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::: Sesenta años

Autor: Esperanza Núñez Ver autor

Publicado: Palabras con Pimiento (2005) Ver obra y Palabras con Pimiento (2008) Ver obra

 

Sesenta años

Luisa y Jaime se casaron hace sesenta años. Su amor, aún vivo, les mantiene unidos, porque se casaron en lo bueno y en lo malo; para desgracia de ellos, más malo que bueno, en la salud y en la enfermedad y hasta que la muerte les separe sino les quiere mantener unidos.

Residen en la pequeña casa de su pueblo, viviendo de recuerdos de juventud y contando a sus nietos las vicisitudes de su vida. Sus nietos, aun no muy mayores, les escuchan con la boca abierta y de vez en cuando alguno suelta “anda abuelo, tú te lo inventas” o “eso es imposible abuela”, y los abuelos sonríen, “sí hijo, sí, aquello era otra vida”.

Ahora, en los últimos años de su vida aun recuerdan emocionados el día de su boda. Se casaron un veinte de febrero, antes que empezara el tiempo de la cosecha y se fueron de luna de miel al pueblo de al lado, a casa de una tía que les había invitado a pasar allí tres días.

Luego vino el tiempo de echar eras para el algodón y el pimiento, que el amo ya les apremiaba porque si no buscaba otro mediero. Entre el pimiento, el algodón y más tarde el tabaco se les paso la vida. Muchas lágrimas de rabia y de impotencia les hizo echar la tormenta y el pedrisco que se llevaba los pimentales enteros y también la alegría de ver crecer la cosecha con buenos años de carga que cuando iban a “liquidar” con el amo apenas les quedaba para pasar el invierno y dar de comer a los cinco hijos que Dios les quiso mandar. Pasaban con ese poquito dinero que les quedaba, la matanza y apretarse el cinturón a veces tres agujeros en vez de dos.

Sus chorizos, morcillas y adobos que guisaban con el pimentón de la tierra y que conduraban lo más posible.

Los primeros años hacían el pimentón artesanalmente con un molinillo chiquito, luego vinieron los grandes molinos, que lo hacían mas fino y era un bien barato que los pobres se podían permitir.

Años después arrendaron unas tierras, y trabajando de sol a sol pudieron dar a sus hijos algunos estudios y una vida mejor de la que ellos habían tenido. Sus hijos salieron a las grandes ciudades y uno incluso al extranjero, pero ellos siguieron en su pueblo, viviendo de la tierra, agradecidos a ella, con llantos y alegrías, destripando los terrones con arados de palo o hierro, vertederas y un corto tiempo, que les llegó tarde, con tractores.

Pasaron por pedriscos, tormentas que todo destruían, plagas de araña, de oruga...

Ahora ya eran recuerdos, recuerdos dulces y amargos que sus nietos escuchaban como si fuera un cuento que un día tendrá su final, pero aun no ha llegado.

Aún miran por la ventana y huelen a tierra mojada del pimental y a pimiento machacado en los secaderos. Se miran, se sonríen, no dicen nada, ellos saben, no les hacen falta palabras, “este año, será un buen año” se cogen de la mano recordando el rojo pimiento, el blanco algodón, el verde tabaco y el oro rojo que se escapaba entre sus dedos y aun sienten suyo.
Recuerdan, en definitiva, su vida.