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::: El dulce zumo de la uva verde

Autor: Mario Manduca Gómez Ver autor

Publicado: Del tálamo al cálamo (2007) Ver obra

 

El dulce zumo de la uva verde

 

Su cuerpo y color son quizás un poco tenues, su textura al paladar peca tal vez de un cierto matiz áspero y de un suave sabor a almendras amargas; su olor es afrutado pero es ese tono difuso lo que le hace poseer esa fuerza que embriaga y enturbia los sentidos de aromas florales, ¿no cree usted que este podría ser un vino con el cual poder perder la cabeza, señor…? Perdón, no le estaba prestando atención, sí eso creo, pero… Disculpe no suelo dirigirme de esta manera a todos los hombres que encuentro sentados en la mesa de al lado de un restaurante pero ya que compartimos nuestra admiración por los grandes caldos y el don de un olfato privilegiado pensé que podríamos charlar y quizás cenar juntos…

Aún lo recuerdo como si fuese hoy y me ruborizo por mi osadía, pero hasta ese día desconocía el significado de esa ignota sensación que había oído comentar siempre en boca de otros pero nunca en la mía, esa irresistible atracción que te arrastra irremediablemente hacia alguien sin capacidad ni posibilidad de evitarlo, y con él me ocurrió por primera y última vez en toda mi vida.        

David y yo, teníamos nuestras respectivas vidas, nuestras tediosas respectivas mentiras y como ya habrás podido descubrir éramos por entonces afamados sumilleres y aquél día 25 del mes de agosto de 1996 nos encontrábamos en el concurso nacional donde anualmente los 16 más afamados olfatos de todo el país se reunían para probar sus destrezas, si se pasaba la primera criba, los cuatro finalistas realizaban diferentes pruebas: una cata a ciegas de identificación, contestar rápidamente a un cuestionario escueto de preguntas variadas; corregir una carta errónea de vinos; servir y decantar un vino tinto; servir un espumoso; maridar vinos y platos siguiendo un menú de degustación elaborado para la ocasión; y aconsejar y encender correctamente un cigarro puro. Pero esa desleal y a veces cruenta competencia pasó casi sin darnos cuenta a un segundo plano, pues durante el día sólo deseábamos que el anochecer llegase y con él, el momento de la cena para, como colegiales, buscarnos con las miradas y acercarnos lentamente el uno al otro.

Poco a poco descubrimos que de un leve contacto, de un sencillo y casi furtivo roce podía surgir una pasión, una historia de amor, la historia de amor más grande jamás vivida, e irrefrenablemente ocurrió, ya no importaba si el vino era un cavernet, un Chateau Geneau o un blanco del valle del Ródano. Ahora, aquel vaporoso brebaje sólo era un elixir que enturbiaba nuestras mentes, que perfilaba los contornos de unos labios y confundía las líneas que delimitan los umbrales de los cuerpos, guiándonos sin remisión hacia lugares donde los sentidos sólo son evanescentes parajes olvidados en el espacio y en el tiempo. Con una vuelta de llave el mundo de nuestra habitación de hotel se transformó en un paraíso donde las caricias que hoy parecen lejanas se hicieron forma, donde los besos tuvieron por fin el sentido que se les supone y los cuerpos empapados en el aroma que solo puede emanar de los cuerpos inundó todo lo que nos rodeaba y pasó el tiempo, no cuántos miles de segundos, minutos, horas, ignoro si sólo fueron instantes, pero para mí la existencia hasta entonces tediosa y soportable, tuvo al fin sentido.

Nos amamos durante tres días con sus respectivas noches olvidándonos de concursos, del tiempo que inexorablemente transcurría, de la vida que seguía su imperturbable discurrir fuera de aquellas cuatro paredes. Cuando todo tuvo que volver al pretérito lugar de donde ambos proveníamos, simplemente tuvimos que mirarnos para comprender que aquellos instantes que pasamos juntos habían restado sentido a todo lo anterior de nuestras vidas, esas escasas horas dieron valor a todo aquello que hasta entonces no lo tenía y sin más nos despedimos sin saber si nos volveríamos a ver o quizás con la esperanza de que el año siguiente pudiésemos reencontrarnos.

Ha pasado el tiempo y debo admitir que no de forma descuidada, pues no quisimos compartir nada más que lo que en realidad aquellos días nos hicieron poseer, es por ello que perdimos todo contacto, yo seguí con mi tediosa vida, con mis absurdas responsabilidades y David, no sé, desconozco qué ha sido de él, quizás ahora esté viviendo otra nueva aventura, quizás siga con su vida y haya conocido otros lugares, otras vidas, otros horizontes, otros cuerpos. En fin, la vida es la suma de tres partes de tristeza y unas gotitas de aventura; odio que  mis pensamientos se vean enturbiados por el monótono ruido de la tecnología, el molesto sonido del timbre de la puerta suele volverme bruscamente a la realidad, aunque en este caso casi agradezco y ansío la llegada de la revista anual de sumilleres pues gracias a ella pueda quizás tener alguna noticia de…y en ese instante, la revista cae involuntariamente de su mano y al caer se puede leer en una pequeña y breve reseña en el margen superior derecho: dentro de las noticias que han ocurrido en este año, no podemos dejar de comentar una de las más tristes reseñas, la muerte de nuestro ilustre colega David  Bouquet, el cual falleció en la localidad de Bordeaux el día 30 de Agosto de 1996 tras una larga enfermedad.

Habrás descubierto ya por esta carta querida Adele, que David me ocultó que estaba a punto de morir, que nunca noté atisbo alguno de temor en él, y ni tan siquiera de autocompasión, que aquel hombre casi ya ante el umbral de la muerte, no se preocupó jamás por si mismo sino por el contrario me hizo sentirme viva aún cuando a él le faltaba la vida, ahora que todo pasó, y que he tenido tiempo de pensarlo, te escribo estas letras desde la misma habitación del mismo hotel para despedirme y para decirte que voy a emprender un viaje que espero no sea largo ni doloroso y cuyo final quiero guardar y que guardes siempre en mi y en tu memoria y dice así: y el vino que había sido el motivo de todo aquello, se convirtió en aromático néctar que recorría nuestros cuerpos formando cascadas en los salientes rocosos o discurriendo entre las delicadas columnas marmóreas que desembocan en valles donde el líquido se convierte en ambrosia, allí donde sólo existe el dulce zumo de la uva verde.