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::: Ajoblanco con perlas de melón

Autor: Ignacio del Dedo Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

Ajoblanco con perlas de melón

 

La doctora Concepción Teresa había echado de casa a su marido porque al parecer el sujeto grababa películas de las mujeres que ella atendía en consulta.

Al cabo de dos meses, cuando parecía que doña Conchi recuperaba la sonrisa, ocurrió el incidente con Gumersindo, el vendedor de cupones, en el bar de Ramón.

Gumer se había ofrecido a la doctora como ayudante; y ella le había dicho:

–¡Ah! Muchísimas gracias, Sindo ¿Y a qué me quieres ayudar?

Entonces, según Ramón, a Sindito le soltaron la risa floja los seis cubalibres que llevaba... y la cagó:

–¡A qué vaa-a ser! –Remedaba Ramón– A remee-e-mendar virgos...

–Mira, niño... –había dicho la doctora– a ti te pongo yo trefe de un soplamocos.

–Y añadía Ramón–: y le soltó una valiente castaña que Guuuu-umersii-sindo fue a parar al rincón mientras se le volaban las ristras de cupones por cima de las mesas hasta la puu-pu-ta puu-puerta.

–¡Ay See-se-ñora! –había dicho él–. ¡Miiiii-i-ra que pegar a un pooo-po-bre tullido hueee-er-fano!

El suceso dio lugar a que Ramón me provocara. Nada más terminar de contarme los hechos, soltó:

–¿A que no tienes lo que hay que tener y te subes a dar ánimos a la doctora?

–Yo no hago apuestas, Ramón, –dije.

–Claro, claro. Disculpas para no subir.

–... no he terminado, Ramón.

–Claro, disculpas, disculpas.

–... pero voy a subir a hablar con ella.

–¡No hay güevos! –Siguió todavía mientras me iba.

Al subir la escalera hacia la consulta de la doctora, reflexioné acerca de las palabras de Ramón. Su argumentación era impecable:

SI... SÍ, es que SÍ.

SI... NO, también es que SÍ.

Es decir que de todos modos yo subiría a ver a la ginecóloga y además eligiendo la opción más barata para él.

La puerta de la consulta estaba abierta.

Estuve tentado a irme, todo hay que decirlo, pero al imaginar la sonrisa de la doctora empujé la puerta.

–¿Quién? ¿Sí? –Escuché su voz al instante.

Apareció en la puerta. Estaba muy seria; o triste más bien. Antes de que dijera nada, fui al grano:

–Sepa que cuenta con nuestra ayuda doña Concha.

–Conchi sólo ¡Coño, Fermín! –Dijo.

Me hizo pasar. Cerró la puerta. Nos sentamos en la salita. Hablamos de arte; de pintura más bien, de paisajes, de flores, de sitios, de personajes literarios, de historia... Hablamos, hablamos y hablamos: los jardines de Aranjuez, el palmeral de Elche, la boca do inferno, la flor del espino majuelo y su fruto, el brillo de las hojas del magnolio, Pessoa, Dulce Pontes, el sol de medianoche, el maullido de los gatos... El silencio de las caracolas, el rumor de los mares, el habla de la luna llena, los eclipses, el grito de la lechuza, pasear bajo la lluvia... El vuelo azul de las ninfas de los arroyos... La voz del agua en las calles de Valverde...

Eché allí aquella tarde.

Cuando me iba, dijo:

–Te debo una tarde, Fermín. –Sonrió y añadió–: una tarde hermosa.

 

2

Llegó el día en que no pude ya soportar más el deseo de ver el rostro de Serena, de escuchar el calor de su voz, de sentir en la memoria la caricia de su mirada; así es que por la tarde me fui al monasterio y, dentro de la iglesia, busqué, un lugar desde el cual pudiera ver bien las caras de las monjas. Pensaba que el hecho de adivinar a Serena tras las celosías era ya un consuelo; hasta me parecía suficiente para calmar la ansiedad algo tan nimio como saberme próximo a ella.

Esperé el milagro de su aparición.

Se me acudieron unos versos: y si llama él no le digas nunca que estoy, di que me he ido.

Dejé que me sonara en la memoria la música de esa canción (Alfonsina y el mar) El arpa imitaba el vaivén de las olas, el violín se convertía en mensajero de ausencias, la flauta llamaba en dirección al mar con su voz de caracola mientras el chelo intentaba, pertinaz, ser el bálsamo que acuna incesante los deseos de vivir.

Iba en esa barca de música, como tantas veces, por un mar de pesimismo hacia el borde de las lágrimas, cuando noté el contacto de una mano sobre el hombro.

(–Es ella, seguro, Fermín, –pensaste).

Con ese ella, me refería a Serena, claro. La mujer que me abandonó para servir al Señor de todo señorío, que dijo mi madre. Después pensé en Guadalupe. Eso era más realista; pero me extrañaba que fuera Guadalupe; porque le había hablado de venir al monasterio donde está Serena y ella respeta mi voluntad de ir donde quiera y cuando me apetezca sin poner obstáculo alguno. Además, las manos de Guadalupe son inconfundibles: son grandes, firmes, fuertes: convincentes.

Noté un poco más de presión en el hombro justo al pensar: ¿Será entonces una mano de hombre? No, me digo, porque me llegan aromas de un perfume que he olido antes, y justo al volver la vista recordé quién usaba aquella fragancia:

–¡Vamos, Fermín! Te debo una tarde.

No tuve tiempo de decir: no me debes nada. Ella fue más rápida:

–Me voy de viaje ¿Te vienes?

 

3

–De primero podemos ofrecerles: Sopas de tomate, rin-rán, migas al estilo verato, cremosa del Casar nevada de pimentón, ensalada de cogumelos y canónigos, patatas en escabeche, ajoblanco con perlas de melón...

–De segundo, les recomiendo caldereta o bien bacalao... o...

Sería el ajoblanco o el pimentón picante o el tinto Corte Real o el Kirsch del Jerte o un poco de todo ello lo que me soltó la lengua:

Hablé de la frescura de sus pechos a pesar de ser agosto,
del brillo de su frente a través de la nieve en pleno invierno,
de su sonrisa de cerezo en flor iluminando el mundo,
del olor a membrillos en noviembre por todo su cuerpo...

Nos miramos sin pudor ni prejuicios.

Pero no fueron bastante las palabras ni la mirada para enfriar el deseo, así es que dimos suelta al sentido del tacto hasta desbocarse: al de las manos, primero; y luego al de toda la extensión de la piel, incluido el roce delicado –pero salvaje– de los besos; y hasta el que es límite con el gusto: esa caricia infinita que transforma las hogueras en cascadas...


4

A la mañana siguiente, cuando miraba absorto el hueco vacío de la chimenea, noté su mano en mi hombro. Me volví. Miré sus cabellos de higueras en otoño.

–Volveremos en diciembre –dijo–, cuando la lumbre tenga brasas.