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::: Bofetadas

Autor: Genara Bermejo Ver autor

Sin publicar (2006)

 

Bofetadas

- ¿Por qué me miras tanto, hija? –dijo mi madre.

- Por nada, madre. Me pareció, de pronto, verla a usted como rojo en esa parte de la cara.
Tendría ella  ya noventa años. Me volví a mirar por la ventana.

Era una tarde lluviosa y triste de finales de diciembre. Hacía mucho frío. El cielo estaba muy oscuro. Recordé que siendo muy niña, tuve que pasar vivencias muy duras que se mantienen encendidas en mi memoria.

Llegué a este mundo en una familia más bien pobre, en plena segunda República. Los años treinta fue una época en la que sólo unos cuantos tenían riquezas; los demás, hambre, miseria y miedo.

Me acuerdo de  las manifestaciones por las calles y las plazas. Hasta había chiquillos vestidos con uniformes militares portando banderines. Según las edades así eran los banderines que llevaban para desfilar. Aquellas diminutas tropas, iban dirigidas siempre por algún tipo de camisa azul, con sus correas, con el yugo y las flechas en la hebilla del cinturón y en el bolsillo de la camisa; con el tiempo, supe que aquello significaba ser falangista.

Nuestra vida transcurría en el campo, donde trabajaba mi padre. Pero un día fuimos a visitar a mi abuela al pueblo y nos encontramos en una calle con un desfile de gente que cantaba. Para mi madre y para mí era todo muy extraño. Se acercó un hombre, que le decían el Lagarto: miró a mi madre y dándola un empujón dijo:

- ¿Tú, por qué no cantas?.

- No sé cantar -respondió mi madre.
Echándola mano del pelo y dándole un fuerte estirón la dijo:

- Te voy a arrancar el moño si no cantas. Levanta la mano y canta conmigo: “Cara al Sol con la camisa nueva”.

Al percatarse de que la mano que mi madre tenía levantada era la izquierda y no la derecha, le dijo:

- ¡Zorra! ¡Toma!  ¡Para que aprendas! -propinándola dos bofetadas.

La escena fue horrorosa. Yo, escondida entre las piernas de mi madre meándome de miedo; Teresina, mi hermana más pequeña, chillando, la cara llena de mocos y baba; y escondido en el vientre de mi madre debía encontrarse mi hermano, que al menos, no se enteraba del episodio que estábamos viviendo.

Hoy, después de tantos años, no quiero pensar en el dolor y humillación que debió sufrir mi madre, cuando aquella persona a quien, la señora Cayetana, mi abuela,  en tantas ocasiones, había saciado el hambre, aquel perro callejero, que no hizo otra cosa en esta vida que tumbarse al sol y vivir de la caridad de los demás, fue capaz de pegarla delante de sus hijas.

Recuerdo a mi abuela. Madre de ocho hijos: dos varones y seis hembras.

Mi abuela, con mucho conocimiento, nos limpió, nos llenó de cariño y nos dio muchos besos. Era necesario aplacar la situación para no crear más odio. ¡Que sabiduría debió aplicar una mujer sin saber nada! No conocía ni la O.

Me hizo comprender a mí, que tenía poco más de cinco añitos que debía guardar silencio de todo lo sucedido para que Gabriel, mi padre, no supiera nada; y no creara peleas que pudieran llevarle a la cárcel.

Por culpa del miedo, mi madre se dejó zarandear. ¡Qué pena! Si no hubiera sido por el temor, a ella sola le sobraban reaños para haber partido la cara a aquel personaje indeseable. Pero en aquellos tiempos había que tomar las cosas como se podía.

Poco a poco, fui creciendo. Contemplando el rostro de una mujer muy guapa; pero siempre me pareció ver las huellas de aquel “Lagarto” en su cara.

- ¡Hija! ¡Hija!

- Sí, madre.

- Hija, deja, ya de mirar por la ventana.

Entonces, me volví y nos miramos.

- ¿Por qué me miras tanto, hija?

- Pues, madre, es que la sigo viendo ese lado de la cara rojo.

- ¡Cómo puede ser que no se nos haya olvidado! Ahí es donde me dio las bofetadas aquel que le decían El Lagarto, cuando tú eras una niña.

- Sí, madre. Yo no puedo olvidarlo –la dije.

- Hija, yo me iré con la cara limpia. Aquel verdugo se iría con las manos sucias y la conciencia más sucia todavía.