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::: El paraíso según Heliodoro

Autor: Carlos Daucousse Sánchez Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

El paraíso según Heliodoro

Falta menos de una hora para el encuentro y el piso se me viene encima. Me sacudo un inexistente polvo de la chaqueta y salgo de estampida. Buscando la luz y la gloria como un toro del toril me planto en el rellano. Vuelo por las escaleras, «¡buenos días Antonio!» Cruzo el portal y ¡aaah, la calle, Calle Libreros, mi calle! La maravillosa música del tráfico de Gran Vía llega hasta mis oídos. Entre un vago, envolvente y extraordinario rumor puedo distinguir sonidos concretos: Puu, puu, dice un autobús, pii, pii, parece responderle un taxi. Cruzo ante “La Felipa” y en pocos segundos estoy en la esquina del paraíso. Bueno, estoy exagerando, el paraíso está calle abajo, a trescientos metros. En la Plaza de España concretamente. Allí nos encontraremos. Mi paraíso está donde ella se encuentre.

En poco más de cinco minutos estamos juntos. Nos miramos, acaricio sus labios antes de besarla y, cogidos de la mano, paseamos un rato por los jardines. ¡Mira, mira, ángeles!, digo casi gritando. ¡Que no, tonto, que son palomas! Me paro, la tomo por la cintura y, pegándome a ella, le susurro: ¡Estoy loco por ti!
El sol del atardecer matiza ligeramente la plaza de rojo, pero el rostro de mi amada no está encendido por eso.

Tropiezo levemente y, al volver a este mundo, al dejar por unos momentos mi locura de amor, me percato de la presencia de otro loco, maravilloso pero loco. Él, Don Quijote, nos ignora. Escudo en alto parece gritar a los últimos pisos de los edificios de enfrente.

Miro la hora. Vámonos, le digo. Cogidos de la mano enfilamos la cuesta arriba de la Gran Vía, paseando hacia Callao, envueltos en densa, gris y celestial aura. Subimos hasta el cine Capitol con la sublime música de fondo del tráfico de las ocho de la tarde. Caminamos despacio al principio y aceleramos a medida que nos acercamos al cine, como si llegáramos tarde a tomar “El expreso de medianoche”. Cierto es que llevamos prisa; nuestras manos unidas parecen acelerar algún complejo proceso hormonal.

Serafines revoletean a nuestro rededor. Atlantes dejan de sostener arquitrabes para tirarnos besos. Ya llegamos. Hace varias horas que tengo las entradas en el bolsillo. Puesto que vemos mejor desde lejos, son de la última fila.
Dentro estamos ya. Me despido de ustedes.
¡No querrán que les cuente la película…!