La asociación Cultural Cálamus Envíanos tus comentarios
 
Inicio > Escritos > De cremas y espíritus

::: De cremas y espíritus

Autor: Carlos Daucousse Ver autor

Sin publicar (2006)

 

De cremas y espíritus

I

Ambos tenían diecisiete años cuando, tras conseguir permisos paternos, se casaron; justo al día siguiente de aprobar la reválida de sexto. Para entonces, Teodoro y Dionisia llevaban un par de años metiéndose mano hasta en clase de religión, lo que incomodaba bastante a D. Eleuterio, el cura de San Gil, que complementaba su escasa paga con clases en el instituto.

El paso de los años no parecía atenuar sus desmesuras; no crean que éstas se circunscribían a manifestaciones de amor loco, no, nada de eso: los dos fumaban como si pretendieran enriquecer a los tabaqueros extremeños; con el mismo entusiasmo se daban ambos al placer de empinar el codo, sobre todo desde que, para conseguir una vajilla y como estaba a punto de acabar la oferta, adquirieron cincuenta litros de vino Castillo de la Moña. Podrían haberse limitado a comprarlo para ir bebiéndoselo poco a poco, pero poco a poco hacían pocas cosas: descorcharon a toda prisa y, durante varios días, se les vio ‘cantando los quintos’ juntos, como si en vez de una joven y enamorada pareja, fueran dos amigos a punto de incorporarse a filas.

La música también formaba parte de sus aficiones y sonaba de forma permanente en su hogar; se daban buenos atracones con elepés y casetes y luego salían a la calle cantando de todo, desde espirituales negros en los que él hacía de bajo, hasta lo último de Miguel Ríos, quien, por entonces, acababa de cambiar su Mike por el más hispano Miguel.

Cumplidos los 25, su cronológicamente joven piel mostraba hasta qué punto los excesos habían arado su superficie. Puesto que no se sentían mayores, no les gustaba ver la forma tan acelerada en que los años laceraban y curtían su epidermis. Intentaron varios remedios. Sembraron, incluso, plantas de aloe vera y, cuando crecieron, cortaban sus hojas y se untaban con el zumo que destilaban. Pero aquello no era suficiente.

A finales de marzo de 1968, aprovechando que ella, Dionisia, tenía un primo en París, se fueron a pasar una temporada a la sibarita tierra de los franchutes, como decía él.

El primo vivía en un apartamento del Bulevar de Menilmontant, justo frente al célebre cementerio de Père Lachaise. Desde el salón podían contemplar sus silenciosas avenidas; silenciosas ya que, por mucho que compartieran tierra con famosos de todo pelo, aquellos difuntos eran, como en todas partes, poco dados a la algarabía.

La quietud reinaba en el camposanto frente a ellos, mientras que, al otro lado del Sena, la universidad comenzaba a bullir: los obreros empezaron a moverse, los estudiantes de Nanterre se agitaron y la Sorbona reventó. El 4 de mayo, el Barrio Latino amaneció plagado de barricadas.

Tras la sorpresa inicial, Teodoro y Dionisia se entrenaron en el lanzamiento de adoquines, haciendo causa común con un movimiento cuya manifestación les venía como anillo al dedo. Pasados unos días, ampliaron su radio de acción. En el Faubourg St. Honoré les subyugó el escaparate de una, mundialmente conocida, marca de cosméticos. Se miraron y, sin decir palabra, se pusieron de acuerdo: al unísono levantaron sus brazos derechos, inclinaron hacia atrás sus cuerpos y enviaron dos contundentes adoquines al cristal blindado y supuestamente irrompible. Necesitaron repetirlo un par de veces más.

Querían que sus cuerpos estuvieran de acuerdo con sus mentes y se les presentó la oportunidad. Los problemas éticos quedaron supeditados a los estéticos. Tras entrar por el hueco practicado en la vitrina, se tomaron la molestia de seleccionar. Cuando salieron corriendo, llevaban consigo un montón de vistosas cajitas, todas iguales.

En cuanto lleguemos nos damos una buena sesión de crema. ¡Vamos a dejar al personal con la boca abierta…! –dijo Dionisia muy convencida.

Tras una serie de medidas del presidente De Gaulle, el 16 de junio los estudiantes volvieron a las aulas y Dionisia y Teodoro a Extremadura.

El mismo día de su regreso y tras la cena, en su casa de las afueras del pueblo comenzaron una especie de rito iniciático: apartaron mesas y sillas del salón, pusieron velas encendidas por todas partes y algunas varillas de incienso; colocaron una colcha en el suelo sobre la que esparcieron pétalos de flores; se tomaron sendas dosis de ácido lisérgico y, al ritmo de ‘Lucy in the skies with diamonds’, tumbados desnudos sobre la colcha, se embadurnaron, literalmente, con doce frascos de la crema que prometía quitar diez años de encima. Todo el preciado contenido fue a parar a sus cuerpos, untado como mermelada sobre tostadas.

Quizá nos hemos pasado, cada frasco era para quince días –dijo Teodoro.

 

II

Hace veinte años ya. ¡Como pasa el tiempo! Ese tiempo que tanto les preocupaba sigue su ritmo más o menos rápido, en función de los placeres que uno puede permitirse.

La última persona que les vio y habló, contó a la policía que la tarde de su vuelta de París, le dijeron riéndose: «No nos vas a conocer, Anselmo, mañana en la tertulia no nos vas a conocer; fíjate bien en nosotros». «Sí, ¿y qué?» –les respondió– «…pues que nos verás mucho más jóvenes. Dile a la peña que a las nueve de la noche se vengan a casa. Tenemos muchas cosas que contaros» 

Al día siguiente, el grupo de amigos sólo encontró restos de velas, una colcha en el suelo con pétalos que comenzaban a marchitarse, doce tarros vacíos de crema rejuvenecedora y un fuerte olor a incienso. Todas sus pertenencias estaban allí, incluidas dos maletas a medio deshacer.

El suyo es uno de esos casos nunca resueltos por la policía. En el pueblo aún se habla del misterio de los amantes desaparecidos. Dicen que se evaporaron, de la misma forma que el espíritu de la primavera del 68 francés. Puede que algún día se reencarnen para volver a lanzar adoquines. En Paris, por si acaso, los han quitado, aunque no han podido hacer lo mismo con el mes de mayo…