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::: Dos no es un par

Autor: Valentín Flores Escalera Ver autor

Publicado: Un torrente gota a gota (2005) Ver obra

 

  Dos no es un par

Tras muchos días, meses, sin ninguna ocupación, por fin le dieron un trabajo en la Empresa de Trabajo Temporal en la que estaba apuntado y en la que todas las mañanas le daban la misma respuesta cuando iba a preguntar si había algo para él .

“No, hoy no hay nada para usted, pásese mañana a ver si hay suerte”

Aquella melancólica mañana del mes de octubre si hubo suerte; necesitaban una persona y su perfil se ajustaba a las exigencias del cliente. Nada importante, solo tres días para estar en un punto de información en el Congreso Internacional de Traumatología de Emergencia. Seguramente habrá sido por su dominio del Portugués, pues los demás idiomas, Ingles y Francés, lo dominaban otras muchas personas mas jóvenes que él, también inscritas en la Empresa de Trabajo Temporal, pero el Portugués eran pocos, el no conocía a nadie,los que lo dominaban y en el Congreso se esperaba un alta participación de médicos portugueses. Para él fue fácil aprenderlo en aquella aldea de la raya, mitad española mitad portuguesa, aunque mas parecía que no fuese portuguesa ni española pues ninguna de las dos administraciones se había ocupado jamás de aquella población en la que había nacido, hacia ya cincuenta años. y de la que consiguió salir tras cursar, no sin apuros, primero, los estudios de Bachiller Elemental y los de Magisterio después. Todo por libre, a distancia, como se dice ahora. Estudiaba en casa o en el campo, quitándole horas al descanso y a la noche y en Junio iba a examinarse a Badajoz. Con ese bagaje consiguió salir de aquella aldea gris de no mas de trescientos habitantes donde la noche era el principal sustentos de su precaria economía siempre en torno al contrabando de café.

No era mucho tiempo, solo tres días, pero estaban bien pagados, 175 euros diarios más el alojamiento en régimen de pensión completa en el hotel que la Empresa de Trabajo Temporal le había reservado. Lo del dinero era importante, muy importante para su maltrecha economía fruto de una cadena de desafortunadas circunstancias. Primero fue lo del despido, por cese de la actividad, en el colegio privado donde había estado ejerciendo como docente desde que llegó a Madrid hacía ya veintiún años ; luego vino su afición a la bebida y con ello los problemas familiares hasta llegar al abandono por parte de su mujer y su única hija de doce años y posteriormente vino la sentencia de Juzgado de Familia que lo condenaba a abandonar el domicilio conyugal y a pasarle a su mujer una pensión mensual de trescientos euros, Ella, su mujer, lo había denunciado por maltrato físico y sociológico y es posible que así hubiese sido. El alcohol puso fin a una vida matrimonial en la que el amor inicial fue sustituido poco a poco por el cariño que dio paso a la monotonía y luego a la indiferencia

Su mujer, Anita, según la sentencia, se quedaba con el piso y la tutela de Fátima, su única hija. El se quedó con su escasa ropa, algunas pertenencias personales y una gran depresión que, gracias a un sinfín de pastillas de distintos tamaños formas y colores y a la labor del psicólogo del Centro de Alcohólicos Anónimos, se había convertido en intermitente, lo cual le permitía hacer algunas chapuzas como pasar trabajos a ordenador, traducciones de artículos, o lo que saliera; el caso era completar lo poco que le quedaba después de quitarle al subsidio de desempleo el treinta por ciento que, como máximo, podían embargarle para hacer frente a los gastos que el juez había fijado en concepto de manutención de su hija. A pesar de ello en no pocas ocasiones se había tenido que doblegar su orgullo y acercarse al comedor de Cáritas.

La agencia le proporcionó el uniforme para la ocasión: un discreto taje azul marino con camisa blanca y corbata roja, al que él puso su magnifica percha de uno ochenta de altura y complexión atlética, sin nada de la habitual barriga de los hombres de su edad. No tener dinero para comer mucho, ni fumar, ni beber cerveza y tener mucho tiempo para caminar, le había reportado algún beneficio del que se sentía indisimuladamente satisfecho.

A las diez de la mañana ocupó su puesto en el amplio hall del palacio de congreso de Vigo, en la Avenida Rosalía de Castro, en pleno paseo marítimo. Desde su privilegiado observatorio veía pasar a los congresistas, hombres y mujeres de distintas edades y variados aspectos que, en general, se distinguían por su altanería y poca educación para con sus distintos. Muy pocos saludaban y cuando pedían alguna información lo hacían con prepotencia, casi con desprecio. Solo una congresista con un elegante vestido negro se dignó saludarlo con un discreto “buenos días”. Por la tarde el cordial saludo fue acompañado de una agradable sonrisa cuando pasó con un grupo de compañeros que, por supuesto, ni se percataron de que su contertulia había hecho un paréntesis en la animada conversación .

A pesar de la masiva concurrencia (había unos setecientos congresistas), no había mucho trabajo. La organización se había preocupado de poner suficientes paneles que, en los diferentes idiomas, anunciaban las ponencias y las salas en las que se celebraban. En las horas de tediosa soledad, interrumpida esporádicamente por alguna pregunta, se dedicó a hacer un estudio de la personalidad de los que iban pasando. Le gustaba deducir cual sería el comportamiento y el carácter de los demás por la forma de andar, de vestir, de gesticular, de mirar...´, y así se los imaginaba introvertidos o extrovertidos, pesimistas u optimistas, de carácter débil o dominante, seguros o inseguros de si mismo.

El segundo día transcurrió como el primero, pocas personas solicitaron sus servicios. Daba la impresión de que a la mayoría de los asistentes a aquel, en teoría, importante congreso, les traía al pairo las conferencias, ponencias y mesas redondas, pues eran pocas las personas que entraban en las diferentes salas, y muchos de los que lo hacían se salían al poco de entrar. Sin embargo los stand que los diferentes laboratorios farmacéuticos tenían instalados en el hall, estaban repletos de corrillos que departían distendidamente sobre banalidades de la vida cotidiana mientas daban buena cuenta de los suculentos aperitivos acompañados por los mejores vinos. Saludos, besos, abrazos, coqueteos, insinuantes miradas... Todo y nada, pura imaginación fruto del aburrimiento, ¿ o tal vez no?. Porque cualquiera aseguraría que la señora bajita de no mas de cuarenta años se estaba trajinando a al señor mayor de escasos pelos canos que tenía al lado y al que no dejaba de toquetear. Estaba meridianamente claro que el de la coleta le estaba tirando los tejos a una de las tres jovencitas de aspecto nórdico que lo rodeaban y que no cesaban de reír las supuestas gracias de aquel apuesto galán. Nadie dudaría que aquella pareja que ocupaba el sofá del rincón mas lejano, estaban intentando aprobar alguna asignaturas pendiente de su épocas estudiantil, o quinas ya la habían hecho.

Sus divagaciones sociológicas y de enredos amorosos se esfumaron al ver como se acercaba la agradable señora del vestido negro del día anterior. Hoy vestía un traje gris marengo con chaqueta de talle ajustado que marcaban unas caderas y una cintura que resistían con dignidad los aproximadamente cincuenta años. El saludo fue más efusivo que el del día anterior.

-Buenos días, ¿qué tal lo lleva usted?- dijo con cálida voz mientras lo miraba sonriente.

-Bien, gracias, -respondió asépticamente tratando de disimular la mirada que se le iba en dirección al botón que ponía limite al amplio escote de la camisa blanca y que estaba realizando un considerable esfuerzo para sujetar aquellos abultados, aunque no exagerados, pechos bronceados.

Al final de la jornada se fue caminando lentamente, sin prisas de llegar al hotel donde le esperaba la soledad, una soledad impuesta y a la que no conseguía acostumbrarse. Tras la cena otro paseo y a la cama. Las horas de sueño, con la televisión encendida como única compañía, no solo le servían para reparar su cuerpo del cansancio, sino, y sobre todo, para quitarle horas a la triste vida que le estaba tocando vivir.

El sábado era el ultimo día del congreso. A las diez de la mañana apenas había congresistas en los pasillos ni en salas de ponencias, el cansancio parecía ir haciendo mella en todos los asistentes, mas por los saraos organizados por las casas comerciales relacionadas con el gremio, que por las actividades intrínsecas del congreso, que a lo sumo podrían ser aburridas.

Marisa, ese era su nombre, pasó de largo aquella mañana, dio un apresurado saludo con el gesto y con paso ligero avanzó por el pasillo moviendo rítmicamente sus caderas bien marcadas por una apretada falda roja de tubo con un corte lateral que dejaba al descubierto buena parte de su muslo izquierdo.

El congreso se clausuraba a la trece horas, luego, según el programa, había un almuerzo en el prestigioso restaurante “El Pazo” y fin del evento. Su trabajo terminaría a las dos de la tarde mas o menos; iría a comer al hotel donde ya tenía recogido su escaso equipaje en un pequeño maletín verde, daría un paseo por la playa y sacaría el billete para el tren que tenia su salida a las once de la noche y llegaba a Madrid a las 8 de la maña, eran muchas horas pero se ahorraba dinero.
Tras la clausura salieron en masa todos los asistentes, por supuesto ninguno se despidió de él, pero cuando parecía que todos habían salido, llegó la señora de la falda roja y se detuvo.

-Bueno, ya se acabó todo, seguro que ya tendría ganas de perdernos de vista.

-No exactamente, para mi sería importante que el congreso se prolongase mas días, o que hubiese uno de tres días cada semana y me contratasen.

-Pues para nosotros uno, o como mucho dos, al año, ya está bien para ponernos al día y salir de la monotonía. Por cierto, usted no es gallego, ¿verdad?, al menos no tiene el acento

-No, no soy gallego, soy extremeño, bueno nací en Extremadura aunque hace mas de veinte años que vivo en Madrid.

-¿ En Madrid, y como piensa hacer el viaje?

-Me iré en el tren “Estrella de Vigo ”, sale a las once de la noche pero es el más barato y no tengo ninguna prisa por llagar.

Entonces podría venirse conmigo hasta Segovia, desde allí se va hasta Madrid, bien sea en tren o en autobús, salen a todas las horas.

-Bueno no sé si..., en fin, no quisiera ser una carga para usted –dijo con voz entrecortada.

-No, no, nada de eso. A mi me haría un gran favor, pues no me gusta viajar sola tantas horas y menos de noche. Dígame en que hotel se aloja y cuando termine el almuerzo, a eso de las seis, pasaré a recogerlo.

A las seis y media un lujoso Audi A-6 se paró en la puerta del hotel y su conductora hizo sonar levemente el claxon. Al reconocerla salió presuroso con su ligero equipaje y subió al coche. La tensión inicial se fue diluyendo poco a poco. Marisa no cesaba de hablar. Le habló de sus aficiones, de su familia, de su trabajo, del ambiente de los congresos, de lo divino y de lo humano. Parecía simpática, y muy segura de sí misma y trasmitía esa seguridad a los demás.

El habló poco al principio, se limitó a responder a las preguntas que ella le hacia; las típicas para romper el hielo: cómo te llamas, dónde vives ...

Le dijo que su nombre era Constantino por culpa de su abuelo paterno, pero que le solían llamar Tino. Con el tiempo se fue soltando y con la timidez que le caracterizaba fue exteriorizando parte de su atribulada vida, incluso se atrevió a pedirle su opinión sobre alguno de los problemas que le acuciaban: la depresión, su situación laboral y económica, su estado familiar... .Su estado de animo mejoraba por kilómetros, gracias a las palabras de Marisa que en lugar de tratarlo con compasión, lo hacia con naturalidad, sin darle excesiva importancia a lo que decía. Mas parecía una psicólogo que una traumatóloga.

Cuando llegaron a la localidad de Villalpando pararon para cenar un poco y sobre todo para estirar las piernas. Solo tomaron una ensalada un y un bistec con patatas. Tal y como acordaron antes de parar, pagó ella. A la salida, mientras contemplaban la brillante luna llena, ella se asió de su brazo y él sintió que la sangre se le helaba, por un momento parecía que no podía caminar; trató de aparentar naturalidad pero la voz le traicionaba. Cuando llegaron al coche, aparcado al final de la explanada, se atrevió a mirarla y se encontró con su mirada y casi al mismo tiempo con su boca. Saltaron todas las alarmas, tanto las físicas como las sicológicas y sus cuerpos se vieron cubiertos por un amasijo de brazos que desplazaban las manos en todas las direcciones mientras sus labios se fundían en un suave e interminable beso. No vieron las luces de los coches que los enfocaban al pasar, ni oyeron los toques de bocina de alguno de ellos. Así estuvieron un eterno instante y sin decirse nada subieron al asiento trasero del coche. Sin saber como la camisa de ella estaba desabrochada y su falda roja era como un cinturón enrollado a su cintura; a él le faltaban los zapatos y su pantalón parecía un trapo entre los asientos delanteros. Ensayaron posturas inéditas en el libro de las Mil y Una noche. Sus cuerpos maduros se convirtieron en elásticos contorsionistas. Hubo besos de todos los tipos, caricias por todo el cuerpo, todo tipo de caricias y tocamientos... ¡la luna pareció explotar dentro del coche!.

-Dos años llevo sin sentir nada parecido, ni un solo beso, sin hablar con nadie fuera del protocolario saludo o la aburrida meteorología. Dos años ejerciendo de hombre invisible.

-Ha sido una de las experiencias sexuales mas intensas y satisfactorias que he tenido. Nunca he sentido unos besos tan apasionados; nunca me imaginé que unos labios pudiesen besar con tanta suavidad, con tanta sensualidad. Nunca sentí unas caricias tan delicadas, tus dedos parecían culebras sobre mi cuerpo.

Se besaron de nuevo, se vistieron y continuaron el viaje hablando, mas con la mirada y los gestos que con las palabras, y acariciándose de vez en cuando.

Era ya la una de la madrugada cuando llegaron a Segovia, las calles que conducían a la estación estaban desiertas, Sin bajarse del coche se despidieron, ella le dio su tarjeta con el ruego de que no la llamara a casa ni a la consulta, solo al móvil; el no le dio nada, no tenía teléfono ni domicilio fijo; no tenía ni tarjeta.

–¿Por qué te fijaste en mí, con todos los compañeros que tenías en el congreso? –dijo mientras abría la puerta de coche.

–Me gustan los hombres maduros, como tú, y no quiero tener con mis compañeros otras relaciones que no sean las estrictamente profesionales. Estoy felizmente casada y no quiero tener problemas ¿sabes?, pero pienso como la escritora Dulce Chacón “que el dos no sea un par, que sea la suma de uno mas uno”.

Se bajó del coche. Sin mirar hacia atrás, se encaminó hacia el vestíbulo de la estación sin dejar de pensar en la última frase. Tal vez él no supo ser el uno de su fracasado matrimonio. Tal vez exigió de su ex-mujer que fuese el par.