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::: El apagón

Autor: Carlos Daucousse Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2005) Ver obra y Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

El apagón

 

La tormenta arreciaba sobre Gredos y los cohetes y tambores que la naturaleza nos brindaba desde hacía un rato, comenzaron a multiplicarse. Por si las moscas, apagamos ordenador y televisión. La borrasca seguía creciendo y llegó un momento en que, sobre nuestras cabezas, parecían maridarse fallas valencianas y tambores de Calanda.

Lo que temíamos acabó sucediendo: se fue la luz. Salimos a la terraza para comprobar si el apagón era general; efectivamente, la calle y edificios circundantes estaban en la más absoluta oscuridad. La negra noche se rompía con zigzagueantes resplandores que nos alumbraban de forma entrecortada. Nuestras fugaces y ampliadas sombras irrumpían en la pared del salón y llegaban al techo, donde se doblaban en ángulo recto. Descolgué el teléfono y, con precaución, me lo acerqué a la oreja, no sin pensar en la posibilidad de que un rayo se colara por la línea telefónica y me la socarrara –la oreja, no la línea–. Llamé al número de información de la compañía eléctrica donde me dijeron que en un par de horas estaría resuelto el problema.

En vista de la situación, Antonia fue a buscar velas. Encendimos dos: una la pusimos sobre la mesita de centro y la segunda en el hueco vacío de una balda de la librería. Las llamas se desperezaron y adoptaron una posición erguida, muy tiesas ellas, como diciendo “ya era hora de que os acordarais de nosotras”. Aprovechamos el apagón para charlar, entre otras cosas, de lo poco que somos, ¡sobre todo con televisión! Media hora más tarde, la vela colocada sobre la librería comenzó a comportarse de forma extraña: la llama titilaba, subía, bajaba, se retorcía, cambiaba su tono de color... Aquella llama parecía estar poseída por algún juguetón espíritu que quisiera comunicarse con nosotros hablándonos en un primitivo lenguaje de signos; se diría que nos insinuaba algo en un idioma que, intuíamos, captaban mejor nuestros sentidos que nuestra razón.

Fuera, los incesantes rayos seguían buscando protagonismo al reflejarse en la pantalla apagada del televisor.

–¿Sabes qué podíamos hacer mientras llega la luz?

–Bailar! –respondió rápidamente Antonia.

–¡Me has adivinado el pensamiento!

–No. Bueno, no sé, miraba a la llama zigzagueante de la vela y se me ocurrió…

Nos pusimos manos a la obra: con nuestros MP3’s, radio incluida, ambos sintonizamos la misma emisora. Comenzamos a bailar con “My heart belongs to me”. La preciosa voz de Barbra Streisand templó nuestros corazones. Al acabar aquella pieza comprobamos que se trataba de un programa divulgativo en el que intercalaban canciones. El cosmos era el tema. Sentimos curiosidad y nos quedamos quietos escuchando. Muy pegaditos. Hablaban de la fuerza de la gravedad: El científico invitado explicaba, con términos comprensibles, la atracción de los cuerpos en el espacio; decía que incluso nuestros propios cuerpos atraen a cuanto nos rodea, aunque, aclaraba, de forma no visible y difícilmente mesurable.
Comenzó otra canción. Fue entonces cuando comprobamos que el científico estaba en un error: inmediatamente nuestros cuerpos se atrajeron con fuerza, de forma más que evidente. Si antes la Streisand nos templó el corazón, ahora un antiguo “Espérame en el cielo” en la melosa voz de Lucho Gatica, no se anduvo con tibiezas.

La música influyó, no cabe duda, pero había algo más. Era como si el apagón hubiera encendido algo en nosotros con ayuda de la vela. De aquella vela que seguía haciéndonos guiños sobre la librería, y que parecía arrojar al torrente sanguíneo de nuestros cuerpos alguna afrodisíaca especia.

Nos resistimos a soplar las velas cuando la luz volvió: apagamos las luces y seguimos a lo nuestro en aquella cálida y oscilante penumbra. Un rato más tarde y con un cirio en la mano enfilamos el pasillo.

Al día siguiente recordé lo extraño de la titilante vela y su capacidad de encender los sentidos. Aún no la habíamos retirado de la librería. Me acerque y pude ver un sólido reguero de cera que comunicaba a la vela con un libro de la balda inferior, sobre cuyo lomo había formado una enorme y envolvente pella color marfil. Lo cogí y retiré fácilmente la cera rígida. El libro de recetas con pimentón de La Vera estaba en perfecto estado.