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::: Carnaval con rabiacanes

Autor: Ignacio del Dedo Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2005) Ver obra y Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

Carnaval con rabiacanes

 

Me disfracé de legionario romano; pero en lugar de ir a los desfiles de Carnaval, porque me parecía hacer el ridículo, me fui a Yuste a buscar rabiacanes. Recogí un manojo como para una tortilla de tres huevos, y a falta de papel albal los metí en la faltriquera romana de las viandas que me colgaba del cinto. Pensé entrar en el cementerio alemán como siempre que voy a Yuste, a sentarme un rato y dejar correr el tiempo y el pensamiento, pero me imaginé frente a la cruz que recuerda “a un soldado alemán desconocido” y me sentí indigno del lugar; por el yelmo ese de cepillo en mi cabeza, la coraza, las dos espadas, la bolsa de rabiacanes, el pilum (o sea la lanza) el escudo (de poliuretano de vinilo) y la minifalda... asi es que más debido a la vergüenza de verme de ese modo (por eso me miraría la gente, claro) que por el hecho de que empezase a llover, continué hasta Cuacos, giré a la izquierda, crucé Aldeanueva sorteando una comparsa interminable de Serranas de la Vera y al avistar Jarandilla, enfilé hacia el Guijo de santa Bárbara. Ya llovía con ganas, pero me detuve en una zona de descanso a mirar el parador bajo la lluvia. Debí quedarme embobado como un buen romano ante la loba que da de mamar a Rómulo y Remo; porque entre mirar el paisaje, oír la lluvia y fumarme un puro –lástima de foto: un romano fumando– cuando me quise dar cuenta era de noche.

Continué hacia el Guijo, y a poco de cruzar el puente, el coche dejó de moverse. El caso es que el motor sonaba, pero el cacharro no quería andar. Me disponía a mirarle las tripas para buscar la avería cuando oí la bocina de un coche y una voz de mujer:
–¡Eh! ¿Qué haces así por las tierras de Viriato?
–Que no anda –contesté, mientras pensaba que conocía aquella voz.
–Pero si es el buen hombre –añadió ella.

Era la mujer que me vendía los tasajos y el jamón pintado de pimentón en el supermercado.
–Vamos, buen hombre, apaga ese coche y ven aquí.

Nada más montar, me sacudieron los estornudos, y ella, sin dejar de acelerar, porque todo eran cuestas– se sacó algo que llevaba al cuello y me lo tendió:
–Toma: ponte el cordón de san Blas y no te constiparás jamás. Me miró y sonrió. Vengo de Aldeanueva de la reunión de Serranas de la Vera.

Hice un esfuerzo extraño en mi y la miré. Supe que resultaría pedante y pesado pero me atreví a decir:
–Si vas de Serrana de la Vera; puede que conozcas los versos de Vélez de Guevara:

Botín argentado calza,
media pajiza de seda,
alta basquiña de grana
que descubre media pierna;
el cabello, sobre el hombro
lleva partido en dos crenchas,
al lado izquierdo un cuchillo,
y en el hombro una escopeta
“Si saltea con las armas, también con ojos saltea.”

Justo ahí paró el coche. Me miró. Me pasó la mano por la cresta del yelmo y añadió:
–Pues no lo conocía ¿sabes? –y empezó a dar gritos– ¡Hemos entrado en el libro Guinness de los records! ¡La bobá esa americana! –empezamos a bajar del coche– ¡La mayor concentración de Serranas de la historia del mundo mundial!

Con las últimas palabras me señaló un madero donde estaba esculpido el nombre de la mansión: “La Majá del Pastor Lusitano”. Y me entró la flojera de piernas.

Ya en la casa, entramos en una estancia que debía hacer las veces de cocina y salón comedor. Me dijo que esperase al lado del fuego mientras me traía algo seco para ponerme. Cuando volvió me había despojado de los arreos legionarios y estaba sentado junto a la lumbre intentando comprender a fuerza de tiritera qué demonios hacía yo allí.
–Toma, buen hombre, sécate y ponte esto. No es gran cosa, pero estarás cómodo.

No dejó de mirarme y sonreír hasta que tuve puesta una prenda parecida a un camisón o túnica o chilaba, que sujeté con el cinturón romano. Se cayó al suelo la bolsa y me vi en la obligación de explicar:
–Rabiacanes, Serrana. He estado cogiendo rabiacanes.
–¿Síi? Pues te vas a enterar de lo que es bueno –y al tiempo sacó un cuchillo de sierra de hoja ancha y por lo menos un codo de largo, lo puso sobre la mesa con el filo hacia arriba (que me dio un repelús) Acto seguido tomó una barra de pan hermosa por su tamaño, su color y sus labores –es del Guijo, pan de leña– comentó; y sin contemplaciones y con destreza de carnicera, que lo era, abrió el pan a lo largo en dos tapas.
–Ahora, encendemos el horno al máximo. Tú, lava los rabiacanes y córtalos finitos; ahí tienes la tabla y un cuchillo. Y es el momento de extender la torta del casar en el pan con la cuchara; a mí me gusta más la tapa de arriba porque tiene mas miga y con las labores queda más presentable. Ya está. Y como el queso no llega hasta los bordes, yo lo remato con una cenefa de miel, da igual de que clase, a mí me gusta de cantueso. Bueno ¿has cortado los rabiacanes? –hice un gesto con la cabeza de que sí– ¿Bien finitos, no? Trae. Ves; se extienden a discreción sobre el queso, eso sí que no queden amontonados; y ahora lo más interesante.
–¿El qué? –pregunté.
–Los polvos –dijo con toda naturalidad.
–Madre, mía, esto se pone picante –susurré; y me miró sonriendo antes de echar mano del bote de pimentón.
–Eso es, picante, tiene que ser pimentón picante. Poquito eh, una pizca de pimentón; que se quede todo como rociado de rojo; bajamos el horno a suave y ponemos a gratinar unos diez minutitos. Me voy a dar una ducha –continuó hablando como si formase parte de la receta.
–Ya está –exclamé–. Ha sido el cable del acelerador que se ha soltado.
–Claro, eso será –me miró compasiva–. ¿Te vienes?
Me quedé de un aire, pero asentí.
El viaje hasta el cuarto de baño fue... fue... no puedo escribirlo. Con decir que se fue desnudando por el camino vale. En el cuarto, abrió la ventana; y que para oír llover mientras se duchaba. El asunto se ponía a punto de clímax -más narrativo que del otro- cuando oí el ruido de un coche, y luego los portazos y las voces cada vez más cerca.
–¡Serrana! –gritaba una voz en exceso afeminada–, Serrana ¿es que te has comido un romano?
La flojera de piernas se me subió al lugar de los retortijones y luego, se me hizo pálpitos.
–Es mi marido ¡Si me dijo el muy ma... món que se iba a Navalmoral a escuchar el pregón de un tal Joaquín Araujo (que tampoco sé quién es) y que luego iba a participar en el concurso de Drag Queen con su amigo Viriato. Te tienes que ir, como sea, por la ventana. Venga, sal.

Con la chilaba aquella a medio poner y sin mirar atrás corrí hacia un Todoterreno descomunal que el destino y los Drag Queen me habían dejado hasta con las luces encendidas. Lo demás fue pan comido (muy mal comido): di vueltas y vueltas por la sierra hasta caer en la cuenta de que en el viaje con la Serrana todo había sido subir; así es que estaba claro: había que bajar. Llegué a Guijo, bajé hasta el puente y encontré mi coche. Coloqué a tientas el cable del acelerador, y ya dentro encendí la calefacción a tope. Pensé en la serrana, en el pan con miel, queso y rabiacanes; y estuve tentado a volver, por aquello del tropezón; pero me sonó la voz del Drag Queen preguntando que si se había comido al romano y la flojera de piernas me puso camino de Aldeanueva y Cuacos.

(Lo que faltaba, control de la Guardia Civil en la gasolinera). Mientras me tenían parado, oí que la radio de su coche les anunciaba la desaparición de un VOLVO XC90 negro.
–Puede continuar, buenas noches
–Gracias. Ah, perdone, he visto un coche de esas características bajando del Guijo. Estaba parado al lado del puente.
–Gracias –dijo el guardia.
Mientras encendía un puro a la salida de Cuacos, me compadecí de mí mismo: “pobre hombre, y no quisiste ir al desfile por no hacer el ridículo”.

Tardé meses en volver a por tasajos y jamón pintado con pimentón; pero volví.
Desde lejos vi sonreír a la Serrana, esperándome.
–Tengo una foto de un fantasma robando un VOLVO –me dijo, mientras me alargaba un envoltorio.
–Y yo tengo un camisón tuyo ¿Qué es esto que me das?
–Estuve en Pasarón y me acordé de ti
–Pero tengo el otro cordón de san Blas.
–¡Tú verás, prenda! Estará caducao ya.
A mi espalda había oído voces conocidas, eran dos empleados que hablaban de coches, así es que le pregunte a La Serrana más con un gesto de la cabeza que con palabras:
–¿No serán...?
–Sí, el Drag Queen y su amigo Viriato.
–Pues... Me voy que tengo mucha prisa.
–Oye –me llamó en voz muy baja– cuando quieras me subes el camisón, buen hombre, y nos comemos de paso unos rabiacanes.

Todavía me atreví a decir: Si salteas con las armas, también con la lengua salteas.