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::: El Medallón

Autor: Manuel Simón Vicente Ver autor

Publicado: Del tálamo al cálamo (2007) Ver obra

 

El Medallón

 

Mi hermano gemelo siempre fue el favorito de mi madre. Nunca se cansaba de repetir ¡pero qué guapo es “mi pequeñín!”. Nunca pude comprender su aseveración, pues como decía mi tía Macarena “¿Cómo puedes decir eso si lo dos son absolutamente iguales?”, pero para mi madre sólo eran torpezas de la gente que no sabe ver: según ella, mi hermano y yo no nos parecíamos absolutamente en nada. No había más que ver mis ojos para diferenciarlos de los de mi hermano, su bonita nariz, sus lindas orejas, sus preciosos labios… “¡Pero si son exactamente iguales!”, protestaba mi padre, pero nada perturbaba su absoluta determinación de que no nos parecíamos en nada, que por supuesto, mi hermano era mucho más guapo.

Recuerdo una tarde, cerca ya de las navidades, que nos acercamos a unos grandes almacenes, seguramente para ir haciendo acopio de los regalos de Navidad, cuando una estupenda señora, guapísima y muy bien arreglada se me acercó cariñosamente y dándome un beso felicitó a mi madre por tener dos hijos tan guapos y tan absolutamente iguales. Mi madre respondió muy airada que por supuesto éramos muy guapos, pero que ni éramos iguales, ni nos parecíamos en nada, ante el estupor de la pobre señora, que no supo qué responder.

A mi abuela paterna se le llevaban los demonios con este favoritismo de mi madre, y de no haber sido por mi padre, que siempre intercedía para evitar males mayores, hubieran tenido más de un disgusto. Un día, mi abuela, harta ya de las preferencias de mi madre, y ante el desmedido abuso de sus caricias y mimos hacia mi hermano, le dijo que si seguía así iba a conseguir “amariconar” al niño. El escándalo que organizó mi madre fue mayúsculo, a poco estuvieron de llegar a las manos, y juró que no volvería a pisar esa casa, ante la estupefacción y el dolor de mi padre, que como siempre, trataba de calmar a su esposa haciéndola ver que los dos niños, por ser gemelos, éramos exactamente iguales, lo que enfurecía muchísimo más a mi progenitora.

El paso del tiempo terminó dando la razón a mi madre. Para mi desgracia, mi hermano se convirtió en le chico más guapo del colegio, en el más deseado, todas las chicas se le acercaban suspirando, todas querían ser sus novias, a todas embobaba con su carita de ángel, nunca conseguí comprender cómo tenía tanto éxito con las chicas, mientras que yo, siendo exactamente igual que él, solo lograba rechazo. Había una rubita de ojos azules, muy tímida ella, seguramente debido a sus abundantes pecas, que me traía loco; cuanto más intentaba acercarme a ella más me rechazaba. Sus padres, se decía, eran rusos que habían huido de su país por culpa de las mafias. Yo me hice muy amigo de ellos con el objetivo de estar cerca de “Natacha”, que es como se llama. Estaban encantados conmigo y gracias a mí se hicieron amigos de mis padres, lo que agradecieron efusivamente, pues no tenían muchas amistades. Un maldito día le confesé a mi hermano que estaba locamente enamorado de Natacha, pero él sonrió y pareció no hacerme caso. Pronto me daría cuenta de la atención que me estaba prestando…

Aquella tarde juré odio eterno a mi hermano: había dejado entreabierta, seguramente a propósito, la puerta de su habitación que estaba junto a la mía. Mis padres habían salido con los de Natacha y no regresarían hasta tarde, y allí estaba él acariciando despreocupadamente la hermosa cara de la chica…

Pese a sentir un odio tremendo, una inmensa furia que inundaba mi cuerpo desde lo más hondo del estómago hasta sentir cómo ardía mi cara, no podía dejar de mirar la escena que me torturaba. Quería saber y no quería. Me dolía y a la vez necesitaba mirar.

Mi hermano y Natacha se encontraban sentados en la cama. Ella estaba vestida con el común uniforme del instituto; uniforme que sobre ella perdía su vulgaridad; una camisa blanca, que ensalzaba sus voluptuosos y firmes pechos, adornados con una corbata azul y grana, una faldita de colegiala que no llegaba a la altura de las rodillas, escondiendo el final de unas hermosas piernas blancas, de piel tersa, piel que dejaban entrever los calcetines subidos hasta la pantorrilla… ¡Oh, ese maravilloso final de sus piernas…! Por un momento, viéndola ahí, sentada en la cama con mi hermano, en actitud tímida mientras él la acariciaba, yo no podía dejar de pensar en lo que asomaba y no asomaba por el hueco que caprichosamente se había formado en su falda: el maravilloso final de sus piernas…

Salí de mi ensimismamiento cuando él se levantó, de repente… En ese momento, por temor a que me hubiera visto, entré lo más rápidamente que pude en mi habitación, haciendo el menor ruido posible, con el corazón latiendo furioso… Esperé unos instantes para asegurarme de que no venía hacia mí, y rezando lo que sabía para que no cerraran la puerta. Después de un tiempo prudencial, mis deseos, mi necesidad de ver lo que ocurría, pudieron con mi cordura y volví a asomarme cautelosamente…

Allí estaban los dos, esta vez de pie, callados, sin hablar, y mi hermano se dedicaba a desabrochar la camisa de Natacha, mientras ella, ruborizada, miraba sorprendida, pero inmóvil, hacia su escote, sin atisbo de gesto alguno que pudiera detener el propósito de esas manos experimentadas que le estaban desprendiendo de su blusa, y que en este momento ya se dedicaban a acariciar suave, tímida, lentamente sus inmaculados pechos. Ella cerró los ojos. Claramente podía observar que se estaba abandonando al placer del momento. Entreabrió la boca, dejando escapar un soplo de aire entre suspiro y gemido, y levantó su pecosa carita buscando un beso. Él sonrió, satisfecho. “Una conquista más”, imagino que pensaría…

No podía soportarlo más!!! No podía seguir viendo aquello; me estaba doliendo demasiado!! Volví a meterme en mi habitación, me senté en la cama… ¡no podía ser! Natacha estaba en la habitación de al lado; mi hermano la estaba sobando… ¡y sólo porque yo le había confesado que estaba loco por ella! Esta situación era surrealista!! ¿¿Y qué me estaba pasando?? ¿Por qué sentía la fatal necesidad de seguir mirando? De repente, una idea se me pasó por la cabeza: ¡él podía ser yo! Era como verse a sí mismo desde fuera! Sí, sí, podía pensar eso… Eso iba a ser lo que pensaría mientras seguía contemplando a Natacha… ¡¡Pero esto era de locos!! ¿Y qué me estaba pasando ahora? De repente sentí un calor inmenso en mi pene, que endureció en cuestión de segundos… esa increíble sensación de cosquilleo en mis testículos, ese ardor en todo el cuerpo… Tenía que volver a mirar.

Esta vez, mi hermano ya estaba sin camisa. Se encontraba situado detrás de Natacha. Aún seguían de pie. Estaba besándola por el cuello, lamiéndola, mordisqueando su perfecta orejita a la vez que agarraba su cabeza con una mano, para mantenerla inclinada, y con la otra tocaba, estrujaba un pecho y el otro, con el ansia y la rapidez de quien no es capaz de decantarse entre dos bocados igual de apetecibles. Natacha permanecía quieta, entregada, y dejaba escapar leves gemidos que actuaban como un resorte en mí, haciendo que mi miembro se volviera más duro si cabe, sintiendo claramente los impulsos de sangre caliente entrando en él. En ese momento, y como si mi igual me hubiera leído el pensamiento, procedió a liberarla del sujetador… Lo desabrochó con un movimiento magistral, y la prenda empezó a escurrirse de los hombros de la chica, ayudados por las caricias y los besos, hasta que ella decidió dejarlo caer del todo, permitiendo ver lo que tanto tiempo llevaba imaginándome. Sus pechos eran perfectamente blancos, al igual que el resto de su cuerpo, y ninguna peca los ocultaba… Sus pezones culminaban erectos, rosados y pequeños, invitándote a lamerlos, a succionar, a perderte con ellos… Placeres que mi hermano no tardaría en descubrir.

La tumbó sobre la cama, desprovista ya de sus zapatos, y se dispuso a quitarle los calcetines, aprovechando para admirar y acariciar sus piernas de vértigo, sus pequeños pies, chupar y lamer cada uno de sus deditos, y pasar de nuevo a sus muslos, subiendo lentamente la mano hasta mi deseado final, perdiéndose por debajo de su falda, haciendo que se estremeciera, se contorneara mientras gemía, esta vez más sonoramente, mientras ella misma se acariciaba los senos, y lentamente abría cada vez más las piernas, permitiendo a mi hermano pleno acceso para continuar.

Pude ver cómo él se desabrochaba el pantalón con la mano que le quedaba libre, mientras le quitaba las bragas. Dejó un momento la actividad para bajarse los pantalones y los calzoncillos. Su miembro estaba tan erecto como el mío… me percaté en ese instante de que llevaba algunos minutos acariciándome, sin haberme dado cuenta.

Mi hermano terminó de desvestirla, quitándole la falda y los calcetines. Allí la tenía: completamente desnuda, a su disposición, resuelta a seguirle el juego, deseosa de hacerlo. Él se tendió en la cama junto a ella, y se fundieron en besos, abrazos y caricias. Él la tocaba por todo el cuerpo: su espalda, sus hombros, sus pechos, su vientre, su pubis, sus muslos, su trasero… La cogió de la mano, y la condujo ávido hacia su pene, provocando que ella comenzara a acariciarlo, y que a mí me subiera el deseo de estar ocupando ese lugar, traduciéndose en un aumento del ritmo de mi masturbación. Natacha parecía patosa al principio, pero se notaba cómo aprendía rápidamente. La idea de que era su primera vez me estaba trastornando! En aquellos momentos parecía una experta, estaba colorada, excitada, agarrando el pene de mi hermano y moviéndolo con fuerza mientras él se dedicaba a sus senos, encima de ella ahora. La estaba acariciando con la lengua, bajando ahora por su vientre, hasta llegar a las ingles, donde se detuvo unos momentos. Ella había cesado en su actividad, y disfrutaba de esas nuevas sensaciones. La escena era muy excitante: Ella estaba echada en la cama, con las piernas flexionadas y abiertas. Mi hermano la agarraba de las nalgas, elevándole el pubis ligeramente para tener un mejor acceso al jugoso manjar que estaba a punto de catar…

En el momento en que él accedió con la lengua a su vagina, Natacha curvó su espalda y un gemido, casi un alarido, atravesó la habitación. Se agarró fuertemente a las sábanas, apretó sus ojos y, jadeante, comenzó un vaivén instintivo con sus caderas, mientras, mi hermano lamía su sexo, succionaba su clítoris, haciéndola vibrar y estremecer, incitándola a moverse cada vez más rápido, a jadear cada vez más fuerte, sacudiéndose, estremeciéndose, gimiendo, deslizándose, apretándose… hasta que soltó un largo grito de placer, relajando sus puños, soltando la sábana, cerrando sus piernas a la vez que las comprimía y continuaba resollando…

Mi pene iba a estallar, Tuve que parar de moverlo un instante porque iba a eyacular, y aún no era el momento: me estaba viendo a mí mismo dándole la vuelta a Natacha, colocada a cuatro patas sobre la cama, dejando a la vista su trasero perfectamente redondo, adornado en la parte inferior con una rosada vulva, claramente empapada de los jugos impulsados por los placeres que le habían hecho sentir. Mi hermano, que no yo, comenzó a acariciarla, provocando una vez más su excitación, y a la vez la mía, y comprobó que estaba lo suficientemente empapada y lubricada introduciendo primero uno, y luego dos dedos en su vagina, a lo que ella respondió con un gustoso quejido. Seguidamente, agarrándola por las caderas, la penetró impetuosamente, haciendo chocar la pelvis con sus nalgas, sacudiendo todo su cuerpo que se agitaba como un flan, sobre todo sus pechos, a los que ahora se asía él, como si necesitara un apoyo para seguir empujando.

Algo extraño pasó en aquel momento: a pesar de que yo mismo me estaba masturbando, sentía claramente la sensación húmeda y deliciosamente cálida en mi pene, notaba como si estuviera entrando y saliendo en la vagina de Natacha. En numerosas ocasiones he leído que, cuando un gemelo está teniendo una emoción muy intensa, el otro hermano puede llegar a sentirla aunque se encuentren separados a mucha distancia. A mi igual y a mí, sólo nos separaban unos metros, e incluso yo estaba observando cómo transcurría su “affair”, pero aquella sensación era demasiado vívida para estar imaginándomela: realmente, podía ser yo el que estuviera ahora dentro de ella…

De Natacha afloraban gritos de placer al ritmo del movimiento marcado por mi hermano, sudoroso, apretando nuevamente las sábanas bajo sí. Él también comenzó a jadear, y entre los tres entonamos una sensual melodía, pasando del allegro al presto, y culminando con una explosión en acordes: primero el de Natacha, seguido con inmediatez de los nuestros al unísono… Compenetrados y gemelos éramos hasta tal punto…

Abandoné el pasillo para entrar en mi habitación antes de que la flojera de mis piernas causara mi caída, dejando a mi parejo echado sobre la espalda de mi anhelo. Tras recuperarme, salí huyendo de casa y me refugié en un tugurio donde dejaban beber a los menores, licores de garrafón, y por primera en mi vida me emborraché hasta desfallecer.

Natacha nunca supo lo ocurrido, y con el paso del tiempo, cuando mi hermano se aburrió de ella, llegamos a ser grandes amigos, seguramente para consolarnos de nuestras desgracias. Ella seguía loca por mi hermano que no le hacía ningún caso, y rechazaba a cualquier hombre que se le acercaba, convirtiéndose en una huraña. Por mi parte, cada vez era menos atractivo para las mujeres, y ya ni siquiera intentaba aproximarme a ellas. Paseábamos nuestras desgracias por la ciudad ante la envidia de casi todos, pues al parecer hacíamos muy buena pareja. Un día le pregunté cómo era posible que quisiera tanto a mi hermano, mientras no sentía nada por mí, siendo absolutamente iguales. Su respuesta me dejó helado. Según ella, coincidiendo exactamente con mi madre, no nos parecíamos absolutamente en nada… su bonita nariz, sus lindas orejas, sus preciosos labios…Pero, ¿cómo podía distinguirnos si, a diferencia de mi madre, era imposible que tuviera instinto natural alguno que nos diferenciara? Entonces me respondió que por el medallón, el medallón que siempre llevaba en su pecho y que era el regalo que de pequeño le había hecho mi madre, para que no nos confundieran.

La noche anterior al 13 de Febrero, la fecha de nuestro aniversario, arrebaté a mi hermano el medallón mientras dormía. Mi madre pudo presenciar como el camión atropelló a mi hermano, mientras caminábamos al instituto. El rostro de mi hermano quedó absolutamente desfigurado por las heridas, pero ella sólo se fijó en que no llevaba al cuello ningún medallón. Entonces, abrazándose fuertemente a mí, repetía sin parar: “hijo de mi vida, hijo de mi vida, menos mal que no has sido tú”...

Ahora soy yo quien acaricia tiernamente el pecho hermoso de Natacha; son mis labios sedientos los que besan su ardiente boca, y mi mente la que se entusiasma con lo que me depara el final de sus piernas, mientras ella acaricia con pasión mi pene erguido con una mano y con la otra juega distraídamente con el medallón…