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::: El colmillo

Autor: Prudencio de Cuarto Creciente Ver autor

Publicado: Del tálamo al cálamo (2007) Ver obra

 

El colmillo

Martes.

Tras un atasco en Velázquez conseguí volver a la oficina pasadas las once de la mañana. Al entrar, la recepcionista me comunicó que había intentado ponerse en contacto conmigo y que subiera urgentemente a ver al presidente de la compañía. Solté la cartera y me dirigí a la sexta planta –nunca entenderé su afán por estar, incluso en eso, por encima de los demás.

–Pasa, Suárez –dijo sin levantar la vista.

Firmó algo y a continuación me miró mientras enroscaba el capuchón de su estilográfica –tarea que siempre realizaba cuando tenía que comunicar algo muy bueno o rematadamente malo–, se puso serio, pretendiendo, cosa que le encantaba, hacerme pasar un momento de desasosiego. La rigidez de su rostro se difuminó al comenzar a hablar:

–Prepárate, esta misma tarde sales para Londres.

–¿Firman?

–Firman. Ya tienes reserva de avión y hotel. Sales a las quince treinta de modo que esta tarde vuelas… y yo que tú también ahora. Ponte en marcha. Tienes la vuelta abierta, de modo que la empresa te puede obsequiar con algún día extra. Yo salgo para Bruselas mañana temprano. Suerte.

Faltaban minutos para llegar a Heathrow y el avión comenzaba el descenso. Ya sabía que en el área de Londres, como de costumbre, el sol brillaba por su ausencia. Eran casi las siete cuando el taxi paraba junto al hotel Dorchester. Siempre me había hospedado en el Mount Royal por su situación estupenda a dos pasos de Hyde Park y del “Speaker’s corner”, pero esta vez el presidente cambió la base de operaciones: El Dorchester parecía el adecuado para rematar la importante venta tras la que llevábamos varios meses. A pesar del cambio de un cuatro estrellas a un cinco de lujo, hubiera preferido volver al de siempre, en el que alguien con las mejores piernas de la isla, amén de otros atributos, solía alegrarse con mi llegada. Dado que el actual hotel también estaba junto a Hyde Park, supuse que resultaría fácil hacer alguna escapadita para ver a Mary, dependienta de una boutique del Mount Royal.

Llamé a mi amiga y quedamos en vernos esa misma noche. Salí del hotel cerca de las ocho en dirección a Piccadilly Circus, lugar de encuentro. A corta distancia pasé junto a una tienda–bar y entré a tomar un café, sería el quinto y último del día. Me acerqué a su diminuta barra y lo pedí con la esperanza de que éste superara, aunque fuera por poco, la calidad media de esto que, hecho al gusto inglés, se convertía en un brebaje. Es una pena que no me guste el té, pensé, eso sí que lo saben hacer. Sentado en un taburete giratorio comencé a recorrer el coffe–shop con la mirada, ayudado por el suave virar del asiento. De soslayo vi que alguien se acercaba a la repisa de revistas y librería, casi a mi lado. Giré suavemente el taburete. Una preciosa mujer se detuvo, buscó entre los libros y tiró de uno, pero salieron dos; uno quedó en su mano y el otro cayó al suelo. Rápidamente se agacho a recogerlo, y al hacerlo pude constatar el esplendor de su espetera. Tenía sus pechos como dos naranjas; dos naranjas de las gordas; o mas bien como dos pomelos hermosos; ¡no, ya sé, eran como dos medios melones; algo intermedio entre el melón francés y el de Villa Conejos! He empezado a contar lo de sus apoteósicos pechos pues es lo que, con su generoso escote, le ponía a uno los ojos como dos elepés de los de antes; pero considero que semejante mujer es merecedora de descripción más exhaustiva:

Era morena aceituna –lo que me indicó un origen extracomunitario–, rostro ligeramente alargado con labios carnosos, orejas pequeñas y pelo liso muy negro; el conjunto formaba una belleza poco común. Su cintura era muy, pero que muy abarcable; de caderas muy bien, sobre todo teniendo en cuenta su cintura; su culo, eso sí, debía ser uno de los mejores de la Commonwealth; sus piernas, sin llegar, aparentemente, a las de Mary, no tenían desperdicio. De su cuello pendía un collar con un colmillo, de tigre, de jabalí, ¿¡qué sé yo!? El curvado colmillo que momentos antes debió estar bien aprisionado en el canalillo, se soltó balanceándose como un equilibrista en el trapecio. La bella se incorporó y yo, la bestia, carraspeé. Me miró. Colocó en su sitio el libro que provocó mi entusiasmo y se dirigió hacia la caja. ‘From calamus to thalamus’ pude fugazmente leer en la portada. Pagó y se fue. Acabé de tomarme el café y me encaminé a Piccadilly. Mary estaba radiante y yo también, aunque, me avergüenza decirlo, en más de una ocasión recordé a la bella mujer del colmillo a babor. Tras unas horas muy agradables y bien aprovechadas llegué al hotel hacia la una de la madrugada.

Miércoles. El segundo encuentro con la bella morena extracomunitaria tuvo lugar en el pasillo central de la tercera planta de mi hotel: yo salía de la habitación y ella empujaba un carrito con bandejas de desayuno. Medio alelado la sonreí y saludé con la cabeza, ella me devolvió la sonrisa. Se produjo un ligero tintineo en la vajilla, provocado por alguna irregularidad en la alfombra del pasillo o, se me antojó, por la campanilla de algún duende anunciante de algo bueno por llegar. Con los brazos por delante empujando el carro, sus pechos estaban juntos; pude verlo a pesar del uniforme poco escotado que llevaba, lo que no pude ver es si llevaba el collar del colmillo.

A media mañana tuvo lugar la reunión con Mattew Williams y Simon Brown, ambos judíos. Tras releer las condiciones del contrato de compra, decidieron añadir una nueva cláusula. Les hice ver que debía consultarlo con el presidente de mi compañía y que éste a su vez lo tendría que ver con sus asesores. Por motivos técnicos suponía que la firma no podría tener lugar hasta el viernes. El señor Williams me invitó a cenar la noche de ese viernes con la promesa de descorchar un gran reserva de sus viñedos en la Rioja argentina.

 

Jueves. Recordando al duende o espíritu bienhechor y su campanilla anunciadora, en lugar de bajar a la cafetería del hotel pedí que me subieran el desayuno. Minutos más tarde llamaron a la puerta. Era ella. Entró y, al agacharse a posar la bandeja de desayuno, vi que no llevaba el collar.

–¿Y su colmillo?

–¿Mi colmillo? tengo cuatro y están bien, gracias, es usted muy amable, jamás se habían interesado por mi dentadura.

–No, no; hablo del collar con el colmillo que usted lucía antesdeayer por la tarde.


–¿Me vio…? A sí, ya le recuerdo, usted estaba el martes en Diggy’s Coffe Shop. Verá, no lo llevo puesto porque en el trabajo no podemos llevar collares.

Ya se iba cuando le pregunté su nombre, se volvió y, con una turbada y turbadora sonrisa, respondió que se llamaba Dorothy.

Viernes. Al entrar con la bandeja del desayuno comprobé que el uniforme de Dorothy tenía dos botones desabrochados y su cuello lucía el collar, contraviniendo las normas de régimen interno del hotel. Puede que se lo pusiera justo antes de llamar a la puerta. Al dejar la bandeja sobre la mesita, el colmillo se zafó de aquellas sonrosadas turgencias y se balanceó como el péndulo de un prestidigitador. A partir de ese momento puede que la niebla londinense se introdujera en mi cerebro: Sí, ya sé, los colmillos no tienen ojos, pero yo se los vi. Uno de ellos se cerró y abrió en un guiño prometedor. ¡Que sí! Y lo hizo invitándome a algo… Me acerqué a ella. Se incorporó. Respiró profundamente provocando una subida y bajada de sus pechos y un terremoto en mis entretelas. Me miró expectante. Alargué la mano y la acaricié las mejillas y los labios, a lo que siguió el más suave y breve de los besos. «Esta noche; nos vemos esta noche», dijo mientras se zafaba de mis brazos que habían comenzado a encerrar su cuerpo. «¿A las ocho en Diggy’s?», me preguntó, a lo que le respondí con un “Okey”.

Tras el visto bueno de Madrid, el contrato quedó firmado a media mañana.

–Hasta la tarde –me dijo el señor Williams– a las siete haré que le recojan en el hotel.

Poco antes del té de las cinco le llamé: con voz apagada aduje un fuerte dolor de cabeza. Le hice saber que estaba dispuesto a ir a cenar aún en esas condiciones, pero él, muy cortés, dijo –casi rogó– que no me preocupara, que si no tenía que volver al día siguiente a Madrid, lo posponíamos para la noche del sábado.

A las ocho en punto entraba Dorothy en Diggy’s. Iba con falda verde corta que dejaba ver unas piernas a las que yo no había hecho suficiente justicia el día que la conocí: eran dos largas y estilizadas columnas, con basas en zapatos negros y capiteles ocultos, corintios seguramente, que provocaron en mí ansias de descubrimiento y estudio artístico. Su camisa era verde también; el escote parecía un anfiteatro romano en el que, desaparecidas las fieras, sólo asomaba balanceándose uno de sus colmillos. No fui el único que la miró extasiado. El camarero se quedó con la mano derecha suspendida en el aire, coctelera en ristre, como si fuera a lanzar un cóctel molotov. Respecto a mí, nunca había tenido tan fuerte convicción sobre la belleza de la vida y de las criaturas de este mundo. Su preciosa combinación étnica, padre malayo y madre inglesa, según supe más tarde, había creado un ser de ensueño. Nos dimos un fugaz beso y comenzamos a conocernos mientras tomábamos unas copas. A veces se apoyaba sobre la mesa y agachaba su torso, liberando al colmillo que aprovechaba para acercárseme desafiante como preguntando: ¿te atreves o qué? Era el final de la primavera y no hacía frío cuando salimos a pasear junto a la verja de Hyde Park. Aunque no se veían las estrellas, yo ya tenía a la mía suavemente sujeta por los hombros con mi brazo derecho. Estábamos felices y lo pasábamos bien; comenzamos a disfrutar aún más cuando saqué el tema del colgante de su collar. Le acaricié el cuello, resbalé mis dedos por la cadena hasta encontrar el colmillo que por entonces había decidido ponerse al abrigo. Yo también puse mi mano a buen recaudo entre sus soberanos pechos. El derecho y el izquierdo se parecían, no solo en su forma y suavidad de piel, sino también en que reaccionaban de igual forma, aumentando y endureciendo sus botones; esos botones de puesta en marcha de nuestros “turbos” biológicos. Poco a poco empecé a notar una diferencia en el pecho izquierdo: retumbaba rítmicamente como la piel de un tambor.

Su origen medio malayo, la vegetación del parque junto a nosotros, el verde de su vestimenta, el colmillo, el sonar de los tambores… ¿¡qué será de mí esta noche!?, me pregunté.

«¿Nos vamos…?». No había acabado la frase cuando ella dijo: «Sí» al tiempo que se acurrucaba contra mí y pegaba con fuerza sus muslos a los míos. Aparté su camisa y la besé en cuello y hombros. Olía a naranjas recién peladas, con un toque de vainilla. Me ofreció sus labios y noté cómo modificó la posición de sus caderas, buscando sentir algo muy determinado de mi anatomía aplastarse contra su pubis. Luego, cogidos de la cintura, nos dirigimos resueltamente hacia el hotel. –Entraré por la puerta de servicio, prefiero que no me vean –dijo bajando la voz. Ya en la habitación se desnudó ante mí y, en castellano, solté un «¡viva la madre que te parió!» Me miró sorprendida y tuve que hacerle una traducción libre de mi exclamación. Se rió a carcajadas mientras sus pechos brincaban como dos cachorros; el colmillo también brincó, no así mi querido y principal apéndice que, obstinadamente, apuntaba al techo, como sugiriéndome que apagara la luz y encendiera lo que había que encender.