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Autora: Genara Bermejo Ver autor

Sin publicar (2005)

 

Curiosidad

En mi vida, desde muy niña, siempre hubo una constante, aprender.

Cuando vine al mundo, no era nada fácil, mis padres, como casi todos, carecían de las cosas que ahora nos parece imposible estar sin ellas, apenas sabían leer, pero eran los mejores, sacaban las alegrías de donde no las había, en especial mi madre.

Mujer inteligente donde las haya. Para enseñarme a leer consiguió la famosa cartilla del to-ma-te, sin apenas ella saber, aprendí las vocales, las consonantes luego a unirlas y así transcurrió mi vida en el campo, donde trabajaba mi padre.

Gracias a mi curiosidad y al tesón de mi progenitora, puedo leer
todo lo que me gusta sobre todo poesía y ahora a mis muchos años, voy a aprender a un taller literario, a escribirla también y así expresar mis sentimientos.

He llegado a la edad de oro, con el deber cumplido, saqué a mis hijos adelante con muchas dificultades, con mucho trabajo, noches sin dormir, como será el día de mañana... Pero aquí estoy, quiero disfrutar, cumplir mis deseos guardados para mejores ocasiones y aprender.

Esa curiosidad que tengo me empuja hacia delante, a emprender cosas nuevas.

¿Y qué más nuevo que la informática?, he descubierto un mundo inmenso, aprendo, hago amigos, comparto aficiones, pintura, poesía, visito lugares a los que nunca iré y lleno mi vida a través del voluntariado informático.

A veces pienso que el motor que me lanza es mi gran ignorancia, ¡sé tan poco!... Cada día descubro que con trabajo y empeño puedo hacer aquello que antes ni tan siquiera pensaba que existiera, hasta me atrevo a enseñar a otras personas algo de lo que yo sé y eso me llena de satisfacción.

Siento que con el paso del tiempo tengo más inquietudes, mis ansias de aprender son tan grandes, que cada vez que hago algo nuevo significa un gran éxito para mí.

Tal vez ese éxito sea el mejor amigo de mi vejez física, ya que no existe nada viejo en mi mente, al contrario, cada momento se renuevan en mí las ganas de hacer, de conseguir algo que no se pudo con la juventud.

La sabiduría que dan los años es la mejor maestra y la práctica, la que enseña, esa realidad.

Le ponemos gafas a los ojos de mirar y ver, pero yo se las pongo a los ojos de soñar, descubrir, observar y vivir, para así poder envejecer sin malgastar mis energías en lamentaciones, haciendo de la alegría un deber que llene mis recuerdos.

Mi madre, mujer sabia donde las haya. Cuando yo tenía cuatro o cinco años me enseñó a hacer calceta, solo teníamos ilusión, no había lana que tejer, pero ella se las ingeniaba para conseguirla de las ovejas de los amos, que cuando pasaban de un cercado a otro se dejaban pellizquitos enganchados en los alambres, que recogíamos con esmero y después de lavada, escardada e hilada, yo tejía.

Fueron los primeros “diseños” con color indefinido pero sobre todo tejido sano y natural.

Cuando pienso en ella, me inundan los recuerdos ¡cómo se las ingeniaba para hacer felices a sus seis hijos!...¿Navidad, Reyes, regalos?

Todo lo solucionaba con mucho ingenio, para ella no era fácil pero la necesidad aguza los sentidos.

Recuerdo mis últimos reyes, después ya supe que todo era una fantasía. Como regalo nos asignó a cada uno de mis hermanos un animal del corral, un conejo suave, un gallo cantor, una gallina clueca, una paloma mensajera... Y a mí, un gallardo pavo.

Mi pavo era la alegría del gallinero con su brillante plumaje y sus preciosos colores de coral, el amante de las “pavinas”, todo era alegría para nosotros, observábamos el animalario como si fueran nuestros mejores juguetes. Pero llegó el día fatal, vino el señor Antonio de Madrid a comprar huevos y animales para la mesa de navidad de la gente importante y tuve que ver como enjaulaba mi gallardo pavo para emprender viaje a algún rico banquete.

Así perdí mi inocencia y aprendí cómo vender fantasía para comprar algo de utilidad, pues la comida era para mi madre lo esencial.

Me siento muy orgullosa de ella, me inculcó la necesidad de aprender, la curiosidad por descubrir lo nuevo, a trabajar para sentirme bien conmigo misma. Nunca quiso que sus hijos se sintieran menos que los otros y se esforzó por conseguirlo y lo consiguió, fuimos niños pobres pero felices.

Me enseñó el catecismo para que pudiera tomar la 1ª comunión con todos los niños del pueblo, me hizo un vestido blanco como el que más y me mandó al pueblo a casa de mi abuela para asistir a la catequesis. El cura era muy estricto y pensaba que yo no estaba preparada, me hizo un examen tan exhaustivo que ni él mismo sabía las respuestas y descubrió con grandes aspavientos lo bien preparada que estaba y el desparpajo que tenía, hasta recité una poesía que yo misma había compuesto, quedando a todos boquiabiertos .Fui en primera fila con todas las niñas, sin ninguna distinción por venir del campo, orgullosa de mi progenitora y de mi familia.

La maestra para reconocer mi esfuerzo me regaló una pizarra y un catón. Lo recuerdo con mucho cariño. En él sigo aprendiendo “t” y “o”, “to”, “m” y “a”, ma , “t” y “e” te y siguen diciendo lo mismo que hace unos cuantos años.

Sigo aprendiendo en “ mi catón” interior con la misma curiosidad de cuando era niña.