La asociación Cultural Cálamus Envíanos tus comentarios
 
Inicio > Escritos > En la cocina pimentón, ...

::: El calor del amor en un bar

Autor: Margarita González Martín Ver autor

Publicado: Del tálamo al cálamo (2007) Ver obra

 

El calor del amor en un bar

La iluminación era la adecuada en aquel lugar de copas. Predominaba el color rojo interrumpido por la barra y taburetes negros. Ni demasiado alta, ni demasiado baja se escuchaba la canción de Gabinete Caligari titulada El calor del amor en un bar. La suma de todo creaba el ambiente propicio para pasar un rato agradable en buena compañía.

Un taburete situado a un extremo de la barra lo ocupaba un individuo muy peculiar a juzgar por su vestimenta: calcetines blancos con mocasines negros, pantalón oscuro tobillero, cinturón con hebilla grande y llamativa, camisa blanca de cuello grande y un poco desabrochada, luciendo una gruesa cadena de oro y otra más fina con medallón. Su torso lo cubría una anticuada chaqueta a cuadros; en el bolsillo superior izquierdo escondía un peine que en algún momento sacó para atusar el pelo peinado hacia atrás, que parecía lamido por lo brillante y aplastado que lo tenía.

Su mano derecha sostenía un cubata, y la izquierda la movía a ritmo de la música dando golpecitos en el muslo. De esta forma, pacientemente, esperaba ligar con la primera mujer que entrara en el bar.

Seguía ensimismado en su mundo cuando sigilosa, sibilina, seductora y como por arte de magia apareció una exuberante pelirroja que decidió ocupar el taburete opuesto al suyo. Dicha belleza felina soltó el bolso y se despojó del abrigo, luciendo una espectacular silueta para alguien hambriento de sexo.

Él en ese mismo instante sintió una sacudida eléctrica que acabó endureciendo su verga. Ella, copa en mano, cimbreaba su cuerpo y movía su melena a ritmo de la música. Él daba tragones por la abundante baba que segregaba su boca.

Con aire chulesco se quitó la chaqueta y como si de un torero se tratara dio un elegante capotazo, incluida una “verónica”, y la colocó en el respaldo del taburete. Sacó su peine y de nuevo lo pasó por su lamido pelo. Buscó una cómoda postura en el taburete y el instinto de macho hizo que su mano en la bragueta colocara todo el relleno llamando la atención.

Ella respondió quitándose la chaquetita ribeteada con plumas que abrazaban su cuello, quedando su cuerpo con una escasa blusa blanca transparente que dejaba ver el sostén de encaje negro. Del bolso sacó una barra de carmín, un minúsculo espejo, y maquilló sus labios mirando al espejo y mirándole a él. Guardó el cosmético, e insinuante rozaba con sus labios el borde de la copa, dando algún sorbito. Este juego estimuló sus deseos amorosos y se vieron violentamente atrapados por la zarpa de una pasión carnal, convirtiendo esa escena en “humedal del deseo”.

Durante unos minutos prolongaron sus miradas, insinuaciones, y gestos provocativos, derrochando tanta pasión que creían tocar el cielo, con leves gemidos y alaridos de placer. Ahora sólo faltaba rozar sus cuerpos, esos cuerpos húmedos, y fundirse en uno sólo, en una unión total de locura irrefrenable. Como hubiera dicho el malogrado Félix Rodríguez de la Fuente: “parecen ciervos en época de berrea”.

Sin saber por qué, dejó de sonar El calor del amor en un bar, cuando ella con pasos de pantera se acercó a él y preguntó “¿Mario, de la Agencia de Contacto “Besos y Caricias”?; él, confundido y desconcertado, con acento gallego respondió “No, Andrés Monfortiño Donaire, para servirla”.

Ella, enfurecida, le agredió verbalmente y de la que había sido una boca sensual, ahora se oía decir “¡Cerdo!, ¡Imbécil!, ¡Chulo!, ¡mira que hacerte pasar por Mario!”. Con desaire recogió sus pertenencias y se marchó, dejándole solo, desinflado, cabizbajo, y murmurando “joder, para una vez que ligo…”

Aplausos. Gracias. Gracias. Abajo el telón.