación es variada y salvaje; me faltan palabras para describirlo. La Vera la comparo con una mariposa: es tranquila y en sus alas se reflejan con diferentes formas y colores las gargantas, los montes y valles, el cielo azul, el rojo del pimentón... A pesar de la falta de familia, vivo plenamente feliz en esta parte del norte de Extremadura. Hablo demasiado y quizás les estoy aburriendo.

–No, nos aburre. Con sus explicaciones y las de los propietarios de la Casa Rural donde nos alojamos, estamos descubriendo mejor la zona y eso nos ha ayudado a tomar la decisión que nos habíamos planteado.

–¿Qué decisión, si puede saberse? –preguntó Bernardino con una ligera sonrisa.

–Por supuesto: De todos es sabido que la calidad de vida, recursos naturales, artesanales y gastronómicos, que ofrece el mundo rural, es superior al de capitales como Madrid. Los señores de la casa rural en que estamos nos han dicho que usted se retira y vende el edificio; así es que la historia se repite: igual que le sucedió a usted en su día, ahora nosotros tenemos problemas laborales, por lo que hemos decidido abandonarlo todo y venirnos a esta parte de Extremadura. Nuestro oficio en Madrid ha sido la hostelería, por tanto, ese campo es el que conocemos. Estamos decididos a montar nuestro propio restaurante. Será de calidad, cómodo y atractivo. En él, se ofrecerá principalmente gastronomía típica verata, condimentada con el extraordinario pimentón que aquí se cultiva y elabora. Esta casa reúne grandes posibilidades y tiene historia: Bodega, carpintería y artesanía; si llegamos a un acuerdo con usted, nos gustaría adquirirla y transformarla en restaurante. Se llamaría “EL PIMENTAL ”.

Bernardino escuchó y, con cierta emoción en la voz y los ojos enrojecidos, dijo con voz entrecortada:

–Me jubilo y este es el momento de deshacerme de estas propiedades, sabiendo que en mi casa se creará una nueva historia; seguro que llegamos a un acuerdo.